miércoles, 29 de marzo de 2017

Shelf Life: la biblioteca de William H. Gass

Fotografía de Stephen Schenkenberg
Traducción de José Luis Amores del artículo original del número de diciembre de 2007 del St. Louis Magazine

Vivo en una biblioteca. Cuando era un adolescente, impaciente por abandonar el nido aunque tan incapaz de volar como un dodo, imaginaba una vida nueva y mágica en Nueva Zelanda. Puesto que no sabía nada de Nueva Zelanda salvo que estaba en uno de los confines de la tierra y que tenía normas contra la introducción de malos hábitos en el país, podía soñar mi Zelanda como quisiera, libre de ataduras familiares y por tanto sin complicaciones o irritaciones sociales, sus días encantadores, sus noches serenas. Allí, los árboles darían libros en lugar de frutos, y uno bebería soda en calabazas cuyos jugos habrían sido bendecidos por los dioses nativos. Navegaría hasta allí como un marinero en un barco de los descritos por Joseph Conrad y cuyo rumbo habría sido trazado por Robert Louis Stevenson. Era más barato evadirse mediante un libro que por medio de un pasaje, y cuando lo hacías con un libro, siempre estabas en casa a la hora de cenar. 

Después, durante la Segunda Guerra Mundial, surqué de verdad el océano azul. El mar era todo lo que se había escrito sobre él. Nunca era azul; su humor era variable; era enorme; y en él las campanas de todos los barcos eran más bellas que cualquier otra campana. En días tranquilos su superficie era la piel de una criatura dormida. Lavaba mi ropa interior atándola al cabo de una cuerda y dejando que el barco la arrastrara por el agua como si estuviera pescando una pieza mayor, quizá un traje de etiqueta. Allí iba acumulando sal mientras se limpiaba a fondo, por lo que ponérsela después no era demasiado aconsejable. Decidí ir sin ropa interior durante un breve periodo, hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. Varios años después, escondida entre unos cajones en casa, mi ropa interior todavía olía a sal. 

Yo era un oficial pasivamente indisciplinado, a menudo recluido en mi camarote, donde leía cualesquiera libros legibles que hubiera a bordo. Éstos consistían en un puñado de Hemingway y una pizca de Faulkner. Aparte de eso jugaba al ajedrez con otro hereje que jamás fue recluido en su camarote pero que en todo caso siempre estaba allí. A causa de mi incompetencia ejemplar fui ascendido (tal es el modo de actuar de la Armada) a Oficial de Alto Secreto. Por consiguiente, se me confió la combinación de la caja de seguridad del barco, donde los libros de códigos y claves, impresos en papel disoluble y cargados de plomo, vivían un aislamiento silencioso excepto por la compañía del alcohol medicinal del barco. Hasta ese espacio seguro, del tamaño de una habitación de un Red Roof Inn, me retiraba con regularidad, cerraba su pesada puerta blindada, tragaba un poco de brandy y leía los mismos Hemingway y Faulkner que ya había disfrutado repetidamente, pero sin la tranquilidad interrumpida ni la atención distraída —casi como en mi Nueva Zelanda de fantasía— hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. De inmediato me retiraron el brandy. Todavía podía encerrarme en mí mismo y leer o dormitar. Mis superiores parecieron contentos de perderme de vista. 

Mientras hacía el posgrado en Cornell, pasé horas en la biblioteca de la Universidad, como se espera de un esclavo del doctorado. Allí tenía mi cubículo, apenas un palmo entre la pared y las columnas en el que cabía una silla de metal barata y una bombilla, una chapa de acero para escribir o apoyar un libro, una balda frente a mi cara para los volúmenes que cogía de las estanterías (que bajo juramento no podían salir del edificio) y un bote de caramelos duros cuyo contenido era peligroso cuando se ablandaba. Para tomar notas había una norma de “sólo lápices” que yo estaba dispuesto a respetar, ya que, a diferencia de las de la Armada, aquélla tenía sentido. El edificio parecía en cierto modo un barco que me llevara suavemente. No sólo las columnas estaban hechas de metal, el suelo era una malla metálica que permitía que una luz ya exhausta se hundiera hacia un sótano tan distante como una sentina. Naturalmente los pasos hacían ruido a menos que fueras en zapatillas de deporte, aunque había zonas tan ajenas al interés humano (“Nutrición”, por ejemplo… era otra época) que los únicos sonidos que escuchabas eran probablemente los de los vigilantes. Sin embargo, sentado allí, día tras día bajo aquella luz oscura, mi concepción del Edén empezó a cambiar. No era un sitio en un mapa, sino un destino decidido por el Sistema Dewey de Catalogación Bibliotecaria. 

