lunes, 22 de agosto de 2016

El delirio blanco, de Jacek Hugo-Bader: hay muchas rusias en Rusia

En Rusia hay muchos rusos, qué buenos los filetes rusos y la ensaladilla rusa, qué divertida la montaña rusa… y qué bonitas las muñecas rusas. Eso era lo que decía un personaje de un chiste de Eugenio cuando se veía obligado a halagar a un interlocutor ruso. Y poco más podría decir acerca de Rusia el común de los mortales no rusos. Porque Rusia ha sido tradicionalmente, junto con China y Japón, un país muy encerrado en sí mismo, poco dado al intercambio cultural. Tiene la extensión de un continente, está poblada por multitud de etnias diferentes y presenta una delimitación del territorio un tanto arbitraria (pocos países se escapan de esa contingencia histórica) que ocasiona problemas insospechados para los que vivimos casi de espaldas a ese enorme país.

La editorial Dioptrías se saca de la manga otro de esos geniales libros inclasificables –en este caso podríamos arriesgarnos por el género de la crónica pero con un componente autobiográfico importante– que lleva por título El delirio blanco. Escrito por el periodista polaco Jacek Hugo-Bader para su periódico, aunque con apenas ayuda económica, su objetivo fue tratar de verificar –todos sabemos que esa premisa no iba a cumplirse de antemano– si los pronósticos incluidos en el libro que escribieron dos periodistas soviéticos cincuenta años antes en el que describían cómo sería la vida en la URSS (para ellos esas siglas serían eternas) en el año 2007 se habrían cumplido. Por supuesto, imaginaban un futuro bien distinto del actual. Ayudados por decenas de entrevistas con científicos, se vieron con argumentos suficientes como para afirmar que las enfermedades prácticamente se habrían erradicado de la URSS, entre ellas el cáncer, o que los viajes espaciales serían la tónica general. Sí acertaron en otras cuestiones, como en la existencia de Internet, de los teléfonos móviles o de las pantallas planas, todo sea dicho.

Así es que el bueno de Jacek sale de casa y decide recorrer el trayecto entre Moscú y Vladivostok en un todoterreno desvencijado que conserva el mismo diseño que el original, de los años 50. El primer capítulo del libro es un manual de supervivencia y un reflejo del atrevimiento un tanto alocado de Jacek, que decide –no podía ser de otro modo– realizar dicho trayecto durante el invierno. Debe posicionar el coche siempre en contra del viento (de otro modo podría morir asfixiado por los propios gases del vehículo, que se colarían por el tubo de escape), debe llevar siempre el depósito de gasolina como poco a la mitad de su capacidad, y el maletero atestado de madera seca, o bien llevar una garrafa con una mezcla de gasolina y aceite para conseguir que arda… En fin, toda una serie de medidas que atenúen o reduzcan las posibilidades de morir en el trayecto.


El resto del libro recoge datos y, sobre todo, testimonios de muy diferentes personas que nos pondrán al día acerca de las facciones fascistas y antifascistas que se enfrentan en las ciudades y los tipos de música que escucha cada grupo o sobre los hippies que viven en Rusia y los intentos de comunas que se formaron en paralelo al comunismo. Sin embargo, ese es solo el principio, porque después tocará otros temas más traumáticos, como los altos índices de infectados por VIH de Rusia, debido sobre todo a una inexistente política preventiva del gobierno, que solo hace unos pocos años parece haber tomado conciencia del problema, cuando antes únicamente trataba de esconderlo debajo de la alfombra. Pero casi cuatro millones de infectados –la África occidental la llaman– son imposibles de ocultar. Aun así, la estigmatización de los enfermos es similar a la que sufrieron los infectados en los países occidentales con el descubrimiento y expansión de la pandemia allá por los años 80-90, y muchos de ellos siguen pensando que compartir un vaso de agua puede provocar el contagio del VIH. A eso se suma, por un lado, la prostitución elevadísima en el país, especialmente en las ciudades y, por otro lado, la reticencia al uso de condones entre la población masculina y el seguidismo de ello que hacen las mujeres, por miedo a verse rechazadas, según cuentan algunas mujeres con las que conversa Hugo-Bader.

