martes, 19 de enero de 2016

Entrevista: José Aníbal Campos. Sobre la traducción

Os presentamos la segunda parte de la entrevista a José Aníbal Campos, traductor de von Rezzori al español, que nos habla de sus vicisitudes con la traducción de La muerte de mi hermano Abel, y de algunas otras cuestiones relacionadas con la traducción y con sus planes futuros. 

P: ¿Cómo se enfrenta un traductor a una labor la traducción de La muerte de mi hermano Abel? Un libro de 800 páginas, un estilo y un lenguaje complejos... ¿Cuánto tiempo has empleado en la traducción? ¿No has pensado en ningún momento en tirar la toalla?

José Aníbal Campos y Juan Villoro junto a la tumba de 
Rezzori en Donnini,Toscana. Crédito: Riccardo Cavallari 
Jejejejejejeje. Uno de los más grandes traductores españoles del alemán –y un amigo al que admiro y respeto mucho–, es célebre por estar planificando su retirada desde hace años. Cada vez que lo veo me dice: «Qué va. Ya no sigo, estoy cansado». Pero luego, dos o tres años después, lo veo y me dice lo mismo. Yo he llegado a creer que cuando uno lleva mucho tiempo traduciendo –en mi caso, dentro de dos años serán 30–, tiene a mano un cajón enorme repleto de toallas, para, cada vez que acaba un libro difícil, tirar la toalla que esté más arriba en el cajón e, inmediatamente después, echar mano de una nueva. Lo peor de un libro como éste es la imposibilidad de planificar con exactitud un tiempo de entrega. Los imprevistos son muchos. Y a veces un único pasaje de dos o tres líneas, o una sola palabra, te llevan días para que encuentres la solución adecuada. Una de mis maneras de «preparar» una traducción es, después de leído el original, iniciar una fase de pre-calentamiento: busco lo que yo llamo «literaturemas»: autores o tendencias de mi cultura de llegada, la de habla española, que puedan tener alguna similitud estilística con el autor o la obra que voy a traducir. Con ello solo busco entrenar mi capacidad de desdoblamiento con el lenguaje, flexibilizar mi manejo de él. La segunda fase es la adentrarse en el universo del autor (intentar conocerlo todo, tanto como sea necesario de su entorno, su modo de vida, su obra anterior, etc.). Y luego, mucha laboriosidad. Este es un trabajo artesanal, obrero. Su componente creativo está acotado por el hecho de que es una creatividad que está supeditada a la de ese texto otro. No me canso de repetirlo: la gran paradoja de un traductor literario es que, en su labor artesana, casi pericial, ha de tener el talento necesario para llevar a la lengua de llegada a un autor mediocre de tal modo que resplandezca toda su mediocridad.


P: Que no es el caso de Rezzori.

En el caso de un autor como Rezzori, no hay mediocridad, pero por ello mismo las dificultades se centuplican: hay que ajustar el lenguaje a distintos estilos, hay que aguzar la creatividad para reproducir los juegos de palabras sin tener que acudir a la molesta nota al pie, y hay que preparar el trasero para que, como los relojes de Dalí, se vaya derritiendo y cayendo al suelo desde ambos lados de la silla, como tortas de cera consumidas en un enorme cirio de altar (en nuestro caso, de atril...).


P: ¿Cómo llegaste a Von Rezzori y por qué decidiste dedicarte a traducir sus obras?

Yo conocía hasta 2009 solo dos obras de Rezzori, Memorias de un antisemita e Historias de Magrebinia. La primera la había leído en español, en la brillante traducción de Juan Villoro. La segunda la había disfrutado en una vieja edición original de los años 50. En 2009 Sexto Piso me contactó para preguntarme si tenía disponibilidad para traducir «un libro de Rezzori» y dije automáticamente que sí sin oír siquiera de qué libro se trataba. Era Edipo en Stalingrado. Conocía un poco el destino algo curioso y amargo de Rezzori como autor, un escritor grande, pero secreto, de culto, olvidado, siempre moviéndose en un ámbito de ambivalencia, entre lo muy culto y lo muy frívolo. Empecé a investigar. Y a partir de entonces, lo que empieza siendo una relación meramente profesional, se convierte en una pasión. Profundizar en la obra de Rezzori, tanto la no traducida como la muy poco conocida en el propio ámbito de lengua alemana, fue el momento de mi carrera en que la profesionalidad se entremezcló con la fascinación. Y espero que me alcances las fuerzas (y las toallas) para seguir descubriéndolo para el lector de habla española.     