Cuando no estaba leyendo o quedándome dormido sobre una página de La gran cadena del ser, de Arthur Lovejoy, deambulaba. Subía y bajaba las escaleras metálicas. Recorría los pasillos metálicos. Acechaba como un cazador por entre la luz turbia considerada beneficiosa para el largo entierro de algún volumen, pero poco práctica si se deseaba leer uno; a veces mis dedos resbalaban por los cantos de los libros como un niño haría con un palo contra una valla, mi mirada sobre los lomos y sus títulos, una mirada llena de asombro por que hubiera tantos, tan muertos para mí como aquellas hileras de calaveras en las catacumbas a menos que sacara uno de su fila, lo abriera y lo leyera como Hamlet hizo con la calavera de Yorick: El libro de los insectos, de Jean-Henri Fabre, o El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard. ¿Quién podría resistirse a un autor llamado Apsley Cherry-Garrard? Quería sacar el de Jean-Henri Fabre para un hijo de mi director de tesis, el profesor Max Black, pues se me había pedido que buscara textos entretenidos pero que valieran la pena para uno de sus chicos. Desafortunadamente, al joven le encantaron mis selecciones, y el profesor Black prolongó mis servicios. El de Apsley Cherry-Garrard también fue un éxito. Había ahí uno de los relatos más desgarradores jamás escritos sobre la aventura antártica, páginas de frío y nieve, dolor e incertidumbre, además de un heroísmo obstinado y no deseado que intentaría recordar cuando escribí “El chico de Pedersen”, una novela corta ambientada en una tormenta de nieve. Puesto que yo era un estudiante de filosofía, intenté convertir en paradoja el hecho de que El peor viaje era en realidad el mejor viaje que había hecho jamás. 

A los tipos de botas pesadas que vigilaban la oscuridad no les gustaban los lectores que se quedaban por la noche. Podías agachar la cabeza sobre John Locke toda la tarde, no les importaba, pero al dar las 10 en punto empezaban a barrernos hacia fuera. Primero llegaban para investigar quiénes estaban en sus cubículos. Lo sabían gracias a la luz. Como nuestros pequeños rincones estaban abiertos como en un supermercado, si veían que no estabas allí sentado, apagaban tu lámpara. Escondiéndonos en el momento justo por el sistema de diluirnos al final de un pasillo o volando a otra planta como una corriente de aire juguetona, esperábamos para volver tras el cierre. 

Esquivar los pasos pesados de la Gestapo se convirtió en un juego, pero nuestras habilidades (evidentemente yo no estaba sólo en esta práctica) se veían comprometidas cada año cuando la biblioteca celebraba su venta de libros. Sabía lo que eran la sucesión, la secesión, la recesión, la posesión, la concesión y la depresión, y ahora iba a disfrutar de la des-adhesión. Se apartaba un espacio de la planta baja y se amueblaba con varias mesas grandes de biblioteca. Sobre ellas se colocaban hileras de libros con los lomos hacia arriba. Las humanidades ocupaban más superficie que las ciencias, lo que no era una sorpresa ya que los científicos no leían, investigaban. Y comunicaban sus resultados en revistas que costaban más que los libros. Había rumores de que personas desconocidas se escondían por la noche entre las columnas para ser los primeros en la cola cuando la venta comenzara a la mañana siguiente. Pero eso no era lo peor que hacían estos furtivos. En realidad cogían los libros que querían de una de las mesas (literatura, filosofía, historia) y los escondían entre los de economía o estadística, y una persona que conozco fue acusada de llevarse volúmenes a otra parte del edificio por la noche, sólo para traerlos de vuelta a la mañana siguiente como si acabara de elegirlos. De nuevo algún chivato se lo contó a todo el mundo. 

