domingo, 31 de agosto de 2014

Entrevista: Elvira Navarro, una voz consagrada en busca de nuevas voces

Llevar un blog cuesta tiempo y esfuerzo pero no lo haríamos si no recibiésemos ciertas recompensas a cambio que nos animan a seguir con este proyecto que comenzó hace menos de un año. Una de esas recompensas ha sido poder entrevistar a Elvira Navarro, una autora a la que seguimos con mucho interés desde que publicó su primera obra, La ciudad en invierno en 2007, a la que siguió La ciudad feliz, y por último a principios de 2014, ha publicado La trabajadora. Además, en junio nos enteramos de que va a ejercer de editora durante un año del sello Caballo de Troya tras la jubilación de quien fue su editor, Constantino Bértolo, por lo que una entrevista con ella tenía ya todos los visos de ser imprescindible para nosotros en el blog.

Nos vimos con Elvira en un bar del centro de Madrid donde hablamos de su última novela, de su futuro papel como editora y de muchas otras cuestiones que se quedaron allí, entre los tés y las paredes del bar. Esperemos que disfrutéis tanto de la entrevista como nosotros disfrutamos realizándola. Y, por supuesto, muchas gracias desde aquí a Elvira por su tiempo y su paciencia.  

P: Ya han pasado unos meses desde que se publicó La trabajadora, ¿crees que ha cambiado algo en la sociedad desde el momento que empezaste a escribir el libro con lo que refleja la novela?

R: En realidad, comencé a escribir La trabajadora en 2003, lo que no quiere decir que me haya pasado desde 2003 escribiendo el libro. El primer texto lo escribí cuando acababa de concluir la carrera. Estuve buscando trabajo durante un par de años, era la época del boom inmobiliario, y no tenía dinero para poder pagar un alquiler en el centro. Me fui a vivir a Carabanchel, compartiendo piso, y recuerdo que había una esquizofrenia entre lo que decían los medios acerca de que España iba muy bien y lo que ya empezamos a vivir la gente de nuestra generación de carreras de letras (supongo que quien estudiase una ingeniería no tendría problemas para encontrar un empleo). Porque, o bien no había trabajo, o los trabajos que había eran precarios. El horizonte de expectativas del que hablaban los medios no era el mío. Me sentía expulsada de ese horizonte. Ese texto que escribí en 2003 tenía una extensión de unas trece páginas y se quedó guardado en un cajón. Era demasiado confesional —no podía hacer ficción de algo tan íntimo— y además tampoco habría tenido en ese momento tablas para escribir algo más largo. Lo retomé en 2010, ya en una situación de plena crisis, pero siempre pensé este texto en referencia a mi pasado; no tanto a la crisis del país, sino a mi crisis. No creo ahora que haya cambiado algo. Lo que ha sucedido es que lo que nosotros sufríamos en 2003 luego se ha reproducido en toda la sociedad. Yo no he perdido la sensación de precariedad. Ahora mismo me va algo mejor, pero no nado en la abundancia y, como yo, creo que casi todos los de nuestra generación.


P: La siguiente pregunta entonces tal vez deberíamos hacerla al revés, porque está relacionada con la estructura de la novela: las dos novelas que publicaste anteriormente, La ciudad en invierno y La ciudad feliz, estaban construidas a partir de relatos (por llamarlos así), es decir, eran como un armazón que luego encajaban bien para formar una novela, y sin embargo, en La trabajadora te has salido un poco de ahí, no sigue ese tipo de estructura. ¿Eso es algo que buscaste o te lo ha ido pidiendo la novela a medida que la escribías?