A medida que el periodista polaco se va internando en Siberia sus problemas se acrecientan, así como los males que padecen los habitantes de esas regiones. Muchas de esas poblaciones las constituyen etnias de las que ya apenas quedan unos centenares de personas. Muchas ni siquiera conocen ya su lengua de origen y sobreviven a duras penas, casi mediante la autogestión. Están prácticamente olvidadas, dejadas de la mano del dios que les golpea durante casi todo el año con su puño de hielo.

Hay tres capítulos del libro que a un servidor le han tocado la fibra. Desvelaremos dos, para no extendernos en exceso y permitirnos una pizca de intimidad. La entrevista que Hugo-Bader realiza al camarada Kalashnikov, creador de su famoso fusil homónimo y del no menos famoso AK-47, demuestra hasta qué punto la ideología puede deformar e incluso eliminar cualquier atisbo de humanidad o de conciencia del otro en una persona. Y no diremos más. Leed la entrevista, es escalofriante y, al mismo tiempo, muy reveladora del clima soviético durante la Guerra Fría.

El otro episodio que contaremos es al que hace mención el título del libro: el delirio blanco, que no es otra cosa que como se denomina por aquellas tierras al delirium tremens. Si en la lista inicial de cosas que conocíamos sobre Rusia hubiésemos añadido: «y cómo bebéis los rusos», seguramente nadie habría estado en desacuerdo. Sin embargo, hay rusos y rusos. Cada año mueren en Rusia 40.000 personas a consecuencia del alcohol pero la verdadera tragedia no debemos situarla en las ciudades, sino en esas poblaciones de Siberia de nativos que tienen muchos más genes asiáticos que europeos. El alcohol ha llegado hasta ellos como una plaga y los está arrasando. El relato acerca de los pastores de una pequeña población en la que todos ellos mueren a consecuencia del alcohol en solo unos pocos años es, sencillamente, salvaje. Mueren por riñas ocasionadas entre ellos, congelados en la nieve, se suicidan… y afecta tanto a hombres como a mujeres. Su menor capacidad para metabolizar el alcohol y consumirlo de muy mala calidad hace que para ellos sea mucho más perjudicial que para los rusos. Lo que se está viviendo en esas poblaciones es un auténtico exterminio.

Se quedan muchas cuestiones sin mencionar, para que sea el lector quien las descubra y le muevan a la reflexión. Porque por encima de los hechos que narran Hugo-Bader y sus entrevistados, este es un libro que invita a reflexionar sobre cuestiones como la búsqueda de la felicidad, los peligros de las ideologías, el abuso de poder o la responsabilidad de los ciudadanos como seres humanos, no solo sobre nuestro propio destino, sino también sobre el de los que nos rodean.

Las entrevistas del bueno de Jacek a veces son maliciosas, otras son consideradas o incluso amables pero sobre todo nunca dejan indiferentes. Entrevista a niños abandonados por su madres alcoholizadas, a prostitutas, a hippies desenganchados de la droga y el alcohol, a enfermos de sida, a chamanes y santeras, a médicos, diseñadores de armas, enfermos de cáncer de las zonas en las que se probaron armas nucleares… En resumen, un libro necesario al que habría que acercarse obligatoriamente para, una vez finalizada la lectura, completarla con la reflexión y, lo que es más importante, con acciones que contribuyan a que lo que narra El delirio blanco, no vuelva a suceder.         

Título: El delirio blanco
Autor: Jacek Hugo-Bader
Traducción: Ernesto Rubio y Marta Slyk
Editorial: Dioptrías
Páginas: 316
Precio: 19,99 eur (rústica)





Foto tomada de www.wiadomosci.gazeta.pl

No hay comentarios:

Publicar un comentario