La competencia era feroz, y no había lugar para la amistad. Todos los libros nos pertenecían a todos, y a menudo hubo recompensas jugosas, pues en ocasiones nuestros profesores tenían la decencia de morirse, y sus herederos, ignorantes o indiferentes, se deshacían de grandes partes de su herencia en las papeleras de la biblioteca. Pero estos libros nunca llegaban a las estanterías. Se les denegaba la admisión (“Ya tenemos esta edición de La doncella de Orleans”). Un escritor dijo una vez, a cuenta de los editores, que del rechazo viene la redención, en este caso porque los libros a la venta no se habían visto afeados por el pretencioso lema de la biblioteca (PROPIEDAD DE LA BIBLIOTECA DE LA UNIVERSIDAD DE CORNELL), o agujereados por el sello en relieve de la Universidad, o por el registro adhesivo de retiradas y devoluciones, o avergonzados por una marca de tinta sobre sus lomos. Como compradores atareados dijimos que rescatábamos libros que con ilusión arrancábamos de un destino que sabíamos calamitoso. No la muerte. Eso no era nada. El destino más deprimente era estar siempre disponibles pero no ser nunca importunados. 

Desde entonces he estado en muchos saldos de bibliotecas y doy fe de que los ejemplares rara vez son examinados, o considerados sus orígenes, porque de ellos han caído, como de un libro de una feria del libro, tesoros que a veces superan incluso los de sus páginas: no sólo los desechos que los lectores normalmente van dejando tras su paso —clips, cerillas de cocina, gomas elásticas, papel de aluminio, bucles de pelo, marcadores, facturas, palos de caramelos, listas, cartas de amor, postales, sellos de correos, envoltorios de chicles— sino fotografías y avisos amenazadores, dólares, cheques y el borrador de un telegrama al Alto Mando Aliado pidiendo que se acelerara la salida de Alemania de Werner Heisenberg, que revoloteó hasta el suelo de mi casa cuando hojeé rápidamente uno de los libros de Arthur Holly Compton después de comprarlo por 50 centavos en un saldo de la Universidad de Washington. 

Fotografía de Stephen Schenkenberg
Los coleccionistas que no se preocupan por los libros más allá de por su rareza los prefieren sin estrenar, puros y virginales, pero esos volúmenes no han tenido vida, y ahora, cuando a uno de ellos se le da una oportunidad, resulta que, aprisionado por un plástico sofocante, encarecido para halagar la vanidad del advenedizo que lo ha comprado, ese libro es retirado de la luz en un humidificador hermético de cristal como el vino demasiado viejo para ser abierto, demasiado caro para ser disfrutado. 

Mientras El señor Andrajoso, que tiene el fracaso económico marcado en su guarda como un personaje de Dickens, podría, gracias a su condición, usar el sombrero, el bastón y el abrigo como almacén de forraje recién cortado, se ha visto enriquecido con una historia: vendido como nuevo en 1937 por 3,95 dólares, como usado en el Mercado de Libros de Gotham en 1947 por 2 dólares, y rebajado sucesivamente con lápiz y después con cera de 75 a 50, y de 35 centavos a un cuarto de dólar durante las décadas siguientes —poseído por dos sujetos que escribieron sus nombres, uno de los cuales añadió su dirección en Joliet— hasta terminar su viaje en San Luis, donde fue recogido de una carretilla o una caja en una venta de un garaje o sacado de un cubo de la , beneficencia, que fue como encontré mi ejemplar de El sentido de la belleza, de George Santayana, en 1982. Sobrevivió a sus aventuras tan admirablemente como Odiseo. Soy más bien generoso con mis libros, y permitiré que quien tenga la esperanza de conseguir un poco de buena suerte en la vida, bese la cubierta de El sentido de la belleza

Así es como aprendí a vivir en una biblioteca, qué caminos conducn  al baño, qué provisiones pasar de contrabando en mi maletín, cómo ablandar un asiento duro, evaluar rápidamente lo que hay en la carretilla del librero de viejo o encontrar dónde es más fácil leer, dónde es seguro dormir. 

Sería una década antes de que encontrara mi primera gran biblioteca. Por “gran biblioteca” me refiero a una biblioteca cuyos compartimentos son tan grandes que nadie puede estar lo bastante seguro de qué hay en sus profundidades; una biblioteca en la que unas partituras de Vivaldi quizá permanezcan ocultas durante cien años; una biblioteca densa y abundante; una biblioteca que no rechazará ningún libro —ya sea basura o un tesoro— porque una buena biblioteca es avara, tan orgullosa de sus reliquias como una iglesia, permitiendo incluso que una novela barata sea útil para el estudio de la cultura que la creó; una institución, en consecuencia, que no permitirá que lo efímero perezca y que no se avergonzará de tener la mejor colección existente de novelas románticas; una biblioteca que lleva sentada tranquilamente en el mismo lugar y ha visto como un sabio envejecer su contenido, en consecuencia una biblioteca cuyo polvo es el óxido del tiempo; una biblioteca que nunca cierra los días de frío y que permitirá a los sinhogar descansar en su sala de lectura; una biblioteca que me permitirá husmear en sus tripas tanto y tan a menudo como yo quiera. 