R: Me lo ha ido pidiendo la novela. Nunca pienso en la estructura a priori. Y además ésta luego se define por el modo en cómo se lea, que nunca es fijo. De hecho, mi primer libro es un libro de cuentos que se leyó como si fuese una novela, como un ciclo de relatos, o incluso como una nouvelle; el segundo lo pensé como novela, pero se leyó como si fuesen dos nouvelles; y este último, La trabajadora, mientras lo escribía la progresión fue lineal, es decir, la novela comenzaba cuando la compañera de piso llega a casa de Elisa y ahí comienza una relación extraña. Luego Elisa le contaba la historia del delirio. Sin embargo ahora la historia del delirio es lo que está al principio de la novela. Cuando Elisa llega a su delirio, la voz narrativa se convierte en otra, en una voz más estridente, y además se narra una historia que se sale de lo que estaba contando. Para mí fue algo inesperado. Pensé en sacar esa historia de la novela y considerarla como un relato aparte, pero llegué a la conclusión de que tenía que estar en ella. Daba más juego. Me di cuenta de que donde mejor encajaba era como arranque, abriendo la novela. Pero todo esto lo pensé mientras escribía. Es más, de hecho La trabajadora iba a ser una nouvelle que, junto con otras tres, conformaría un libro, pero se hizo más larga. Es decir, la idea que tenía en la cabeza se convirtió en otra cosa. Esto me ha ocurrido con todos los libros que he escrito.


P: Pero eso está bien, que la trama y los personajes también te atrapen como escritora…

R: Sí, en realidad es descubrir el libro, o dejar que el libro se haga, porque si tú ya tienes una idea previa y lo único que haces es copiar un esquema de lo que tienes en la cabeza, entonces es que el libro ya estaba hecho antes del libro, es decir, que no descubres nada. Yo creo que la escritura es un proceso abierto, para mí no tiene sentido escribir algo que ya he cerrado a priori, no escribiría si fuera así.


P: La siguiente pregunta es sobre la enfermedad mental, ya que es uno de los temas centrales de la novela, y además en los últimos años hay algunas novelas que han ido por ese camino, como por ejemplo Democracia de Pablo Gutiérrez, ¿tú crees que el tipo de sociedad que se ha generado nos conduce a la enfermedad mental, si en el futuro va a ir a peor y si se puede hacer algo por remediarlo?

R: En realidad, la enfermedad mental siempre ha estado en todas las sociedades, lo que ocurre es que hace siglos si alguien en la tribu estaba pirado venía el chamán y le hacía un ritual. No existía la interioridad; los problemas que hoy calificamos como mentales se resolvían desde la exterioridad y desde una dinámica grupal. La patología como tal, aunque no soy una experta en el asunto, comienza a definirse con la aparición de la psicología, que por otra parte también es una disciplina antigua. Muchos síntomas que empiezan a conceptualizar la psicología ya los habían catalogado los antiguos. Hipócrates estudió la personalidad desde los cuatro humores: melancólico, colérico, flemático y sanguíneo. Cuando se describía al melancólico se estaba describiendo una personalidad depresiva. Hoy en día hay un mayor conocimiento, por lo que es más fácil hablar de la patología. Por otro lado, en la literatura uno puede rastrear patologías en cualquier libro desde hace siglos. Y obviamente las sociedades generan patologías. Lo que es característico de hoy es que la patología está normalizada. Y como toda normalización, tiene el peligro de que se asuma sin más. 


P: Sobre la primera frase del libro, no sabemos si la tenías ya escrita en 2003, o si fue una frase de arranque que te permitió escribir del tirón, o si fue deliberado, buscar una frase impactante para enganchar desde el principio al lector.

R: En 2003 no estaba escrita. En 2003 lo único que tenía eran las páginas que antes he comentado, las de la llegada de la compañera de piso. Lo que está ahora al principio, como os decía, estaba en medio. No fue algo deliberado tampoco. Yo no delibero nada, esto suena un poco mal, pero es la verdad. Llegó un momento en el que la novela iba sola, Susana se puso a hablar y salió esa frase. Es verdad que con esa frase fue cuando la voz narrativa me estalló, me llevó a otro lugar, se convirtió en la semilla de un tipo de escritura, pero no fue deliberado. Lo que vi es que poniendo eso al inicio se generaba una fuerza que, o bien te enganchaba al libro, o te horrorizaba y te llevaba a tirarlo. En cualquier caso no se trataba de un aburrido principio clásico, y eso me gustaba.


