viernes, 28 de octubre de 2016

La literatura es una actividad elitista: las razones

Escribimos este artículo con un título provocador en el intento de generar debate y no tanto de afirmar categóricamente lo que son más bien hipótesis. Hecha esta aclaración, vayamos al asunto que nos ocuopa. 

No comenzamos con una interrogación (¿es la literatura una actividad elitista?) sino con una afirmación: la literatura es, sin duda, una cuestión de élites.

Los datos. Antes de comenzar, veamos algunos:
-En 2014, el porcentaje de personas que decían leer un libro al trimestre en España era de un 59,9 %. No parece un mal dato ¿no?
-La media de libros leídos al año por ese 59,1 % de la población fue de en torno a 9.
-La otra cara de la moneda: del total de la población, un 40 % decía no leer ningún libro al año.
-Si se hace un análisis más exhaustivo de esos datos, se puede ver que de ese 59,9 %, un gran porcentaje corresponde a jóvenes de entre 14 y 25 años, es decir, personas que están aún estudiando y que consideran que leer un manual de diseño gráfico es leer un libro (no lo confundamos con la lectura de literatura).  
-La lista de libros más vendidos en 2015 es la siguiente:

1. La chica del tren de Paula Hawkins
2. La templanza de María Dueñas
3. Hombres buenos de Arturo Pérez Reverte
4. Grey de E.L. James
5. Lo que no te mata te hace más fuerte de David Lagercrantz
6. El regreso del catón de Matilde Asensi
7. La luz que no puedes ver de Anthony Doerr
8. Diario de Greg 9: carretera y manta de Jeff Kinney
9. Destroza este diario de Keri Smith
10. El amante japonés de Isabel Allende

Esta es otra lista interesante, publicada por la Vanguardia.

Y esta, una infografía que muestra los 10 libros más vendidos en los últimos 50 años: 

Fuente: www.novelasliterarias.com

Estos datos sugieren que, ni por asomo, la literatura es una cuestión de masas. Ni lo ha sido ni lo será. Porque una cosa es el libro y otra la literatura. Y aquello que se cataloga como literatura, muchas veces no lo es, o se trata de una imitación pésima de ella (sirvan las listas anteriores para hacerse una idea). 

Leer nunca ha sido una actividad que haya desarrollado la mayoría de la población, vaya eso por delante. Los índices de lectura en España han sido siempre bajísimos, no nos engañemos, bastante por debajo de la media europea (¿saben cuántos libros lee un finlandés de media al año? 41 libros, frente a esos 9 que leen de media los que dicen que leen en España). Por tanto, ¿a qué viene llevarse las manos a la cabeza cuando se dice que los índices de lectura son ínfimos? ¿Por qué criticarlos cuando, sin embargo, son ahora mejores que nunca? Épocas pasadas, en este sentido, siempre fueron peores.

Los libros no sólo ofrecen literatura. Comencemos haciendo una distinción: la lectura no tiene por qué ser sinónimo de lectura de literatura, algo que en ciertos ámbitos suele confundirse, dando de lado a la mayor parte de la producción editorial, por cierto. Les guste o no a los amantes de la literatura (yo, por cierto, no creo ser sospechoso de no serlo), existen otras lecturas posibles: revistas, ensayos no literarios, periódicos, informes, incluso textos sobre las paredes. Un 91 % de la población dice leer a diario, pero no libros. En estos otros géneros y formatos no prima lo literario pero son lectura.

Desde luego, si pensamos que sólo leer a Proust es leer, y que no lo es leer un ensayo de Stephen Jay-Gould, mal vamos. Si pensamos que leer es leer a Joyce (o al último joven con éxito de la editorial de moda, qué demonios) y que no lo es un artículo de fondo sobre la situación en Ucrania escrito por un periodista de prestigio en un periódico de renombre, también vamos mal. La lectura se presenta de muy diferentes formas y en la mayoría de los casos es tan edificante como la mejor literatura.