Me doy cuenta ahora de que comencé mi vida en las bibliotecas como enemigo de la institución, metiéndome en problemas con las llamadas al silencio de la solterona de pelo enmarañado y cara de pocos amigos del mostrador de recepción… (Los estereotipos son acertados más veces de las que no lo son, y su esbozo es esencial en el arte de la novela, si no ¿dónde estarían Trollope y Thackeray y Dickens sin sus caricaturas, y cómo vendería Roger Tory Peterson sus guías de pájaros, porque reconocer un tordo en mi jardín es como encontrar un irlandés en un pub; y ninguna de las bromas sobre curas, rabinos o imanes intentando explicar el amargor de sus pintas de cerveza a un escocés llamado David Hume tendrían gracia, y quién querría que sucediera eso?) …Ahora volvamos, un tanto jadeantes, al mostrador… Cuando intenté, siendo un chico de instituto, sacar el Ulises de James Joyce, se me decía que (a) era demasiado joven, y (b) de todos modos era un libro guarro, y (c) si persistía en el intento de sacar libros asquerosos, ella informaría de todo a mis superiores, de los cuales había muchos. 

Mientras estaba en la universidad, aunque por entonces también era recluta de la Armada, mi profesor de literatura me pidió que escribiera sobre El amante de Lady Chaterley y me dio una autorización para retirar dicha obra de Peticiones Especiales (un calabozo, supuse, para libros sediciosos), pero la señora de rostro pálido que custodiaba el lote culpable se negó, arguyendo que contenía descripciones de actos antinaturales. Esta respuesta me provocó un interés por el proyecto que no había tenido previamente, pero no hubo suerte. Llevado por una corazonada, busqué en la biblioteca los ejemplares de Los cuentos de Canterbury sólo para descubrir (para mi regocijo) que habían “afeitado” a uno del cuento a la esposa de Bath. Descubrí que ejemplares de Boccaccio, Catulo, Petronio y Aristófanes habían sufrido daños similares. No había ninguno de Henry Miller, pero lo había habido, sus por entonces escandalosos textos seguramente estarían cumpliend condena. Se lo conté a los superiores de la señora, de los cuales había muchos. La señora de rostro pálido y afeitado declaró que era su deber proteger a los estudiantes de la indecencia. Pensé que su propia ignorancia era protección suficiente. La Armada me envió a la Academia de Guardamarinas, y desconozco lo que le sucedió a esta particular guardiana de la moral pública. Siempre parecen enfermos pero viven eternamente. 

Ahora vivo en mi propia casa rodeado de casi 20.000 libros, pocos de ellos raros, muchos no leídos, ninguno descuidado. Están ahí, como en las bibliotecas, para ayudar cuando se les necesita, y quién sabe cuál será el próximo escritor sobre el que tendré que escribir, qué asunto se convertirá de repente en esencial, o qué encargo surgirá que requiera la asistencia inmediata de los libros de la —sí— biblioteca, o el idioma de los animales o la pronunciación de la jerga melanesia, puesto que mis ensayos son normalmente asignados, no simplemente solicitados, y porque los temas nuevos me seducen con facilidad. De hecho puedo decir unas cuantas cosas en jerga melanesia, ninguna de ellas amable. 

Por lo que están ahí para mantener mi curiosidad despierta y en funcionamiento, para preguntar cuáles eran los escritores estadounidenses más notables en 1984, cuando Henry C. Vedder publicó su libro sobre este asunto (acabo de cogerlo en este momento aleatoriamente de la estantería), y de ahí saber de Charles Egbert Craddock y Elizabeth Stuart Phelps, pero también averiguar que Henry James “se pasa de listo” y que su teoría sobre la ficción es vergonzosa porque se atreve a suponer que “una novela es buena cuando está bien escrita” y “es mala si está mal escrita”, una opinión que sugiere una deplorable indiferencia hacia la dimensión moral de la novela. ¡Oh, qué mal parado saldría yo a manos del señor Vedder! Por supuesto, Henry James no ignoró, ni por un momento, la dimensión moral de la novela. Trato de reprimir la sonrisa ante confusiones como esa, y mi indignación por tal juicio, para así disfrutar la definición de John Quincy Adams de un almuerzo (citada por el señor Vedder) como “una reflexión sobre el desayuno y un insulto a la cena”. 