P: Vamos a dar un pequeño salto y vamos a hablar de tu reciente nombramiento como editora de Caballo de Troya, aunque esta pregunta está un poco a medias. En La trabajadora, Elisa es una correctora que trabaja para varias editoriales, y ya sabemos cómo están las condiciones actuales de la edición, donde se cobra poco, y no siempre. ¿Hacia dónde crees que se encamina el mundo de la edición?

R: Esta pregunta es de bola de cristal, y a mí las bolas de cristal.... Bueno, voy a intentar responder (risas). Creo que aquí tengo dos opiniones o posibles escenarios, una optimista y otra pesimista. La optimista dice que ahora mismo hay una fragmentación absoluta del mercado editorial. Hay muchas editoriales, muchas propuestas de todo tipo, y los lectores están de igual forma fragmentados, es decir, ya no saben hacia dónde mirar. Internet supuestamente nos iba a hacer más libres, y quizás en cierto modo lo haga, me refiero a la hora de elegir, pero sin embargo creo que reina la confusión porque al final no sabes dónde están las voces legítimas o de quién de todos esos voceros que hay en internet te puedes fiar. Además, la crítica está de capa caída. Ahora bien, este caos tiene un lado bueno: ya no se lee una única literatura. Aunque sea por despiste, los lectores llegan a otros tipos de escritura. La hegemonía que han tenido ciertas maneras de narrar dejan paso a otras que no son en sí mismas mejores, pero que amplían el ángulo de visión. Mi lado pesimista: no creo que lo que más daño esté haciendo al mundo editorial sean la piratería ni la crisis, sino que la gente cada vez lee menos literatura. Quizás leemos más porque estamos todos los días con las tabletas, mirando blogs, páginas web, etc., pero esa es una forma de leer distinta. A lo que llegas ahí es diferente del lugar al que llegas leyendo un libro. El destino del libro es otro. Un libro tiene un tiempo, existe un tiempo de lectura que no es fragmentario, aunque el libro sea fragmentario le tienes que dedicar unas horas. A mí lo que me asusta con todo esto de la tecnología es que ese tiempo largo de antaño de repente parece que no existe. Tienes que forzarte para encontrarlo. Y esto no tiene vuelta atrás. Lógicamente hay muchas cosas positivas en esta nueva forma de habitar.


P: Con respecto a tu puesto como editora en Caballo de Troya, ¿cómo enfrentas este año? ¿Te has propuesto algún objetivo?

R: Una cosa es lo que me he propuesto y otra cosa es lo que me voy a encontrar. Me gustaría centrarme en voces nuevas, que ya lo hacía Constantino, porque creo que Caballo de Troya está para eso. Es una editorial en la que no se va a invertir mucho dinero. La contrapartida de eso tiene que ser el riesgo. Lo suyo es que libros que difícilmente tienen cabida en otras editoriales podamos captarlos para Caballo de Troya. También quiero publicar más españoles, porque los españoles jóvenes lo suelen tener más complicado que los latinoamericanos jóvenes. Si uno es latinoamericano parte con un prestigio; si uno es español, siempre le cuesta más remontar esa sospecha, debida a un complejo de inferioridad que tiene razones históricas, de que en España no se hace una literatura interesante. Ahora bien, si luego solo me encuentro autores latinoamericanos interesantes, pues solo publicaré autores latinoamericanos. También quiero que sean libros con cierta dimensión política, lo cual no quiere decir que tengan que ser textos explícitamente políticos. Muchas veces los libros más revolucionarios lo son a pesar del autor. Nunca sabes dónde vas a encontrar la corrosión, y de esa corrosión en ocasiones ni el propio escritor se da cuenta. En no pocas ocasiones los libros que son voluntariamente políticos o voluntariamente comprometidos, como resultan más previsibles, se convierten en inocuos y conservadores. Quiero mantener la apuesta que tenía Constantino por ser una literatura que interviene, pero no me interesa lo panfletario ni lo obvio. Y menos aún lo políticamente correcto.


P: ¿Estarías abierta entonces a incluir géneros nuevos?

R: Sí. Puedo publicar poesía, ensayo; en ese sentido tengo libertad.