La literatura como arte. La literatura pertenece al arte. Los tipos de textos que mencionaba antes tal vez son más pragmáticos en el sentido de que contribuyen a ampliar nuestro conocimiento. Sin embargo, si por algo tiene interés el arte es por ser inútil. Esa es, de hecho, su gran baza. Porque al no tener utilidad puede servir para lo que a cada cual se le antoje. A unos les servirá para conocer otras realidades (sobre todo si no leen periódicos), a otros les servirá para conocer «el alma humana» (sobre todo si no leen ensayos), a otros les servirá para conocer un análisis subjetivo de la actualidad de su país (sobre todo si no leen revistas y, de nuevo, periódicos), a otros les servirá para viajar a otros lugares (sobre todo si no leen libros de viajes o crónica). Es decir, podríamos cubrir todas esas necesidades que cubre la literatura con otros tipos de lectura, salvo la de visitar lo imaginario, si bien el cine hoy posiblemente tiene mayor poder para transmitir esto último.

Leer literatura no nos hace mejores personas, ni más buenos, ni más responsables. Nos permite conocer más y quizás mejor, pero la lectura de Crimen y castigo no aplacará la ira del asesino, ni la lectura de Adiós a las armas evitará que haya más guerras. Sin embargo, eso no debería ser ningún problema. La literatura no está para eso. Está para ofrecer una visión alternativa, para poner el dedo en la yaga, para acercarnos a lo imposible, para hacernos creíble lo inverosímil… Y, sobre todo, hacerlo partiendo de una propuesta estética ­–lo que la convierte en arte– que reside en el lenguaje, pero se extiende a otras cuestiones que superan el mero lenguaje: la estructura, el estilo, la prosodia, la creación de personajes, la trama… Todos esos aspectos sólo se perciben si se es buen lector, si se tiene un bagaje de lecturas suficiente, que permita poner en contexto un determinado texto y valorarlo no sólo por su valor presente sino en relación a propuestas previas. Para llegar a eso hay que dedicarle mucho tiempo. Y también esfuerzo, por qué no. Leer a Joyce no es fácil, al menos la primera vez. Tampoco leer a Gaddis o a Faulkner. El placer que se obtiene con ello es inmenso, pero quizá no mayor que ver ganar a tu equipo la Champions, opinarán otros (o los mismos que disfrutan con Joyce).

Sorprenderse de que a alguien no le guste la literatura de Joyce, de Gaddis o de Faulkner o de que no sepan comprender sus propuestas no es diferente a no entender la relevancia del Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich, de quedarse dormido en el segundo acto de una ópera de Wagner o de tamborilear impaciente con los dedos en el reposabrazos de la butaca mientras se asiste a una obra de teatro o de danza contemporánea o a la última película de Terrence Malick. Todas estas últimas actividades, por cierto, también son para élites, o al menos así lo dicen los datos de asistencia.

El concepto de élite. Antes de continuar, se hace necesaria una aclaración: las élites a las que me refiero no son económicas, ni mucho menos. Ni siquiera intelectuales (la de intelectual es una etiqueta que se cuelga con mucha facilidad a expertos en un tema –generalmente del ámbito de las humanidades, por cierto– y absolutamente ineptos en el resto). La élite es, según la RAE, una minoría selecta. Y a eso me refiero. Sólo unos cuantos son capaces de comprender al Ubú de Alfred Jarry, sólo unos cuantos disfrutan perdiéndose en los laberintos de Borges, sólo otros pocos pueden acercarse a la poesía de Vallejo sin cerrar el libro a las diez páginas. Son una minoría selecta de los lectores, del mismo modo que sólo una minoría selecta es capaz de comprender la obra de Stockhausen en la música o las aportaciones de Duchamp al arte contemporáneo. Pretender que el conocimiento de esa minoría se transfiera al resto de la población es, casi, de ser ingenuos. Como pretender que todos seamos ingenieros navales o expertos en criptografía. La lectura de literatura, como cualquier otra dedicación, exige tiempo y esfuerzo. Y se trata de una opción más a la que la mayoría de las personas dedica una parte de su tiempo de ocio, compitiendo con otras actividades que también pueden reportarles placeres diversos.      

