El día está despejado, brilla el sol (¿se puede comenzar peor un texto?), los fotones que traspasan los cristales de la librería Tipos Infames (no nos cansaremos de agradecer a Curro, Gonzalo y Alfonso que no hayan colgado aún un cartel con nuestros rostros y una leyenda en la que se lea «Si los veis entrar, huid.») tienen un tono azul glaciar, la linterna del móvil se dispara por equivocación al encender la grabadora de voz, dirigimos el objetivo hacia el sofá donde está sentada la persona con la que nos disponemos a compartir un buen rato. El piloto rojo de la cámara indica que estamos grabando. Y los dos decimos al unísono: «Luces, cámaras, acción».
¿Será esto a lo que se refiere Eloy Tizón con sus «Técnicas de iluminación»? Algo nos hace sospechar que no. Esperamos que nos proporcione respuestas a esta y algunas otras preguntas.
P: Hace un año que apareció Técnicas de iluminación, el cual, teniendo en cuenta los tiempos que corren, ha sido todo un éxito. ¿Te lo esperabas?
R: No, no estaba en el guion lo que ha pasado con este libro. Creo que era
un libro genéticamente programado para ser minoritario, porque son relatos,
relatos de cierta complejidad formal, de riesgo estético. Me esperaba lo que
había ocurrido con mis anteriores libros: una respuesta positiva de la crítica
y ventas minoritarias. Y este libro, por alguna razón un tanto misteriosa, ha
roto esa barrera y se ha expandido a un territorio mayor, que no es nunca un
éxito masivo, pero sí ha alcanzado un número mayor de lectores de los que en
principio estaba previsto.
P: Suponemos que no, pero, ¿has
vuelto a leer el libro después de publicado?
R: No. He leído algunos trozos sueltos porque a veces te los piden en
lecturas. Fragmentos sí he releído, pero el libro entero no.
P: Pero ¿sueles volver a leer lo
escrito?
R: Casi nunca, porque ocurre eso que decía Onetti de que hay dos tipos de
reacción: una en la que dices, cómo pude escribir esto tan malo; o la otra, qué
bien escribía entonces y qué mal escribo ahora. En un caso u otro, al final lo
que se produce es una cierta depresión. Reviso muchísimo mientras lo estoy
escribiendo, pero para mí el momento en el que está editado es el momento de
despedirme del libro y comenzar a pensar en otro.
P: Suponemos que ya te han
preguntado de todo sobre el libro. Si te convirtieras, por destino del azar, en
periodista por un instante y tuvieras que realizar una pregunta sobre Técnicas de iluminación a su autor, ¿qué
pregunta le harías?
R: Uf, qué difícil. Ahí me habéis pillado (risas).
P: ¿O qué te gustaría que te
hubiesen preguntado?
R: En general, me cansan las preguntas genéricas tipo: «Resúmenos el
libro»; o una muy clásica: «Qué se va a encontrar el lector cuando abra el
libro». Por eso agradezco algo que tenga más que ver con su contenido o, si
quieres, con la carpintería. Suelo explicar a veces, sobre la estructura del
relato, que son relatos que comienzan in
medias res, ya empezados, como de
capítulo segundo, como si hubiese antes una historia previa que no cuento pero
que pesa sobre el relato y determina su sentido. Ese tipo de preguntas
técnicas, más formales, sí disfruto contestándolas.

R: Muy poca, la verdad. No necesito que haya un gran hilo argumental para
que me interese un relato. Pienso que muchas veces escribir es poner a prueba
dónde están los límites del relato: qué pasa si suprimimos o adelgazamos mucho
la trama, qué pasa si prescindimos de determinados elementos que parecen
esenciales, como son un conflicto muy definido, un punto de giro, o la
transformación del personaje. No pretendo dinamitar las estructuras, eso ya me
parece muy pretencioso, pero sí pienso que podemos permitirnos jugar un poco
con ellas, enrarecerlas. Porque tengo la sensación de que somos muy obedientes
y, de hecho, a los alumnos les animo a ser algo díscolos en este sentido, a desafiar
la norma; no por una cuestión de prepotencia, sino porque creo que la materia
con la que trabajamos se presta a ello, a no repetir lo que otros han hecho
maravillosamente bien. Creo que no tiene sentido repetir modelos de Borges,
Cortázar o Cheever. Son cuentos maravillosos, ellos lo hicieron, y está
perfecto. Entonces, nosotros, ¿podemos añadir algo, aunque sea un mínimo matiz,
a la literatura? Pienso que sí, que todos tenemos determinados rasgos en
nuestra voz y en nuestra mirada que pueden ser susceptibles de aportar algo,
creo que tenemos el deber de hacerlo. Para mí la trama no es el elemento
consustancial, me basta con un hilo muy tenue y a partir de ahí empiezo a construir
más desde la emoción, si quieres, desde la textura lingüística, desde la
textura verbal.