Antes de que el señor Vedder volviera a la oscuridad de la que vino, y que tan justamente merece, pude descubrir que el notable Egbert Craddock fue un seudónimo de M. N. Murfree y que el buzón desde el que fue enviado su primer relato a The Atlantic Monthly estaba en San Luis. Leyendo el primer capítulo dedicado a él, fui informado de que nuestro autor misterioso es Mary Noailles Murfree, que proviene de “los mejores valores de los Estados Unidos” y es, cuando los editores de Atlantic la vieron por primera vez, una cosita joven. Cuál fue su suerte, y cuáles son los mejores valores de los Estados Unidos, no lo sabréis, porque yo tengo el libro y vosotros no. 

Pero hojear un libro es muy divertido, y no pasa un día que no recoja a ciegas un premio y no lea una página que me deje perplejo, informado, sorprendido, encantado y ofendido. 

Mis libros están ahí para consolarme del mundo, porque sólo a los infames puede agradarles nuestro presente estado de cosas, mientras que el honesto discrepa de las razones de nuestras dificultades y amenaza con enzarzarse con quienes de nosotros son responsables de la miseria de tantos millones de personas y de un número cada vez mayor de hipócritas, chacales y sinvergüenzas. 

Entre ellos, los escritores. Ninguna ocupación puede garantizar la honestidad tal como el trabajo duro aumenta la musculatura, y sólo la santidad la exige como parte de su ejercicio. Así los escritores escriben, quizá mejorando sus textos de vez en cuando, pero rara vez a sí mismos. 

Pero los libros… los libros discrepan sin hacer ruido, como quizá las mentes de tantos lectores en una biblioteca, sin el más mínimo alboroto; y en esa paz podemos observar lo bellas, lo inteligentes, lo particulares, lo importantes, lo cómicamente absurdas que son las ideas; porque aquí, en las vistosas hileras que hacen que las estanterías parezcan bailar, el mundo existe tal y como la mente humana lo ha aceptado e imaginado, pero transformado en un reino más elevado del Ser, donde la virtud es el conocimiento que los griegos reivindicaban, donde incluso el conocimiento de lo peor debe ser tan estimado como cualquier otro y donde sucesos tan concretos como un asunto amoroso, unas elecciones o un campo de batalla son reemplazados por sus descripciones —por relatos como el del viaje blanco de Apsley Cherry-Garrard a través de la página fría y blanca—, porque estos volúmenes son depósitos de conocimiento y son ejemplos, cuidadosamente construidos, de los tipos de consciencia humana, de sabiduría que de otro modo sería efímera, frágil y a menudo confusa. Entre las estanterías, donde los filósofos despliegan sus tropas, hay una guerra de palabras —pero una guerra soportable—, una guerra de posiciones seleccionadas con consideración, quizá con ningún problema resuelto, pero sin derramamiento de sangre; estanterías donde los triunfos humanos y sus sufrimientos son representados por escritores que por lo menos se preocuparon lo bastante por sus vidas y por este mundo como para llevar una pluma hasta un papel. Tucídides lo sabía cuando dijo, respecto del conflicto con el Peloponeso, esta guerra es mía. La Historia sucede una vez. Las historias suceden repetidamente lector tras lector. 

Cada uno de estos libros es un amigo que siempre dirá lo mismo, pero que siempre parecerá decir algo nuevo, o algo viejo, o algo prestado, algo triste. 

Lo que me recuerda que debo ir a visitar a la Reina Victoria. Le prometí una visita. Ella está ahora entre los montones apilados de mi sótano. En la biografía de Lytton Strachey. Todavía gordita, poco agraciada. Todavía Reina. 

¿Dónde habré puesto ese Walker Percy? 


Fotografía de Stephen Schenkenberg
Para el autor y su esposa, hacerse con todos esos libros es una seria obsesión. Y vivir entre ellos requiere una seria organización. Así es cómo lo hacen en su casa de tres plantas del barrio de Parkview de University City [San Luis]: 



Sótano: Filosofía, psicología, Lingüística, música, cine, escritores locales, historia nazi (tema central de la novela de William Gass The Tunnel, 1995).