En un coloquio, hace pocos años, un editor de una editorial pequeña se atrevió a dar una cifra. Estimaba que los editores literarios se dirigían en realidad a unos 10.000, a lo sumo 15.000 lectores. Es decir, un nicho de mercado ínfimo si se lo compara con otros y un contexto, por tanto, en el que la competencia es feroz. Excluimos de estas editoriales, por descontado, a esas que publican libros que dicen llamarse literarios pero que, en realidad, no lo son. Esas no se dirigen a esta élite a la que me refiero. No seguiremos por aquí, pero miren las listas anteriores de libros más vendidos y piensen cuáles de ellos considerarían con el corazón en un puño como auténtica literatura (y olviden el último desvarío de la Academia sueca, por favor).

Por ello, son pocos los escritores que se hacen ricos con su trabajo. Y es que son pocos los libros que se venden a miles. La tirada media en España de libros literarios en 2014 estaba en 809 ejemplares, lo que no da ni de lejos para que un autor se haga rico, a no ser que su obra se reimprima a lo loco. Sin embargo, un futbolista, que se dedica a una actividad que no es para élites, a la que tiene acceso cualquiera que pueda ver la televisión y conozca las reglas del fútbol, puede ganar mucho más que cualquier autor, incluso jugando en segunda división. Es la diferencia entre orientar tu actividad a satisfacer a un público potencial de unas miles de personas o a todo un país.



¿Excedente de literatura? Se publican muchísimos más libros de los que se demandan. Los editores presumen de que una de sus misiones es generar demanda a partir de sus propios gustos pero, si lo analizamos un poco, lo cierto es que ese deseo no se cumple en la realidad. Hay pocos libros que superen los 1.000 ejemplares vendidos, muy pocos de todos los que se publican cada año en España (unas 80.000 novedades, sumadas a infinitas reimpresiones), sobre todo si atendemos a la edición literaria. De hecho, hay libros muy elogiados en las redes y en los suplementos literarios que apenas llegan a cubrir costes y, desde luego, no harán rico al escritor. 


Por otro lado, de esos 80.000, ¿cuáles merecen la pena de veras? Seamos generosos, ¿un 1 %? Ya tenemos un buen número de libros: 800. Imposible leer tantos libros en un año. El 99 % restante son buenos, regulares o, la mayoría, prescindibles. ¿Merece por tanto la pena publicar tanto para obtener un rédito de lectores tan escaso? Todo se basa en modelos de negocio, desde luego, pero  es una tendencia a la que incluso las editoriales pequeñas se suman en cuanto comienzan a vender algo mejor y a ser más conocidas. ¿Es eso fomentar la literatura o más bien fomentar el negocio de la literatura?

Si se quiere fomentar la lectura de literatura se pueden hacer mucho más que publicar libros a destajo. Se pueden cuidar más las ediciones, se pueden publicar sólo los libros que el editor de veras quiere publicar, que seguramente no pasen de una decena al año, esos en los que cree de verdad, se pueden organizar clubs de lectura abiertos, se puede no tratar de ignorantes a los que no leen literatura o lo hacen tan sólo ocasionalmente, se puede dejar de entrar en guerras acerca de si el libro digital o el papel tienen más futuro y preocuparse más de otros peligros, como la banalización de la cultura promovida (posiblemente no de forma intencionada, pero haciéndolo de todos modos) por parte de los gigantes tecnológicos y de las redes sociales, las cuales, por cierto, construimos entre todos.        

