miércoles, 10 de agosto de 2016

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy: el mal enfrentado a la justicia

Las encuestas sobre índices de lectura y hábitos lectores son de lo más usuales y normalmente suele faltar una pregunta en ellas, quizá porque poca gente sabe responderla muy bien y también porque suena un tanto cursi: ¿Y tú, por qué lees? Las respuestas pueden ser variadísimas y probablemente dependerán del estado de ánimo de la persona y de sus verdaderas motivaciones: conocer mundos a los que no he viajado, evadirme de este apestoso mundo en el que vivo, pasar el rato mientras voy en el autobús a mi alienante trabajo, recopilar información, ansia de conocimiento, ampliar el lenguaje y mejorar mi ortografía… y muchas más que seguramente se me olvidan. Aunque quizá todas y cada una de estas razones sean ciertas para cualquier lector y lo que buscamos es una pizca de cada una de ellas cuando abrimos un libro. Sin embargo, si algo tiene claro quien esto escribe es que uno lee, sobre todo, para encontrarse con libros como Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. 


A Cormac McCarthy lo pusieron muchos lectores en el mapa con La carretera, y no tanto por su libro sino por la película protagonizada por Vigo Mortensen. Sea como fuere, si eso ayudó a que muchos lectores se asomasen a la prosa de McCarthy, bienvenido sea. Si bien La carretera, posiblemente más por las expectativas generadas que porque se trate de una obra menor, a un servidor le dejó algo frío, en una puesta de escena que no terminaba de resultarme del todo creíble y que enmascaraba un western aparentando una narración post-apocalíptica, cuando leí la llamada trilogía de la Frontera (Todos los hermosos caballos, Ciudades de la llanura y En la frontera) sí que advertí que en realidad todos sus libros, independientemente de su localización geográfica o de la época histórica en la que se ambienten son western y que en ellos prevalece la idea del individuo anteponiéndose a los cambios que se suceden en su contexto social e histórico. Se trata, por tanto, de una de esas tan denostadas literaturas de género, pero McCarthy es capaz de salirse de sus esquemas o, más bien, de retorcerlos y llevarlos hasta la difusa frontera en la que trasciende a la literatura no adscrita a géneros, si es que eso existe y esos límites no son más falsos que la propia división de géneros. 

Meridiano de sangre es, no hay duda en este caso, un western clásico y una obra maestra del género o del no-género; o una obra maestra a secas, seamos dogmáticos por una vez, demonios. Un chico joven, «el chaval», se asocia con unos filibusteros para cruzar la frontera de Estados Unidos con México y recuperar lo que consideran que es territorio estadounidense. Todos acaban muertos salvo el chaval, que acaba en prisión pero al que sacan de allí para que se una al grupo paramilitar de Glanton, contratado por algunas ciudades mexicanas para deshacerse de los indios apaches. Ni que decir tiene que cobran en función de las cabelleras que consigan en sus misiones. En este grupo conocerá a Glanton, que es quien aparentemente dirige el grupo, un tipo sin piedad, atraído por el dinero y la aventura y un superviviente nato, pero en realidad quien ostenta el poder del grupo es el juez Holden, una mole lampiña y blanca de 150 kilos (¿una ballena blanca terrestre?) que es un instigador de la violencia y un defensor de la guerra por encima de todo: «la guerra es Dios», llega a decir. El juez será el antagonista del chaval, dos espíritus que viven en las mismas circunstancias; sin embargo, mientras uno de ellos, el chaval, se adapta a ellas, el otro las adecúa a sus necesidades e ideas. 

Las virtudes de Meridiano de sangre son numerosas. Comencemos con el tratamiento de la violencia. Quien quiera cuentos de príncipes y princesas políticamente correctos no los va a encontrar en esta novela. Ni siquiera va a encontrar a uno de esos duros con sentimientos a lo John Wayne o a James Stewart que solo sacaban el arma en casos de necesidad extrema. Lo que encontraremos serán tiros en la cabeza, ríos de sangre, cabelleras cortadas, caballos sacrificados, mujeres violadas, cantinas destrozadas por tipos borrachos, osos bailarines tiroteados, aldeas desoladas por el fuego y el plomo, niños asesinados sin compasión. Un ejercicio de relectura interesante sería catalogar las muertes que se describen o que meramente se enumeran. No se trata de un alegato a la violencia, sino más bien de representar de un modo muy crudo la ausencia de límites de esta, lo insustancial de la justicia cuando es la primera la que burbujea en el ambiente. Y es que no hay dos muertes iguales en Meridiano de sangre. Mueren heridos, inocentes, culpables, mujeres, ancianos, creyentes, borrachos, buenos ciudadanos, indios pacíficos… Una vez desatada, la violencia puede alcanzar a cualquiera. Hay quien ha criticado la excesiva violencia del relato de McCarthy, ese regodeo excesivo en ella. Pero es precisamente ese recorrido exhaustivo por la violencia y la muerte lo que dota a la obra de esa aura de gran obra. Sería como criticar las muertes en Hamlet, los diálogos exuberantes en Gaddis o las excesivas descripciones en la Divina Comedia o en Moby Dick. Se trata de un elemento esencial a la obra, necesario para comprenderla en toda su magnitud. Nos sorprendemos e incluso hay quien se indigna de que aparezca tal número de muertes en una novela pero parecemos haber normalizado que mueran doscientas personas cada tres días en algún mercado de Irak. 

Los que critican esa violencia no oponen sin embargo tantas objeciones a los múltiples pasajes descriptivos que enlazan unos episodios con otros; en algunos casos se trata de sublimes descripciones geológicas, en otros de una forma de crear una atmósfera hostil, ardiente, desoladora, desértica, abismal, en la que los individuos son apenas marionetas que luchan por mover sus propios hilos. Son esos pasajes los que permiten situar la acción en un contexto, dotar a los personajes de una significación más allá de meros robots movidos por un autor, hacerlos personajes verdaderos. 

