lunes, 30 de mayo de 2016

"El presentimiento": la necesidad de reivindicar a Emmanuel Bove

Todos aquellos que leen Mis amigos caen rendidos ante el talento y sensibilidad de Emmanuel Bove. Pocas novelas tan breves tienen la fuerza de las tristes andanzas de Victor Bâton. Colette, la primera editora de Bove, al descubrir a este autor único no dudó en publicarlo. Pero a pesar de su calidad literaria y del potente mensaje de sus textos, Bove solo disfrutó de un éxito fugaz y quedó rápidamente relegado al olvido, del que tan solo le rescató Samuel Beckett, quien encontró en la lengua francesa y su literatura una segunda patria.

La editorial Pasos perdidos reivindica la importancia de Bove dentro de la literatura europea de la primera mitad del siglo XX y esta vez ofrece una nueva novela centrada en otro ser incomprendido y solitario. Charles Benestau, un abogado de clase alta perteneciente a una familia de industriales, decide de la noche a la mañana romper con su profesión, su mujer y sus hijos y hasta su amante. Pero no huye lejos de su majestuoso piso parisino sino que decide iniciar una segunda parte de su vida en un barrio de clase obrera. Alquila un pequeño apartamento de tres habitaciones y dedica su tiempo a pasear y escribir sus recuerdos sin propósito alguno. Cree haber encontrado una vida auténtica, libre de oscuros intereses, en un lugar donde sus vecinos se dedican tan solo a trabajar para sostener sus miserables vidas.

Charles desea convertirse de manera inconsciente en un salvador de varias de esas almas torturadas y perdidas y, lejos de encontrar agradecimiento, recibe el odio sinsentido y grandes dosis de envidia. En lugar de huir a un nuevo refugio, y aislarse por fin de una humanidad que le hastía, parece dejarse morir, resignado al fracaso de su tan ansiado proyecto.

Con una prosa lacónica y certera Bove despliega de nuevo su maestría al construir un protagonista inolvidable y una corte de secundarios que encarnaban entonces (y aún hoy) a la mayor parte de la sociedad. Si Victor Bâton hacía todo lo posible por encontrar un solo amigo, Charles Benestau quiere disfrutar de la soledad pero sin dejar de ayudar a los que le rodean. El resultado en ambos casos es el mismo, individuos marginados por llevar vidas alejadas de lo que se consideraba normal.


Además, recupera un París de posguerra, una ciudad que desea olvidar las terribles consecuencias, sus muertos y a los excombatientes que abandonan hospitales y trincheras para volver a un mundo que huye de sus uniformes raídos y malolientes. Bove se detiene en lo minúsculo, en lo que nadie repara pero también centra su mirada en un país implacable con los suyos. Las últimas páginas de El presentimiento son sobrecogedoras, golpean de manera similar a como lo hace Mis amigos. No dejen de conocer a Emmanuel Bove, hay pocos escritores que retraten con tanta hondura la soledad humana.


Título: El presentimiento 
Autor: Emmanuel Bove 
Traductora: Mercedes Noriega Bosch 
Editorial: Pasos perdidos
Páginas: 162
Precio: 15,90 euros 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Varados en Río, de Javier Montes: un viaje único

Cuando se emprende un recorrido literario por una ciudad se elige casi siempre como guías a alguno de sus escritores autóctonos. Como si una infancia vivida en esas calles o un pasaporte que acreditara una relación con esa tierra fuera garantía de un testimonio veraz y profundo. Olvidamos involuntariamente a muchos extranjeros que eligieron esos lugares como destinos de exilios voluntarios o forzosos.

Río de Janeiro se asocia siempre de manera inmediata, incluso después de haberla visitado, con las playas de Ipanema y Copacabana, con su carnaval, Vinícius de Moraes, el cronista Nelson Rodrigues o Clarice Lispector. Javier Montes llegó a Río tras un fracaso amoroso buscando un refugio temporal para evitar volver a España en plena época navideña, buscando el calor tropical, las palmeras y la supuesta alegría que le permitieran huir de su pena. Y allí no solo encontró otro clima sino que conoció una cara oculta a los turistas e hizo suya la historia de varios escritores que antes que él recalaron en ella.