¿Hay soluciones? ¿Hay que buscar soluciones para lograr que más gente se interese por la literatura o es más un interés de lobby editorial? Me explico. ¿Por qué no defender con el mismo ahínco la ópera o la danza, esa gran olvidada? ¿O la divulgación científica, por ejemplo? Se trata, sin duda, de gustos personales, no de un verdadero interés por defender la cultura, entendida en un sentido amplio, y no solo en el meramente artístico. Cada uno lo hace en su ámbito porque es lo que le reporta réditos, y no pasa nada por reconocerlo, es natural. Es una actitud comprensible pero incoherente con los argumentos que se suelen aportar para defender el libro: el valor del arte, del conocimiento, etcétera. La literatura, como muchos otros campos del arte, es una cuestión de élites que, al venir arropada por ese marchamo cultural, es muy propicia a ser defendida de una forma un tanto superficial. ¿Debemos promover que todo el mundo lea La chica del tren frente a, por ejemplo, leer un buen blog de divulgación científica o, simplemente a pasar el tiempo en el campo tratando de identificar las plantas que se encuentran en el camino? Quizás no sea esa la mejor forma de defender la literatura. Ni tampoco que lo sea obligando a leer El lazarillo o La celestina con catorce años, cuando el nivel de léxico de los alumnos no llega casi para comprender un texto de un periódico actual.

Y es que tal vez lo que deberíamos dejar de hacer es enseñar tanto análisis sintáctico y morfológico –dejemos eso a los estudiosos­– y dedicar ese tiempo valioso –esos años fundamentales– a enseñar a leer y a escribir, a comprender el lenguaje escrito y las sutilezas que puede esconder. ¿Hará eso que incremente el número de lectores de literatura? No necesariamente, pero sí que incrementará ­–y esto es más importante­– el de los lectores o, al menos, hará que la manipulación mediante la palabra no sea tan sencilla. Decía un escritor al que entrevistamos que la literatura es, en general, una cosa de feos y raros. Los guapos y la gente normal tienen mejores ocupaciones a las que dedicar el tiempo. Y aunque era una exageración, tal vez no estuviese tan alejado de la realidad. Como hemos dicho, hace falta tiempo y esfuerzo para dedicar el tiempo a la literatura. Porque ese tiempo que se concede a la lectura se le priva a otras ocupaciones que pueden ser igual de interesantes o fructíferas. Por eso, los que pasamos gran parte de nuestro tiempo delante de textos literarios debemos reconocer, sin temor a ser tildados de esnobs, que la literatura es cosa de élites. Por supuesto que hay que intentar abrirla a todo el mundo, tratar de hacer ver lo maravillosa que es, como el geólogo se empeñará en hacernos ver lo importante que es su ciencia para el común de los vivos: no hay diferencias de peso entre ambas actitudes.

Por eso, posiblemente no haya soluciones. Más que nada, porque se ha perdido el tiempo, y ahora parece casi imposible que el gusto por la literatura vaya a poder competir alguna vez con los juegos en el móvil, las redes sociales, el whattsapp o las videoconsolas. Si no se consiguió en los 80 y los 90, cuando se vendían libros como churros, ya parece complicado hacerlo. Quien piense lo contrario es un utopista de tomo y lomo que merece los respetos del personal pero también muchas palmaditas en la espalda y unos cuantos paquetes de pañuelos. Sin embargo –esta es la buena noticia o a lo que al menos algunos nos aferramos–, la base parece tan sólida entre aquellos que se sienten atraídos por la literatura, que posiblemente siempre habrá un pequeño porcentaje de lectores que preferirán dedicar su tiempo libre a enfrentarse a una lectura difícil que a sentarse delante de la televisión, perderse en las redes o, simplemente, quedar con los amigos. Esos serán siempre una élite, y algunos de ellos seguirán quejándose de los ínfimos índices de lectura del país, como el amante de la ópera se quejará de la ignorancia musical de los españoles y pondrán como ejemplo a los austriacos. Nunca llueve a gusto de todos. Más bien de casi nadie.

Tablas de datos tomadas de la Panorámica de la edición española de libros 2014, del MECD.    

