lunes, 25 de enero de 2016

El valle de los avasallados, de Réjean Ducharme (I)

«Un libro es un mundo, un mundo concebido, un mundo con un principio y un fin. Cada página de un libro es una ciudad. Cada línea es una calle. Cada palabra es una morada. Mis ojos recorren la calle, abren cada puerta, penetran en cada morada… Esta mañana, al salir de mi libro, sentía una deliciosa sensación de embriaguez y espacio, una gran impaciencia, un magnífico deseo. Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que pueda abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar.» 
El valle de los avasallados
Qué es El valle de los avasallados. Quién es Bérénice Einberg. O es más, quién es el misterioso Réjean Ducharme. Ducharme publicó esta inclasificable novela en 1966 cuando apenas contaba veinticinco años. Los críticos intentaron sin éxito analizar la desbordante fuerza de este texto y definir a su protagonista, Bérénice Einberg, todo un huracán creativo que hizo tambalear los cimientos de la escena literaria francófona. 

El dominio del lenguaje de Ducharme, admirador de la poesía de Rimbaud, Nelligan y Saint-Denys Garnau, supuso una fuerte sacudida para los viejos popes de las letras quebequenses. La juventud de Ducharme despistó a propios y extraños que buscaban tras ese supuesto enfant terrible el pseudónimo de un autor ya consagrado. 

El affaire Ducharme se convirtió en el centro de las conversaciones en Montreal. Cómo podía un joven desconocido reinventar el lenguaje. Que no solo jugara con las reglas hasta entonces imperantes sino que construyera estructuras imposibles y creara nuevas palabras que convirtieron a Bérénice en la portavoz de un público lector que buscaba lo que ella perseguía en los libros: «energía y valor, que me diga que hay más vida de la que pueda abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar.»

Ducharme reconoce las ansias de vida del idioma, lo reta, lo moldea como un artesano. Los títulos de sus libros, que juegan con equívocos semánticos, L’avalée des avalés, L’Océantume o Le nez qui voque, son ya una declaración de intenciones por parte de un autor que promete solemnemente alejarse de cualquier convencionalismo. El prólogo a El valle de los avasallados, Partícipes de un participio, desvela que L’avalée des avalés son dos participios de un mismo verbo cuyo origen se retrotrae al siglo XI, «un canto rodado que arrastra treinta y ocho sinónimos». En Le nez qui voque Ducharme crea un nuevo verbo «voquer», gracias al cual el título puede convertirse en La nariz que evoca o La nariz equívoca. Por su parte, en La oceanada transforma «l’amertume» (la amargura) en «l’Océantume» (la oceanada), multiplicando de ese modo el caudal y la fuerza de esa desazón. 

El valle de los avasallados es un hipnótico viaje por el singular mundo de Bérénice Einberg, desde los nueve hasta los quince años, un mundo en el que hay lugar para la mitología, para claras alusiones a obras maestras, para la naturaleza, para el alma humana en todas sus facetas, porque Ducharme no esconde ninguna de las miserias. Bérénice las confiesa con la seguridad y la honestidad de un suicida. 

Bérénice vive con sus padres, Einberg y Gato Muerto, y su hermano Christian en una abadía situada en una isla en la provincia de Quebec; pero la convivencia con su familia es una lucha para la que debe estar alerta cada día. Ahuyenta sus debilidades con mil y una venganzas. «Solo encuentro momentos verdaderamente felices en mi soledad. Mi soledad es mi palacio. Allí tengo mi silla, mi mesa, mi cama, mi viento y mi sol. Cuando estoy sentada fuera de mi soledad, estoy sentada en el exilio, estoy sentada en un país engañoso…. Si tuviera más orgullo, aniquilaría con unos cuantos asesinatos a los que comprometen el bienestar de mi soledad. Mataría a Einberg y a su esposa. Mataría a Christian y Constance Chlore. Estoy sola. A veces, me ausento de mi palacio. Los hay que entonces aprovechan para colarse. Tan pronto como regreso, los expulso. Pero mi palacio es demasiado fácil para recibir ahí a mis amigos… Para vencer el miedo hace falta verlo, oírlo, olerlo. Para vencer el miedo hace falta estar a solas con él. Cuando pierdo de vista mi miedo es como si perdiera el conocimiento. Tal vez porque fui destetada dos días después de nacer.»

Rehúye a su madre, su verdadera enemiga, a la que pone distintos nombres. Hace esfuerzos titánicos por no dejarse seducir por las malas artes de Gato Muerto, a quien decía amar cuando era más pequeña con «todo su dolor»; sus falsas caricias pueden acabar con la fortaleza de su alma. Bérénice se repite que «en el fondo nadie tiene madre. En el fondo yo soy mi propia hija.»

El trofeo es el amor de Christian. Cuando los hermanos se separan Bérénice envía a su hermano unas cartas que buscan confundirlo y que confirman el delicioso humor de Bérénice. Se insinúa el incesto, pero este no es más que otro número de su gran puesta en escena para la que no hay más espectador que ella.
«El amor es falso. El odio es verdadero. Los animales son verdaderos. Los hombres son falsos.»
La relación con su padre es inexistente, se burla de su debilidad y pone a prueba su paciencia al desafiar la educación religiosa que le corresponde. Gato Muerto es católica y Einberg, judío. Ambos utilizan a sus hijos y a sus credos como armas para otra nueva guerra que se disputa entre esos muros. Ducharme, miembro de una minoría en un país desbordante, osó, apenas veinte años después de la Segunda Guerra Mundial, criticar las estratagemas de la religión judía y hacer que Bérénice se sublevara contra las visitas de los sábados a las sinagogas que olían a sangre y ceniza. 

Bérénice se rebela contra el amor, al igual que el resto lo hace contra la soledad. El amor que es para ella una jaula, una prisión. Es continuamente expulsada del hogar paterno y acaba luchando su particular guerra en Tierra Santa. «Tengo una necesidad de cariño sobrehumana y monstruosa. Reacciono a una gota de miel con un mar de hiel» se atreve a decir en sus últimas páginas.

Bérénice no es una niña que sobrevive en un mundo de adultos. Describirla así es no hacer justicia a esta protagonista que ha hecho que su nombre, clásico en la literatura (pensemos en Bérénice, de Racine), sea sinónimo de imaginación, de honestidad con uno mismo, de valentía, de dolorosa lucidez, de humor furioso y disparatado, de dulce maldad que esconde tras de sí uno de los personajes más fascinantes de la narrativa del pasado siglo. 

Pero también Bérénice encontró incomprensión fuera de El valle de los avasallados ya que muchos, desconcertados tras su lectura, la tildaron de antisemita y racista. Al igual que Céline, Ducharme crea escenas políticamente incorrectas, violentas, que buscan romper reglas sociales y estéticas. La revolución novelística de Ducharme es una revolución total y silenciosa. 

*Artículo originalmente publicado en la revista Quimera, dentro del dossier "Los límites de la novela", de marzo de 2015.

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