Montes utiliza la autoficción para unir los destierros de cuatro escritores del siglo XX y entrelazando sus propios recuerdos, reales o inventados, como acaban siendo todas las memorias, crea una “novela” coral que deja un agradabilísimo sabor de boca. En esta trama detectivesca Montes, a la manera de Janet Malcolm, se convierte en personaje y testigo de los momentos más íntimos y desconocidos de Rosa Chacel, Elizabeth Bishop, Manuel Puig y Stefan Zweig.

Montes acierta al no abusar de la figura de Zweig, cuyo suicidio en Petrópolis es la triste postal del final de una contienda. Y sabe transmitir en sus páginas el exilio de Zweig dentro del exilio, la desoladora sensación de orfandad del escritor austriaco al perder el contacto con su lengua materna.

Bishop se convierte en una mujer enamorada que vivió tal vez el destierro más feliz de los aquí contados al enamorarse de Lota de Macedo Soares, figura icónica carioca y emblema de toda una época. Durante esa historia de amor de quince años, que terminó en un suicidio nunca aclarado, la poca prolífica Bishop eligió tres casas que marcaron para siempre su vida. A través de sus casas  Montes recrea los refugios que hacían olvidar a estos autores su condición de extranjeros.


Elizabeth Bishop en Brasil 

Montes traslada con especial acierto esa relación de amor odio de cada uno de ellos con el país sudamericano. Un idilio que se desvanece tras el paso del tiempo y el encuentro con una sociedad clasista y desconfiada. De esa manera se aprecia con especial viveza la particularidad de Brasil que, como bien se dice en el libro, es un país que está al mismo tiempo inmerso en el desarrollo y el declive.

El enérgico retrato de Manuel Puig contrasta con la melancolía que transmite la involuntaria biografía de Rosa Chacel. Puig creó en su apartamento de Río un especialísimo cine, construido a base de grabaciones que le llegaban desde todos los rincones del mundo, que homenajeaba a las películas que había disfrutado durante su infancia en La Pampa argentina. Puig se convierte en un personaje propio de sus novelas, siempre pendiente del chisme, de la vida del servicio carioca que estaba marcada por la emisión de las ocho de la tarde de la radionovela.

Pero sin duda la parte más especial de Varados en Río es la recreación de parte de la vida de Rosa Chacel, injustamente olvidada en España pero de la que no queda rastro alguno en Brasil a pesar de haber pasado allí más de treinta años. Su soledad en ese país en el que otra mujer le arrebató a su marido y casi a su hijo y el desprecio de la intelectualidad marcaron la vida de una mujer que nunca se compadeció de sí misma, y que lejos de su Castilla natal buscaba infructuosamente un rincón que le devolviera a una juventud o, más bien, unos sueños que nunca pudieron cumplirse del todo. El especial mimo con el que Montes cuida su memoria potencia la delicadeza de este libro que, dando una vuelta a la manida autoficción, homenajea al exilio, voluntario y forzoso, exterior y hacia dentro. Una absoluta delicia.



Título: Varados en Río 
Autor: Javier Montes
Editorial: Anagrama 
Páginas: 312 
Precio: 19,90 euros









lunes, 23 de mayo de 2016

Entrevista: Gonzalo Hidalgo Bayal, un escritor que cuenta en silencio

Hace unos meses se publicó Nemo, la última novela de Gonzalo Hidalgo Bayal, uno de esos escritores que, injustamente, pasa más desapercibido de lo que debiera, y si no nos creéis, os animamos a leerlo. Quedamos con él en su tierra, en una librería que recomendamos visitar (no os arrepentiréis): La puerta de Tanhäusser. Allí hablamos de su último trabajo, de la literatura a partir de su visión de docente (aunque ya no ejerce), pero sobre todo disfrutamos hablando de libros con este magnífico escritor.

P: El protagonista de Nemo se niega a hablar, ¿no es de alguna manera una forma de protesta ante un mundo en el que se habla mucho pero se dice muy poco?