Digamos que la trama es la épica. Y a mí siempre me ha interesado más la
lírica.

R: Sí, pero hay que tener cuidado cuando se habla de esto, porque parece
que la preocupación por el lenguaje implica preciosismo. Y yo creo que no tiene
nada que ver, creo que se puede ser riguroso con el lenguaje, se puede ser
incluso lacónico, pero siempre que exista intensidad lingüística, porque al fin
y al cabo es la materia con la que estamos trabajando, el lenguaje. Por eso me
produce una cierta impaciencia cuando leo algo que está escrito de manera
descuidada, o cuando creo que se podría haber profundizado más. Hay muchas
posibilidades de belleza en el propio lenguaje, en la propia expresión; eso sí,
insisto, sin caer en el preciosismo ni en el esteticismo. Pero sí puede hallarse
una belleza, yo sí creo en la belleza. Algo obseso del lenguaje sí soy, lo
reconozco.
P: Los dos primeros relatos, «Fotosíntesis» y «Merecía ser domingo», son a
nuestro juicio los relatos más abstractos o al menos aquellos que tienen la
trama más difusa, aunque también son los más líricos. ¿Qué criterio seguiste o
sigues para ordenar los relatos dentro del libro?
R: Esa es una buena pregunta. La cuestión que me planteo es: de dónde
quiero partir, cuál es la estación de salida y cuál la de llegada. Me he dado
cuenta de que es un poco intuitivo, no creáis que es fruto de un razonamiento
muy elaborado. Noto que tiendo a colocar los relatos menos narrativos al
principio, y los más narrativos al final, porque me gusta esa sensación de que
al principio hay una búsqueda, no está claro si es un relato, o es una
narración, o qué es; lo que hay es un deseo de indagación, algo de vagabundeo,
como en este caso, y poco a poco el propio libro va encontrando él solo la
historia que quiere contar.
Al comienzo lo que hay es como una música, necesito esa música, algo que
suena en mi cabeza, que tiene un ritmo, una melodía y que me interese tanto que
me apetezca seguir adelante, y la propia música va armando algo que al final sí
es una historia. Me gustaría pensar que al final del libro el lector se queda
con la sensación de que le he contado algo, pero digamos que esa tensión que
hay entre narrar y no narrar me parece interesante, y es un poco la que yo vivo
a la hora de escribir.
P: Sí, el hilo conductor del libro
parece ese tempo narrativo.
R: Claro, y también me gusta mucho la idea de sacar al lector de lo
consabido. En los primeros relatos me gusta proporcionar una cierta sacudida,
para transmitir que ese es el terreno que le planteo para que nos movamos. Es
posible que al principio exista algo de desorientación por parte de lector,
pero pese a ello le animo a que tenga paciencia y me acompañe un poco más,
porque creo que si me concede ese licencia al final atravesaremos juntos una
experiencia que quiero pensar que merecerá la pena.
P: Lógicamente, le das mucha importancia a cada palabra seleccionada, eso
se ve claramente en cada relato. Ángel Gabilondo dice que «Una palabra mal
empleada o imprecisa introduce alguna suerte de injusticia en el mundo», ¿qué
opinas?