P: Ahora que mencionas a la editorial Sexto Piso, ¿por qué crees que otras editoriales que han publicado otros de sus libros no se han lanzado con La muerte de mi hermano Abel?

Podría decirse que hay una especie de división territorial de la obra de Rezzori en lengua española desde el punto de vista editorial, que puede hablarse de un «Rezzori-Anagrama» y de un «Rezzori-Sexto Piso». Al Rezzori-Anagrama se lo ha acogido la mar de bien, con suma justicia, en un canon que espera, de escritores centroeuropeos de su estirpe, una especie de lamento permanente por la pérdida de un mundo. Ese Rezzori está también presente en La muerte de mi hermano Abel. Pero Rezzori es mucho más. Y eso es lo que ha sabido ver Sexto Piso: la auténtica modernidad del autor, aun dentro de esa vertiente relacionada con el contenido, la del «memorioso centroeuropeo»; un autor capaz de experimentar con el lenguaje y con las estructuras a un nivel de maestría que ya quisieran tener para sí muchos autores de las llamadas «vanguardias», esas tendencias que son casi siempre lo mismo, que nunca se renuevan, que nos ponen siempre ante problemas viejos y casi siempre ya superados de la creación literaria como si acabaran de descubrir el agua fría. Esto responde, a mi juicio, a dos conceptos editoriales distintos: la editorial que responde a los gustos de un solo editor y la editorial-equipo que, además, se deja asesorar por sus traductores. Eso es casi único en el panorama editorial español. Son dos estilos –ambos legítimos– de editar libros, pero a mí, por afinidad personal y «deformación» profesional, me gusta más el de Sexto Piso. 



P: Este libro es uno de esos monumentos literarios que ha estado mucho tiempo aparcado. ¿A qué crees que se debe?

Son muchos los factores de este olvido, pero ante todo se debe a la mala recepción que tuvo la novela en 1976, cuando se publicó en Alemania. La única crítica publicada en un medio de peso, el semanario Der Spiegel, fue destructiva. Pronto, por cierto, la daré a conocer íntegramente, con comentarios. Como podrá ver el lector de habla española, la novela está llena de lo que hoy llamaríamos «incorrecciones políticas». El ataque furibundo que hace Rezzori a los fundamentos mismos de la República Federal de Alemania no sirvió precisamente de estímulo a que la novela fuera celebrada. Por un lado, en lo literario se vivía bajo un cierto canon establecido por la crítica en torno a tres o cuatro vacas sagradas de la literatura germanoccidental: Heinrich Böll, Günter Grass, Hans Magnus Enzensberger y Uwe Johnson. Hay otros, pero ésos son los más importantes. Por otro lado, se vive entonces bajo los efectos del terremoto que significó la llegada a la escena literaria de una generación más joven y radicalizada que había protagonizado, en lo político, el «Mayo del 68». Rezzori no cree en ninguna ideología, ni cree en las revoluciones. Su escepticismo epidémico no encontró en ese momento a sus lectores. Por otra parte, se lo asociaba a una literatura frívola (calificativo atribuido a sus Historias de Magrebinia), cosa que ya había quedado desmentida en 1954, cuando publica Edipo en Stalingrado.


P: Y además el poco apego que tenía por los escritores alemanes.