R: Sí, se habla mucho y se dice poco. En gran medida tienen culpa los medios de difusión: la televisión, la radio, los periódicos… Recuerdo una ocasión en la que Ferlosio iba a publicar un libro con el título de Las cajas vacías, en referencia a la necesidad que tienen los periódicos de rellenar el número de páginas preestablecido. Esto se ha exagerado últimamente en la radio y la televisión. Todas las mañanas en la tienda en la que compro el pan está encendida la televisión, siempre, con tertulias políticas, y a la chica que atiende le digo medio en broma que está muy puesta al día, pero no es verdad, porque todos los días es lo mismo, no suceden todos los días cosas nuevas. Esto se ve también en Sálvame, un folletín con personajes reales, en el que se dan muchas voces pero no se cuenta nada, un inagotable chismorreo. Estamos sumergidos en el blablablá de El ruido y la furia.


P: ¿Y el escribano?

R: El escribano es una solución narrativa, no es algo que tuviera planeado desde el principio, al contrario que el personaje de Nemo, que es el germen de la historia. La novela partió de la idea de alguien que se niega a hablar, una especie de desafío, cómo contar cosas de alguien que no habla. La idea inicial era contar las cosas desde fuera. Pensé en hacer algo similar a Mientras agonizo, si bien en Faulkner los personajes están pensando en el momento mismo de la acción y yo quería que en Nemo los personajes escribieran y contaran lo que había pasado, no lo que estaba pasando, porque me cansan las novelas en presente: ¿si no sé lo que va a ocurrir cómo sé que merece la pena contarlo? Y así empecé, como si fuese una especie de diario colectivo en el que intervenía en cada capítulo quien tuviera algo que contar. Pero pronto me pareció que las distintas secuencias eran demasiado uniformes estilísticamente, independientemente de quién fuera el narrador. Y ahí fue cuando se me ocurrió recurrir a un escribano o confesor que recogiese lo que decían los demás.


P: Los lectores muchas veces pensamos que las novelas tienen que adentrarse en temas casi filosóficos, y sin embargo usted nos acaba de decir que la novela parte más bien de un desafío narrativo.

R: Tengo la sensación de que a menudo nos enfrentamos a las novelas como si hubiera que leer hacia fuera, como si fueran metáforas que están en otro lado, y a veces pienso que hay que leer hacia dentro, es decir, que no hay que perseguir interpretaciones a toda costa, que una novela quiere decir lo que está escrito. La novela no tiene que ser necesariamente intermediaria entre el lector y otra realidad intelectual externa, incluso escondida. He empezado a leer un libro de Javier Cercas, El punto ciego, y según voy avanzando siento como si cada escritor tuviese que inventar una teoría sobre la novela. De hecho, parece que el punto ciego de Cercas es algo así como que una novela tiene que plantear preguntas para llegar a la conclusión de que no hay respuestas. En cierto modo, es operar por reducción.


P: Muchas veces nos olvidamos de disfrutar de las novelas, leemos como si fuésemos críticos literarios…

R: Las novelas claro que tienen un sentido, un significado, tal vez podríamos llamarlo símbolo, pero siempre he creído que los símbolos transparentes, explícitos, carecen de valor. Porque justamente un símbolo consiste en decir de una forma lo que no hay otra manera de decir, porque si se puede decir de otra manera, buena gana de no ser transparente. Esto quizás podría ser el centro del que habla Pamuk. En cuanto al silencio de Nemo es un símbolo, tal vez, sí, de… lo que sea, porque no sabría lo que es. El silencio de Nemo es su silencio, un silencio sin origen ni destino, un silencio per se, me atrevería a decir, que ya es bastante, no hay ninguna otra intención. Mis problemas han sido más bien artesanales, no filosóficos ni políticos, ni de ningún otro tipo, o sea, estrictamente literarios. Recuerdo que en un club de lectura sobre Paradoja del interventor alguien preguntó si mi propósito fundamental era la denuncia social, y la verdad es que me quedé un poco perplejo, porque no, no era el caso, aunque algo de razón tenía quien preguntaba, porque el interventor acude en busca de ayuda al clero y al ayuntamiento, a las instituciones religiosas y políticas, y en ninguna de ella lo socorren. Podría ser verdad entonces lo que decía aquel lector, pero no era mi intención cuando escribí el libro. Sin duda, él leyó desde una perspectiva distinta a la mía cuando escribía, porque leemos lo que somos: para él había crítica, para mí la necesidad narrativa de que el interventor acudiera adonde más significativo sería que lo dejaran desamparado. Ahora, sí es interesante que un texto pueda aceptar muchas interpretaciones, aunque no coincidan con la intención de quien lo escribe: señal de que en el texto hay más de una voz. Es uno de los méritos del Quijote, que tiene miles de interpretaciones y no todas rigurosamente cervantinas.