R: (Risas) No conocía esa frase. Es verdad que cuando se habla a veces de
la ética del escritor, o acerca de la moral del escritor, esta tiene mucho que
ver con cómo abordamos nuestro trabajo: si se hace de una manera descuidada o
chapucera me parece muy poco ético; pero puede hacerse con rigor y con ganas de
ser justos con las palabras, con el mundo y con las personas que lo habitamos. Tiene
razón Gabilondo. Encontrar un adjetivo calificativo que defina con precisión a
un personaje es un acto de justicia.
P: El título del libro tiene dos términos que son casi contrapuestos:
técnica e iluminación. El segundo término siempre se presupone, erróneamente,
como lo único con lo que cuenta el escritor a lo hora de crear; el primer
término no se tiene tan en cuenta desde fuera. ¿Cuánto de técnica y cuánto de
iluminación hay en este libro?
R: Es difícil calcular las proporciones. A la hora de plantear el título, me gustaba unir dos conceptos que pueden parecer contradictorios, como son la poesía y el intelecto, que parece que en un principio no casan bien. Creo que cuando escribimos debemos usar esos dos registros: por una parte tiene que ser pura intuición –y defiendo mucho la intuición–, pero la intuición por sí sola creo que nos conduce a callejones sin salida. Luego viene una parte que es análisis, que es puro intelecto, que es razonamiento, y que es lo que hace comunicable lo que queremos decir. Así que, creo que en un relato ideal tendría que ser al cincuenta por ciento. Es decir, tendría que haber la misma energía cerebral que intuitiva; eso daría lugar al relato perfecto. Sin embargo, no creo que pase nada porque domine más una parte que la otra, no pasa nada porque en un relato predomine más la parte sonámbula que la racional, o viceversa, aunque es importante que estén representadas las dos facetas, porque si solo existe racionalidad el texto será un texto frío, correcto, académico, pero aburrido; y si solo hay corazonada, seguramente será un texto con momentos brillantes pero demasiado caos. Para mí, el reto de escribir reside justamente en cómo equilibrar estas dos fuerzas antagónicas.
R: Es difícil calcular las proporciones. A la hora de plantear el título, me gustaba unir dos conceptos que pueden parecer contradictorios, como son la poesía y el intelecto, que parece que en un principio no casan bien. Creo que cuando escribimos debemos usar esos dos registros: por una parte tiene que ser pura intuición –y defiendo mucho la intuición–, pero la intuición por sí sola creo que nos conduce a callejones sin salida. Luego viene una parte que es análisis, que es puro intelecto, que es razonamiento, y que es lo que hace comunicable lo que queremos decir. Así que, creo que en un relato ideal tendría que ser al cincuenta por ciento. Es decir, tendría que haber la misma energía cerebral que intuitiva; eso daría lugar al relato perfecto. Sin embargo, no creo que pase nada porque domine más una parte que la otra, no pasa nada porque en un relato predomine más la parte sonámbula que la racional, o viceversa, aunque es importante que estén representadas las dos facetas, porque si solo existe racionalidad el texto será un texto frío, correcto, académico, pero aburrido; y si solo hay corazonada, seguramente será un texto con momentos brillantes pero demasiado caos. Para mí, el reto de escribir reside justamente en cómo equilibrar estas dos fuerzas antagónicas.
P: Pero, ¿lo combinas en un texto simultáneamente, o primero viene la
corazonada y luego ya pones la técnica?
R: No, simultáneamente no (risas). Sobre esa segunda manera que proponéis, de hecho,
suelo hablar bastante en mis clases. Para mí, hay una necesidad de saltar las
barreras de la autocensura que nos ponemos todos, yo también, e intentar ser lo
más espontáneo posible durante el primer borrador. Una vez escrito, viene la
fase de pulido, de construcción arquitectónica, de ingeniería… este creo que es
el proceso más lógico. Si se intentan hacer las dos cosas a la vez resulta
complicado, es como soñar y hacer la crítica del sueño al mismo tiempo. Algo
colapsa ahí. No se puede.