P: Como autora y ahora como editora, ¿cómo crees tú que tiene que ser la relación de los editores con los autores?

R: Un editor es un guía. Es muy importante que un editor tenga olfato, no ya solo para saber qué conviene publicar, sino también para saber qué está intentando hacer un autor. A lo mejor el autor tiene algo medio hecho pero le falta algún capítulo o algunas cosas que no funcionan y que podrían arreglarse si alguien le orienta. Muchas veces el autor tiene muchas posibilidades, pero por diversos factores no las ha desarrollado. 


P: ¿Has empezado ya a leer manuscritos?

R: Sí, he comenzado. Pero no me he puesto de lleno aún. Mañana tengo un día de lectura intenso. Habrá una primera criba, pero tengo algunos manuscritos en casa para leerlos enteros. Digamos que es posible que ya haya algo para publicar...


P: Esta pregunta es una pregunta típica, ¿a quién te hubiese gustado descubrir como editora?

R: Voy a mencionar a alguien reciente, porque si no es muy fácil. Me hubiese gustado descubrir a Cristina Morales. Es una escritora muy joven. Ha publicado con Caballo de Troya.


P: Desde el punto de vista de una escritora, ¿qué crees que te debe ofrecer una editorial?, y a raíz de eso, ¿qué opinas de la autopublicación?

R: Una editorial debe cumplir con aquello que te ofrece. No todas cumplen con lo que dicen, especialmente las de autoedición encubierta. Creo asimismo que en una editorial literaria tiene que existir una absoluta honestidad entre el editor y el autor, es decir, que el editor muchas veces publica una novela que no es una obra maestra pero está bien y ese mensaje le tiene que llegar al autor. Y en tercer lugar, la editorial debería hacer una buena distribución, un buen trabajo de prensa… Pero claro, eso ya depende del dinero. Por ejemplo, en Caballo de Troya la prensa dependerá del trabajo de otros, no del mío. Y existe una jerarquía: no van a dedicar los mismos medios a publicitar a un autor novel que a Coetzee. En este sentido los autores deben saber dónde están. No pueden pedir a una editorial que le haga una campaña importante a su libro si esa editorial no tiene medios. 


P: ¿Y qué opinas sobre la autopublicación?

R: Juan Benet se autoeditó su primer libro, pero era Juan Benet. Y claro, la mayoría de los que se autoeditan no son Juan Benet. Suelen ser autores que no dan la talla y quieren publicar a toda costa. También es cierto que hay gente que se autopublica y es modesta, que sabe que no va a ningún sitio, pero que quiere que su libro lo tenga su tía, su primo o su madre. El que se autopublica creyendo que él es un genio incomprendido y que además es revolucionario no tener que pasar por el criterio de un editor suele ser alguien con escaso sentido de la realidad respecto a sus propias posibilidades y con una gran necesidad de autoengañarse. Los reyes que propician el autoengaño son los que practican la autoedición encubierta, que son editoriales que te dicen: «Nos ha interesado muchísimo lo que usted ha hecho, pero necesitamos que cubra los gastos de la edición». Eso debería estar penado.


P: Y para finalizar, recomiéndanos tres libros.

R: Voy a recomendar libros recientes. Divorcio en el aire de Gonzalo Torné, publicado en Literatura Mondadori; la última de Alberto Olmos, Alabanza, y Proyectos de pasado, de Ana Blandiana, que es un libro de cuentos. Yo hago campaña de Proyectos de pasado desde que lo leí en 2008 porque es uno de los libros de cuentos más excepcionales que he leído, si no el mejor.

4 comentarios:

  1. Muy interesante la entrevista, ¡enhorabuena!
    Por cierto, ¿cuál fue la cafetería?
    Saludos de un escritor autoeditado en la periferia (Usera) :)

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  2. Muchas gracias, Miguel. La entrevista la hicimos en La Paca, en la calle Valverde, en Madrid, un sitio muy chulo.

    Mucho ánimo con tu andadura literaria. Y un saludo de dos periféricos también. No hay nada como la periferia, es donde se encuentran los caminos alternativos :)

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