Un aspecto muy usual en las novelas de McCarthy, muy bien reconocido por José María Guelbenzu en alguna de sus críticas a la obra del autor estadounidense es la primacía de lo masculino. Se trata de obras en las que lo femenino es un elemento meramente presencial, sin significación alguna. Si bien en la trilogía de la Frontera algunas mujeres sí desempeñan papeles de cierta relevancia, aunque no puede decirse que sean personajes principales, en Meridiano de sangre son personajes testimoniales que en muchas ocasiones son víctimas de los malos modos y las violaciones por parte de los protagonistas de la obra, el grupo de Glanton. Esa ausencia o virtualidad de la mujer como personaje es tal que, si McCarthy se recrea en algunos pasajes de asesinatos, nunca lo hace en las violaciones, algo que puede resultar extraño ateniéndonos a esa violencia que lo mueve todo en la novela. Quizá McCarthy quiera dar a entender que la violencia y sus consecuencias tienen su origen en el hombre y que la mujer puede tan solo rendirse a ella y ver apenas cómo se suceden los hechos, sin poder tener relevancia alguna sobre ellos: el origen del mal sería el hombre.

Volvamos a la cuestión de los protagonistas de la obra, pues aunque aparentemente sean dos, el chaval y el juez, en realidad la obra puede plantearse más bien como una novela coral. Durante algunas páginas perdemos de vista a uno y al otro y nos acercamos a otros personajes con su propia idiosincrasia y sus modos de proceder. En este sentido, quizá los personajes que más fuerza tengan sean Toadvine, quien ayuda al chaval al principio de la novela, un tipo sin orejas con la frente marcada, bebedor pendenciero pero gran compañero, Tobin, al que todos llaman el excura, un tipo recto que odia al juez y aun así lo sigue y, por supuesto, Glanton, un hombre también brutal pero no al modo del juez. La crudeza de Glanton es interesada, es el maquiavelismo orientado a lo material; el juez, por el contrario, representa el mal en su estado más elemental: el mal por el mal, la rueda de la crueldad que no cesa. 

Nos abstendremos, por último, de analizar ese tan comentado final de la novela que a nadie deja impasible y admite muy variadas interpretaciones. La mía es pesimista, baste eso para explicarlo todo. Quien quiera comprobarlo, tendrá que superar la montaña de muertes y, con ellas en el morral, analizar esas páginas finales en las que McCarthy se muestra más parco que nunca enfrentando a la justicia contra el mal. Y es que quizá los ojos del ser humano, de quien interpreta esas creaciones propias –el mal, la justicia, la bondad, la misericordia– no sean capaces de describir siquiera tal enfrentamiento, como tratar de interpretar el funcionamiento de la mente con esa misma mente. 

No nos extenderemos más lanzando vítores a esta obra. Hay quien la desdeña por ser una obra de género, por su excesiva violencia, por su no tan original trama; otros la alabamos precisamente por esas cualidades y porque nos sitúa ante un panorama no tan distinto del que vivimos. Meridiano de sangre es un relato clásico, un western épico con sus necesarios antagonistas, inmersos en una violencia que incluso sobrepasa a la de las películas de Pekimpah, muestra la lucha del ser humano contra la hostilidad del ambiente y por tratar de imponer su primacía sobre la naturaleza, aun sabiendo que tiene la partida perdida de antemano. Pero Meridiano de sangre es, ante todo, un retrato del mal en todas sus formas, sobre todo en la más cruel de todas, el asesinato. Comenzad al menos a leerla y después, si queréis, discutimos un rato, pero leed. 

Título: Meridiano de sangre
Autor: Cormac McCarthy
Traducción: Luis Murillo Fort
Editorial: Random House
Páginas: 308
Precio: 19,90 eur (rústica)
    

3 comentarios:

  1. Buenas.
    Me permito enlazarte a una "reseña", impresión o llámala "x", de McCarthy, al cual he tenido la suerte de descubrir hace poco. No te engaño, me cuesta clasificar como clásico a un moderno aunque con este no tuve dudas, pero traté de buscar un por qué. Desde luego que la huella que nos deja ese personaje inolvidable de cada libro puede que sea suficiente, aunque yo llegué a la conclusión, seguramente errónea, de que McCarthy está obsesionado con el destino.
    Saludos.

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  2. Hola, Rubén:

    No es descabellado pensar que McCarthy escribe pensando en el destino. Tanto es así, que varias veces lo menciona a lo largo de la novela. De hecho, ese pulso entre el mal y la justicia al que aludo en la reseña creo que tiene mucho que ver con esa visión. Por otro lado, el final, en mi opinión, va en esa línea, pues viene a decir que ya puedes hacer lo que quieras, que el mal prevalece (o el destino trágico, si quieres). Aunque quizá yo también esté equivocado...

    Un saludo, y gracias por pasarte por aquí.

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    Respuestas
    1. No te enlacé con mi reseña, que tampoco es la leche, pero... ahí va...
      http://leerclasicos.blogspot.com.es/2016/03/mccarthy-una-lectura-libre-de.html

      Después leí "Hijo de Dios". No sé por qué me recuerda a una película. ¿Quién sabe?
      Me da que en esta novela, todo, absolutamente todo, viene a corroborar lo que digo. Sus personajes viven en un contexto que de alguna manera dicta todo lo que va a pasar. Sus personajes no son sino marionetas de Dios.
      Les pasa lo mismo a los personajes de mis novelas, y trabajo por generar una atmósfera igual de agobiante, aunque, claro está, con otro estilo.

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