R: Sí, concibo la literatura como un arte de la ambigüedad; la considero un
arte de la insinuación. Como lector, no me gusta que me lo den todo hecho, todo
masticado o explicado, y esto mismo intento aplicarlo a mi tarea. Prefiero
trabajar por capas, igual que hacen los pintores. Me parece que mi deber como
escritor no es explicar a los lectores lo que pretendo decirles, ni darles una
moraleja final, ni impartirles una doctrina (qué horror), sino abrir un
determinado campo de experiencias, de resonancias, y que el lector si quiere
las haga suyas. Esto tiene mucho que ver con la manera en la que cerramos los
finales, claro: cuanto más cerrado es un final, menos espacio dejas al lector
para que intervenga. Cuanto más abierto es, menos posibilidad de manipulación
ideológica. Esa es mi manera de respetar la inteligencia del lector;
ofreciéndole colaborar conmigo, que participe a la hora de construir el
sentido; no dárselo todo hecho, sino solo algunas indicaciones, sospechas,
pinceladas, pistas. En ese sentido, sí, me decanto por los finales abiertos.
P: ¿Qué relato es el que más te
gusta como escritor y cuál el que más te gusta como lector?
R: Como escritor y como lector..., no sabría si hay alguna diferencia. A la
hora de escribir el libro procuré que ninguno me produjera rechazo, así que no
reniego de ninguno, al menos por el momento. Pero lógicamente tengo mis piezas
favoritas, aquellos relatos por los que siento más cariño, a veces por razones
extraliterarias. El relato que abre el libro, «Fotosíntesis», siento que marca,
como he dicho antes, la música del texto, y por eso le guardo un especial
agradecimiento. Mientras escribía el relato que lo cierra, «Nautilus», tuve la
sensación de que había dicho algo que no había conseguido decir antes, el
atreverte a mirar el dolor y la pérdida casi directamente, para lo cual yo no
tenía armas hace una década, supongo que eso es fruto de la edad y de la
experiencia. Me gusta también «Manchas solares» por su capacidad de perdón. Ya
os digo que no sé si coincide con el gusto general, pero son relatos que cuando
uno los escribe nota que está llegando a un lugar donde no había llegado antes,
más lejos. Pero no soy capaz de desdoblarme entre el lector y el escritor, por
eso diría que esos relatos son mis favoritos en ambos sentidos.
R: (Risas) Es una buena pregunta. Seguridad completa y absoluta nunca
tienes, es decir, siempre nos manejamos en un terreno resbaladizo en el que
vamos tanteando, con miedos e incertidumbres. Cuando sentí que este libro podía
estar terminado, o casi, no fue una certeza absoluta, tenía dudas y por eso se
lo pasé a mi buen amigo y lector de confianza, Andrés Neuman, para que me diera
su opinión. La lectura de Andrés fue determinante, un punto de inflexión en la
biografía del libro (y también en la de nuestra amistad, creo). Tuvimos una
conversación telefónica que duró varias horas. Fue un momento muy bonito, muy
intenso. Me ayudó muchísimo Andrés, con una generosidad infrecuente que dice
mucho a su favor. Fue mi primer lector y realmente no puedo imaginar mejor
comienzo. El cuento que le dedico, «Los horarios cambiados», es mi manera de
expresar mi agradecimiento, aunque sin duda él se merece mucho más.
En líneas generales, diría que el libro está más o menos terminado cuando
consigo que una serie de elementos que considero innegociables convivan en el
texto de manera equilibrada. Ya nos hemos referido antes a la mirada ética o a
la mirada lírica que quiero que estén presentes. También necesito que haya
humor, al menos cierta dosis de humor, si quieres de manera subterránea,
oblicua, pero humor. Y que aparezcan otros aspectos, como un cierto grado de
ternura y de dolor, todo mezclado. Cuando noto que esa paleta de colores está
más o menos armonizada (lo cual no es fácil), pienso que puede estar acabado
cada uno de los relatos y el libro en su conjunto. Pero es bastante intuitivo,
no hay una fórmula magistral para saberlo. Siempre se puede trabajar en ello
unos meses más, pero yo creo que llega un punto en el que para mí ya son
difícilmente mejorables.
P: ¿Cómo es tu relación con los editores?