Como ya mencionaba, no fue tampoco favorable para él su poca consideración para con el mundillo literario alemán, su desprecio –manifestado a veces de forma abierta– a lo que yo llamo «autores suspirantes», ésos que se toman demasiado en serio, aun los que disfrazan su vanidad con el sello pseudodesacralizador de «post-algo», y los que viven del mundillo, del cabildeo dentro de él, de la adulación y el amiguismo interesados, etcétera; por otra parte, le reprocharon mucho su presencia constante en medios no literarios, como revistas de moda, el cine, sus contactos con la jet-set, su fama de mujeriego. Todo eso puede verse ahora desde una perspectiva distinta, y creo firmemente que los lectores de Rezzori son los lectores de ahora, gente que está sobre los 30 años, y quizá hasta más joven. Otro elemento es el juicio demoledor que hace Rezzori aquí del poder de la prensa; y esto es mucho más curioso aún, porque una crítica como ésa tendría que haber encontrado oyentes entusiastas en aquella época, ya que una de las batallas de la generación intelectual del 68 fue dirigida contra el poder de los medios. De hecho, basta ver de nuevo una película como El honor perdido de Katherina Blum (1975), de dos cineastas entonces muy jóvenes y vinculados al movimiento estudiantil, Volker Schlöndorff y Margarethe von Trotta, para darse cuenta de que el ataque que Rezzori hace en esta novela al poder de la prensa constituye el tema de la película y se trasluce en la manera en que los dos cineastas, que eran grandes amigos de Rezzori, abordan el texto de Heinrich Böll, el cual reciclan, convirtiendo un relato melodramático, no de los mejores de Böll, en un sainete, una sátira amarga y expresionista, en una especie de pieza de cabaret. (Sobre la relación de trabajo frecuente entre Rezzori y Schlöndorff daré a conocer este año un amplio trabajo.)            


P: ¿Qué otros autores que escribían (o escriben) en lengua alemana crees que deberían ser más leídos y que, por el contrario, como Von Rezzori, están olvidados?

Bueno, mi esquizofrenia traductora se divide ahora en dos líneas de trabajo: la recuperación de una infinita serie de autores y autoras olvidados, pero brillantes, del periodo de entreguerras, la llamada, en Alemania, República de Weimar y, en Austria, Primera República. Permitidme que no dé nombres, para no estropearles a los lectores el factor sorpresa y, por generosidad extendida, tampoco a los mercenarios y ladronzuelos de ideas ajenas. (Pon ahora ahí, como una acotación teatral: Risita sardónica). Pero no, en serio: es abrumador el número de autores y textos de esa época que hicieron un aporte crucial al mundo de la literatura y del arte, con consecuencias hasta el día de hoy, y que no han sido traducidos o solo son parcialmente conocidos en nuestra lengua, a veces no por sus mejores trabajos. ¡Y libres de derechos! Sobre eso, sobre el mecanismo que hace que autores muy valiosos queden relegados o de pronto sean recuperados por el mundillo editorial ha escrito recientemente un magnífico artículo Patricio Pron. Por otro lado, he redescubierto mi interés por la traducción de poesía. Y en esa línea trabajo en la traducción de una serie de poetas jóvenes, casi todos más jóvenes que yo, cuyas obras voy descubriendo con fascinación. Hay también un par de nombres dentro de la narrativa contemporánea de habla alemana que despiertan mi interés y con los que voy a trabajar. En general, estoy haciendo mucha labor de scout, es decir, descubriendo, redescubriendo o desempolvado cosas y proponiéndoselas a algunas editoriales de mi confianza.            


P: ¿Estás trabajando en algo ahora que puedas desvelarnos?


Algo he dicho ya en la respuesta anterior, pero añado que lo que en este momento ocupa mis mayores desvelos es la traducción de la continuación de La muerte de mi hermano Abel, la obra última de Rezzori, Caín o El último manuscrito. Con este último libro de Rezzori se da una situación curiosa: es el que intenta poner orden en el caos de Abel... y su resultado es un texto más caótico aún, más moderno. He hablado en otra entrevista de la deuda de Rezzori con El hombre sin atributos, de Musil. Como se sabe, es una novela doblemente inacabada: primero, porque así se lo propuso Musil, y segundo, porque murió mientras todavía trabajaba en ella, de modo que las ediciones modernas de la novela incluyen un corpus crítico que es a veces tan delicioso como la novela misma. Pues bien: yo tengo la firme convicción de que Rezzori se propuso completar la novela de Musil, y entre los homenajes a su modelo estaba el recurrir al mismo ardid de lo inacabado. Pero, además, cuando trabajaba en la continuación de Abel..., en Caín, permitidme que lo diga quijotescamente...; cuando trabajaba en la continuación... en fin, que quiero decir que se murió. A él, a Rezzori, le hubiera encantado saber de este macabro juego de espejos.      

Gregor von Rezzori en Auschwitz. Crédito: Alexandre Bailhache.
Si no has leído la primera parte de esta entrevista, puedes hacerlo aquí. 

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