3 comentarios:

  1. Seguramente yo sería todavía más fea y más rara si no hubiera descubierto los libros (detrás de los que tantas veces pude esconderme, precisamente para que no vieran lo fea y rara que era...)
    Tonterías aparte, cuando nació mi hijo no dudé en enseñarle eso tan maravilloso que era leer. Debí de hacerlo como otros les enseñan a rezar, o a competir, queriendo mostrar esa vía, ese recurso del que tirar si las cosas se ponían, algún día (y ojalá que no) feas y raras. Al chico le encantó. Tanto que hasta llegué a preguntarme, si no habría sido mejor llevarle más al parque a que diera balonazos... Pero él ya prefería los cuentos, los libros de aventuras. Con los años, se le fue pasando un poco tanta afición lectora. Ahora se emplea más detrás del ordenador y los dedos se le engancharon al móvil. Lee menos. Eso no me inquieta; ya volverá, pienso. Total, maneja vocabulario, pensando es ágil, y prefiero que no se sienta ni más feo ni más raro que cualquiera a los 17 años. Al menos sé que si algún día las cosas no le vienen de cara tendrá los libros, esas pantallas llenas de hormigas que te llevan a cualquier parte.
    Entretanto creo intuir por qué se fue distanciando de la lectura (aunque nunca del todo). Fue por causa de esos libros de texto que tuvo que acarear a diario en su mochila, libros quizás demasiado explícitos de tanto afán pedagógico, sin olvidar tantas lecturas "obligadas", comentadas y supervisadas, que acabaron por empacharlo. Pero, comprendo, formaba parte del programa... De niño, más que nada, le encantaba leer con linterna con luz apagada por ser ya hora de dormirse, o cuando le confiscábamos sus tebeos por haber descuidado los deberes. Por llevar la corriente, por desafío.
    Si intentamos hacer proselitismo con los libros, eso que llaman "fomento a la lectura", tal vez conseguimos el efecto contrario, ya se sabe.
    Sin duda, la lectura es un placer elitista, y solo podemos pretender, si acaso, que esa élite lectora sea cada vez un poco menos minoritaria. Una élite que se ensancha. Solo eso. (¿Conseguir adeptos, captados en momentos de debilidad? Suena cutre... pero los libros ayudarían a pasar el rato en los hospitales, en las cárceles, en los trenes, y en otras situaciones de aislamiento.) Tal vez por aquí no somos un país demasiado lector porque no somos muy de silencios, ni tampoco de soledades. La lectura es poco ruidosa para nuestros gustos o ¿solo arrastramos un miedo atávico a ser tildados de feos y raros?

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  2. Esto me recuerda a una anécdota personal que corrobora lo que he pensado siempre sobre este asunto. La cuento aquí para tratar de arrojar un poco más de luz.

    Hace poco hablaba con una chica de 18 años que quiere ser escritora y le pregunté qué pensaba ella que debe tener un libro para considerarse bueno. No dudó en contestar: “Tiene que enganchar”. Ay, amigos. La tramposa falacia del enganche que consigue que el lector confunda la intención de la obra con la calidad de la obra. De su respuesta extraje dos conclusiones:

    1. Resulta terrorífico que la principal virtud que el lector común aduzca de un texto sea su cualidad adictiva, esa capacidad de “enganche” que al final, supone el lector, le llevará de la mano hasta la resolución de la trama. El lector común considera que lo más interesante e importante de la novela es llegar a la solución de los enigmas, sean del tipo que sean, y mejor si es a través de una trama trepidante desde el principio. Sin embargo, en la buena literatura, donde hay muchos y verdaderos enigmas, no se resuelve ninguno porque lo que interesa es contar la historia, y contarla de una manera muy determinada. Si hay tantos lectores de obras mediocres es porque la obra mediocre conecta con nuestro anhelo (tan humano) de entender el mundo aplicando una lógica y una justicia poéticas que en el mundo no existen. El libro grande de verdad no nos ordena el mundo, sino que nos muestra su caos. El bestseller, a través del uso de lugares comunes, confirma nuestros prejuicios y nos simplifica el mundo. La buena obra literaria, por el contrario, nos rompe los esquemas mostrándonos la complejidad y variedad infinita del pensamiento y de la vida. Pero incluso una estudiante con edad suficiente para comprender a Virginia Woolf prefiere no pensar demasiado y decantarse por algo de digestión fácil y rápida, que no le exija ningún esfuerzo, que le presente, en definitiva, un muestrario de clichés cómodos.