P: ¿No llega a ver un poco como una ofensa cuando dicen que utiliza culturalismos como si fuese algo negativo?

R: Una reseña sobre Nemo planteaba esa objeción, que se apreciaba cierta recreación retórica en palabras antiguas, y ponía dos o tres ejemplos. En uno de los ejemplos no había fundamento porque el crítico no advirtió que era un giro irónico, la reproducción de una frase hecha con cierta voluntad paródica; otro ejemplo incluía la palabra señero, y en realidad era una broma por mi parte en la que reproducía y alteraba un verso de Rubén Darío, quizás una broma demasiado personal de la que solo yo estaría avisado (risas); y en el tercer ejemplo, pues sí, podría admitirse, podría llevar razón. En resumen, qué más da.


P: ¿A qué libro tiene usted más cariño de los que ha escrito?

R: Pues no lo sé, porque no tengo una noción exacta del resultado. Le preguntaron a García Márquez en cierta ocasión (en los años setenta, creo) cuál era su novela preferida y dijo que El coronel no tiene quien le escriba, que no es su mejor obra, claro está. Yo lo entendí en el sentido de que era en esa novelita donde mejor se acomodaba el resultado con el propósito inicial, donde mejor había controlado todo los ingredientes de la historia. Bueno, pues ni siquiera tengo esa percepción (risas). Me lo pasé muy bien con El espíritu áspero, pero no sé en qué novela mía el resultado se acerca más al propósito.


P: Como profesor que ha sido durante muchos años, ¿cree que se enseña bien literatura?

R: La respuesta inmediata es que no, pero en realidad depende de quién imparte las clases. Es verdad que cuando empecé a dar clases, en COU estábamos muy condicionados por la selectividad, y se hacían barbaridades; se marcaban oficialmente los libros que había que leer durante el curso y se ponían exámenes que eran trampas: dos textos a elegir, uno en prosa y otro en verso, sin dar el nombre del autor, y comentar el texto, adjudicarlo razonadamente a su autor, a su época, etcétera, un disparate. Así que había que idear pequeños trucos a los que recurrir, incluso tipográficos: si todos los versos se escriben con mayúscula y suenan a filosofía, hay que pensar en Jorge Guillén. Cosas de este estilo. En segundo y tercero de BUP sí se podía hacer algo más. Ahora la literatura ha quedado completamente descabalada de las programaciones, no se puede hacer nada en ningún curso tal y como está planteada la asignatura. De todas formas, no sé por qué a uno le entra el gusanillo de leer, ni cuándo; en cualquier caso, no creo que sea por las clases de literatura. Más bien creo que se trata de una experiencia individual e intransferible, que en algún momento, leyendo algo concreto, un poema, cierto pasaje de una novela, se produce un fogonazo, un deslumbramiento, y que es esa caída del caballo la que nos convierte en lectores para siempre. 


P: Planes futuros


R: No tengo planes (risas). Estoy con otra cosa, pero sin más, tampoco tengo prisa. No me interesa forzar, no tengo por qué imponerme acabar una novela. Nemo, por ejemplo, la empecé en 2007 y más o menos en la misma época tuve la primera idea de La sed de sal. En cierto modo envidio a los que escriben plantándose cada mañana durante cuatro o cinco horas y sabiendo de antemano todo lo que les queda por escribir. Me preguntaron una vez cuál era mi proyecto literario y contesté que no tengo proyecto. Tener proyecto literario, dicho así, me parece demasiado solemne, demasiado enfático. Yo no aspiro a tanto. Simplemente escribo, procuro escribir. Poquito a poco.

jueves, 19 de mayo de 2016

La chica de California y otros relatos: John O'Hara, uno de los grandes



John O’Hara no era un autor atormentado por la duda, creía firmemente en su obra y contemplaba con desdén a un mundo que no parecía reconocer la calidad de su prosa. Fue un escritor extremadamente prolífico que publicó más de doscientos relatos durante su intermitente relación profesional con The New Yorker.