R: Mi editor actual es Juan Casamayor y mi relación con él es modélica. Nos conocíamos desde hace años, antes de publicar con él, de modo que ya había una base sólida de amistad, admiración y respeto, que trabajar juntos no ha hecho sino incrementar. He tenido oportunidad de sentir todo su entusiasmo y el trabajo que él y su equipo han volcado hacia mi libro, lo que resulta emocionante. Creo que ahí hay una enseñanza de interés. Todos tendemos a pensar que lo mejor es aspirar a grandes sellos editoriales, cuanto más grandes y poderosos mejor, pero mi historia personal obliga a revisar esta creencia. Yo he pasado de una editorial digamos mediana (Anagrama) a otra editorial supuestamente más pequeña, como es Páginas de Espuma, lo que conlleva sus riesgos, y el resultado no ha podido ser mejor. Lo importante no es el tamaño de la editorial, sino acertar con el perfil adecuado, y ser conscientes de que una editorial más pequeña puede dedicar más esfuerzo, más cuidado y más cariño en mimar tu libro, lo que a la larga redunda en beneficio del autor. Cada día que pasa me confirma más lo acertado de mi decisión. Estoy muy orgulloso de pertenecer al catálogo de Páginas de Espuma y que mi editor sea Juan Casamayor.
P: Sabemos que Eloy Tizón es lector de poesía, y que lo que hace tiene
mucho (o todo) de poético, pero, ¿veremos alguna vez algún libro de poesía como
tal de Eloy Tizón?
R: Nunca se puede negar algo rotundamente, pero en principio creo que no. Lo
que me atrae de la poesía es cuando brota en cualquier parte, de la nada,
porque sí; prefiero que esté en lugares inesperados en los que no suele estar. Por
eso, ese cruce de caminos que se produce en la prosa cuando hay destellos
poéticos diría que me gusta más que la poesía pura que está en los poemas, que
es donde se supone que debe estar. Esas encrucijadas donde se mezclan textos
reflexivos con elementos narrativos, o ensayos en mitad de la narración, esos
territorios híbridos me parece que son muy ricos a la hora de escribir.

R: Estoy bastante de acuerdo con tu comentario sobre el tenis. No obstante,
soy parte interesada, mi respuesta se puede tomar como: «Claro, qué otra cosa
va a decir si da clases en talleres literarios». Pero doy clases en talleres
porque realmente creo que sí pueden servir; si no, me resultaría difícil
levantarme por la mañana pensando que voy a engañar a alguien. Creo que hay que
afrontarlo con rigor, con honestidad, y sin pretender engañar a nadie. Lo que
no se debe es vender milagros, es decir: si haces un taller conmigo vas a
conocer todos los secretos de la escritura. No es una cuestión de secretos, ni
de trucos, ni de recetas, sino de aprender que es un camino y que hay muchas maneras
de transitarlo, que hay muchas miradas, y acompañar a esas personas en un
trayecto de ese recorrido ayudándoles en lo posible a que encuentren su voz y
su manera de expresarse. Tú eres una ayuda, como profesor no puedes imponer
nada, ni puedes hacer una transfusión de talento si no lo hay.
También creo que es un trabajo delicado, porque no debes estropear lo que
el alumno es, ni puedes pretender que el alumno escriba como tú. Creo que hay
que ser muy respetuoso, ver a cada alumno como una voz propia y personal, y en
la medida de lo posible ayudarle en ese camino. A veces las recomendaciones de
lecturas son muy útiles, hay personas que no tienen referencias y el taller les
sirve para encontrar una bibliografía que les puede interesar. El intercambiar
opiniones con otros compañeros también nos enriquece, nos hace ser más
conscientes de lo que es la literatura, porque creo que a veces se tienen
muchos mitos acerca de ella, y el taller sirve para ponerla en su contexto y
bajarla del pedestal: es un trabajo apasionante, pero es un trabajo cotidiano,
las editoriales no son fortalezas inaccesibles, es un camino de largo
recorrido, muy largo, y casi, casi, una apuesta vital que cada uno debe tomar. Veo
el taller como una etapa más del camino que puede ser provechosa. Y, de hecho,
hay casos de muchos escritores que han pasado por talleres, así que supongo que
algo les habrán ayudado.