    Lo cual me lleva a la segunda conclusión, más desoladora aún:

    2. Los más jóvenes no tienen base como lectores. No poseen ningún cimiento sólido y quieren levantar palacios. Cuando esta chica me enseñó algo que había escrito, se me cayó el alma a los pies. No tenía estructura ni cronología, no había asomo de verosimilitud o un desarrollo mínimo de personajes. Era el ejemplo más evidente que contradice a todos esos padres y educadores que afirman para mi horror esa falacia de que “más vale que los adolescentes lean algo a que no lean nada”. EN ABSOLUTO ES ASÍ. Esta chica confiesa llevar leyendo toda su vida, desde pequeña, y es la prueba andante de los estragos que pueden causar las malas lecturas tanto en la redacción de un texto como en el nivel personal de exigencia. Lo que ha debido de leer ella durante sus 18 años de vida son libros destinados a gente que no lee, ni quiere leer, literatura. Material de lectura para gente que, si no existiera ese material, no leería nada. De lo que se deduce lo injustificado de las voces que se amparan en suponer que estos lectores dará el salto después a otros libros mejores, lo cual TAMPOCO ES CIERTO. Creer que alguien pueda dejar de leer "Las sombras de Grey" o "La chica del tren" para leer a Tolstoi es una ingenuidad; si no existiera Grey, sus lectores vacantes no leerían a Tolstoi; no leerían nada, simplemente, porque la lectura de los grandes, aunque el placer que garanticen sea infinitamente mayor, siempre supone un esfuerzo intelectual que la gente no está acostumbrada a realizar.

    Lo malo, en suma, no es que existan esas obras “enganchantes”, lo peligroso es que se conviertan en la única opción que lea el gran público y todos nos resignemos a ello. Decir que es lo mismo y se obtienen los mismos resultados de leer a Proust que a Dan Brown no sólo es mentira sino que colabora a hacer de la gente una masa ignorante y manipulable y destruye oportunidades de fomentar la buena lectura. Basta ya de tratar de pedantes elitistas a quienes aman la literatura, tienen criterio y desean extender este criterio a todo el mundo. Nada más lejos, pues, del elitismo.

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  3. Gracias por vuestros comentarios, Laura y Gema. Es cierto lo que decís, leer algo en lugar de no leer nada no soluciona nada. Sobre todo por lo que comentas, Gema, que la mayoría de las veces ese salto a la gran literatura nunca se da. Además, quizá es una impresión mía, no lo sé, pero me da la sensación de que de una década a esta parte ciertas lecturas algo más serias que antes se hacían a edades más tempranas (y por serias no me refiero a Tolstoi, sino a los clásicos libros de aventuras entre los que entran autores como Defoe, Walter Scott, Julio Verne o Salgari) ahora se retrasan o nunca llegan a hacerse, y han sido sustituidas por una suerte de literatura para adolescentes que carece de calidad literaria y lo único que fomenta es una prolongación de la niñez que termina haciendo que personas bien entradas en los treinta únicamente lean la saga de Harry Potter.

    Lo del elitismo, quizá debería haberlo sustituido al escribir el artículo por actividad minoritaria. Desde mi punto de vista no podemos empeñarnos en que la literatura de verdad, no esa literatura "enganchante" llegue a todo el mundo, del mismo modo que no podemos pretender que todo el mundo entienda la ópera o la mecánica cuántica. A los que nos gusta la literatura, la defenderemos, trataremos de que otros lean y compartan con nosotros el placer que nos proporciona esa actividad, pero no podemos olvidarnos de que mientras nosotros estamos en un sillón pasando páginas, otro puede estar paseando por el campo o viendo una película y sintiendo ese mismo placer. En realidad, la crítica del artículo no va tan dirigida a los que no leen, sino a los que tratan a toda costa de que todos lean y que además se permiten llamar ignorantes a los que no lo hacen. Sí hay que estar alerta, sin embargo, a que lo que lee la mayoría no se implante como "buena literatura" (aquel lema comercial de que si vende mucho es porque será bueno) pero para eso estáis lectoras como vosotros, que plantaréis cara.

    Un saludo

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