No debería dejar de mencionarse a O’Hara cuando se habla de una generación formada por figuras legendarias como Fitzgerald, Hemingway o Faulkner (el único al que no discutía su innegable talento). Sus lectores españoles nos preguntábamos desde hace años qué maldición arrastraba el bueno de O’Hara, alcohólico, conflictivo, pero, sobre todo, tremendamente brillante, que explicara por qué estaba desaparecido de librerías y catálogos editoriales. 

Su particular biografía dejó una profunda huella a lo largo de toda su obra. Hijo de un médico que le veía como un caso perdido, renunció al sueño de estudiar en Yale tras la muerte de este. Desde entonces dio sus primeros pasos en el periodismo, en el reporterismo de calle que le ayudó a forjar la voz de sus personajes y a conseguir algunos de los mejores diálogos de la literatura estadounidense de la primera mitad del siglo XX. O’Hara se convirtió en un psicólogo involuntario de esos white trash, que en la patricia costa este eran los italianos e irlandeses, a los que se les notaba el hambre en en el rostro y en las manos. Pero, además, con particular ironía y finura reprodujo la sociedad pacata y mentirosa formada por los altivos descendientes de los pasajeros del Mayflower.

En esta magnífica selección de cuentos de O’Hara, que se lee con la misma ansiedad que si se tratase de una novela, se pone de manifiesto lo mejor de su prosa certera y deliciosamente seca y sorprende con finales abruptos que lejos de descolocar al lector sirven de enganche perfecto para el siguiente fresco de una sociedad estadounidense en permanente caída libre. En sus relatos hay espacio para actrices de Hollywood (como La chica de California, agridulce homenaje a los sueños dorados de la meca del cine, donde trabajó como guionista) y para personajes grises, oficinistas, tenderos. En ellos O’Hara no solo puso toda su maestría estilística sino también sus vísceras.

Sin duda una de las mejores noticias de este 2016 es la apuesta de la pujante editorial Contra por el gran John O’Hara. Mientras esperamos con deleite la publicación de otros de sus libros no dejen de leer la mítica Cita en Samarra.

O’Hara escribió una de las novelas de debut más redondas de la literatura estadounidense. Apadrinado por Dorothy Parker, quien le animó a escribir sobre Pottsville, su odiado pueblo natal, creó un protagonista poderosísimo e insólito para la época. En apenas 48 horas Julian English, niño bien del club de campo de Gibbsville, concluye su particular proceso de autodestrucción. En una fiesta de Navidad, English, ejemplo de la mejor tradición wasp, arroja un vaso de whisky al nuevo rico local con quien cada una de las familias tradicionales parece estar en deuda. A la mañana siguiente despierta pensando que sus actos no tienen consecuencias y antes de que siquiera pueda plantearse pedir perdón, el pueblo entero ya ha dictado sentencia. Julian aprovecha su condena para hacer tambalear los cimientos de su hogar y de la alta sociedad.

En esta novela situada casi al principio de la Gran Depresión hacen acto de aparición la mafia y amas de casa sexualmente activas, que provocaron más de una crítica al mordaz e irreverente O’Hara, quien buscaba de esta manera vengarse y romper con su pasado.

El gran Gatsby pierde claramente en un combate con Cita en Samarra. Su impecable despliegue de estilo casa a la perfección con la trama, avanzada a su tiempo y crítica con toda la sociedad americana. O’Hara merece sin duda un lugar privilegiado en las letras estadounidenses. Cita en Samarra es más que un clásico, es una novela valiente, rompedora, con una calidad sorprendente.



Título: La chica de California y otros relatos
Autor: John O'Hara
Traductor: David Paradela 
Prólogo: Didac Aparicio 
Editorial: Contra 
Páginas: 320 
Precio: 20,90 euros













Título: Cita en Samarra 
Autor: John O'Hara
Traductor: Miguel Temprano 
Editorial: Lumen 
Páginas: 312 
Precio: 21,90 euros