R: En relación a lo que comentáis sobre la batalla con lo visual, la
literatura debe ocupar el terreno que le es propio y explorar su propia
naturaleza. Me parece que es un error que la literatura quiera competir con un
videojuego o con una película de efectos especiales. Creo que la literatura va
por otro camino que no es el de la rapidez y la excitación inmediata de los
sentidos, sino que tiene que ver más con un poso reflexivo, con una manera
determinada de mirar el mundo y de aprender a paladearlo. La literatura para mí
va vinculada a una cierta lentitud de creación y de disfrute; y la cultura del
entretenimiento es puro fuego artificial. En este sentido, creo que cada uno
ocupa un espacio y no tienen por qué pisarse, puede haber un momento para cada
cosa. No veo ningún choque, excepto que cada vez hay más entretenimiento
digital que sí quita tiempo para leer. Luego, es cierto que hay una batalla de
formatos, de maneras de leer, es posible que el formato de lectura cambie. Hay
gente que dice: el libro de papel vivirá para siempre. Puede ser, no lo sé, yo
amo el libro de papel, pero a lo mejor un día desaparece. La lectura ha ido
cambiando de formato, adaptándose a los nuevos tiempos, pero nunca se ha
perdido esa necesidad que tenemos de compartir inquietudes, de compartir
historias, de compartir visiones, eso no creo que se pierda porque es inherente
a los seres humanos. Es verdad que el mundo editorial ahora está atravesando un
momento complicado, las ventas han bajado muchísimo, y hay una cierta sensación
de pánico que se resume en esa frase que dice algo así como: «Estamos en un
momento desesperado, pero no grave».
R: Claro, siempre. En los últimos años creo que hay un interés mayor por el
relato breve. Cuando yo empecé a escribir no notaba tanto ese interés por parte
de escritores jóvenes hacia el relato breve, y ahora sí lo noto. Quizá sea
también efecto del trabajo de los talleres, pero parece que ahora es un género
más atractivo. Libros que haya leído últimamente que me hayan gustado: Agua dura, de Sergi Bellver, fue una de
las sorpresas del año pasado; Bulevar,
de Javier Sáez de Ibarra; Ocho cuentos y
medio, de Javier Morales, que es un escritor quizá más en la línea de la
sobriedad norteamericana, con unos finales muy abiertos y atrevidos; me gustó
mucho también el primer libro de Nuria Labari (Los borrachos de mi vida) y los que han publicado Cristian Crusat
y Paul Viejo. Si uno lee las antologías Bajo
treinta, de Salto de Página, seleccionada por Juan Gómez Bárcena (que es
otro excelente narrador joven, por cierto) y Última temporada (Lengua de Trapo), de Alberto Olmos, ahí se
comprueba que hay voces jóvenes con mucho talento y estoy seguro de que continuarán
emergiendo nuevos escritores de relato breve. Sin duda.
P: Tres libros que te hayan marcado.
R: Podría citar El bosque de la
noche, de Djuna Barnes, que me enseñó mucho a escribir no tanto desde la
trama, sino desde la potencia emocional, desde la hondura de las percepciones,
de los sentimientos. Es una historia valiente, oscura, un libro que me
impresionó mucho. Los cuentos de John Cheever son un aprendizaje que todo autor
de relato breve debe emprender alguna vez. Y, un libro de Clarice Lispector,
que es una escritora que trabaja en esa textura extraña que está entre el
lirismo y la narración, el primero que yo leí de ella fue La hora de la estrella, una novela corta, y me dejó deslumbrado. Es
el tipo de literatura que a mí me toca y es hacia donde quisiera mirar, modestamente,
claro, porque estamos hablando de monstruos.
P: En «Ciudad dormitorio» hay una caja misteriosa. No vamos a preguntarte
qué hay en la caja, pero sí queremos saber cuáles son tus planes futuros.
R: Mis planes futuros consisten en averiguar qué hay en la caja (risas). Ha
sido un año muy movido de promoción del libro, de presentaciones, y
prácticamente me he vuelto a sentar este verano a escribir. Están empezando a
salir historias, de momento cuentos, relatos cortos, estoy comenzando a retomar
el pulso y a ver qué sale de ahí, por ahora no puedo ver más allá. Nunca hago
grandes planes de futuro, vivo en el día a día, me da más tranquilidad.
muchas gracias
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