Salón: Arte y artistas.
Comedor: Fotografía y bibliofilia.
Solárium: Nuevas compras (alrededor de 30 al mes), francés e historia parisina.
Estudio: Literatura en inglés (alrededor de 4.000).
Office: Más literatura en inglés, crítica literaria y obras relacionadas.
Dormitorio principal: Literatura alemana.
Dormitorio de invitados 1: Más literatura alemana y los libros del autor en inglés y traducidos.
Dormitorio de invitados 2: Literatura francesa.
Dormitorio de invitados 3: Literatura de países aún no mencionados (China, Japón, Israel, Rusia, Polonia, Italia y Sudáfrica, por nombrar sólo unos pocos).

miércoles, 22 de marzo de 2017

El mejor relato sobre la nieve de todos los tiempos


Traducción del artículo original de Nick Ripatrazone para The Millions (febrero, 2017).

Si el pronóstico del tiempo anuncia nieve, prepárense para tuits sobre el relato Los muertos, de James Joyce. El ritual invernal favorito de Twitter es citar la frase final lírica de Joyce: «Su alma se desmayaba con lentitud mientras oía cómo la nieve caía débilmente a través del universo, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos».

Soy tan culpable como el resto. ¿Y por qué no? Es una frase magnífica, solemne. Un broche a una historia magistral; el crescendo de un párrafo funerario. La consonancia melancólica y la inversión de Joyce casi nos obligan a pararnos frente a una ventana fría y observar cómo la nieve blanquea las calles. Mary Gordon lo ha llamado «un triunfo del sonido puro… Y lo hizo todo cuando tenía veinticinco años. El cabrón». «Nadie ha conseguido igualarle nunca», afirma Gordon.

¿Nadie? Tal vez nadie haya conseguido igualar la grandiosa frase final de Joyce —pero hay una historia más grande, oscura e intensa sobre la nieve que Los muertos, lista para ser tuiteada: El chico de Pedersen, de William H. Gass.

Publicada por primera vez en 1961 y posteriormente recopilada en El corazón del corazón del país, un libro que reúne un puñado de inusuales historias ambientadas en el Medio Oeste, El chico de Pedersen está cubierto de nieve –de manera tan solemne como el relato de Joyce, pero de un modo más claustrofóbico. Gass comenzó a escribir el relato para «olvidar un dolor de muelas». Esa es una anécdota apropiada. Filósofo de formación y crítico de profesión, Gass siempre ha estado enamorado del lenguaje. Las palabras son su Dios.

El chico de Pedersen es de lo mejor de su cosecha. A diferencia de otros relatos —como el de Joyce— que incluyen nieve en momentos puntuales, la novela breve de Gass está cubierta de nieve de principio a fin. Situada en Dakota del Norte, una familia sueco-estadounidense bastante peculiar hace un horrible descubrimiento: un niño de una granja vecina cubierto de nieve en los escalones de su puerta principal. «El sol resplandecía sobre la nieve" mientras metían a toda prisa al chico de Pedersen en la casa y lo ponían "sobre la mesa de la cocina como si fuera un jamón». Le quitan la ropa tiesa por el hielo y tratan de resucitarlo.

Resucitar tal vez no sea la mejor palabra. El chico parece estar muerto, y ellos intentan revivirlo gracias a una santa trinidad propia de Gass formada por whisky, masa y friegas. El niño pasa rápidamente a un segundo plano a medida que la familia Segren está más preocupada por entender por qué y cómo el chico ha conseguido llegar hasta su casa en medio de una tormenta de nieve.

Gass no habría podido crear un reparto más absurdo. Pa es un alcohólico violento a quien no le gusta que le despierten. Big Hans, el mozo de la granja, es impredecible y vive para antagonizar con Pa. Ma está desbordada, frustrada y asustada. Jorge, el joven narrador, es sarcástico e impredecible: no está claro si el chico de Pedersen está muerto, o si Jorge tan solo desea que lo esté para poder terminar con todo ese lío.

La nieve azota el mundo fuera de la pequeña casa, y el niño está dormido arriba, pero la familia solo desea saber cómo el chico llegó hasta allí. Sólo Big Hans parece tener respuestas. Cuenta que el chico le dijo que un extraño irrumpió en la granja. El testimonio del muchacho está fragmentado: «El chaquetón verde. La gorra negra. Los guantes amarillos. El rifle». El hombre puso a la familia Pedersen «en el sótano», así que el chico se escapó, hacia la nieve. La familia Segren se pregunta si el extraño está en camino buscando al niño —en camino hacia su casa.

Big Hans y Pa discuten. ¿Deben ir a la granja de Pedersen? ¿Deben atrapar al asesino antes de que él les tienda una emboscada? Pa mira más allá de la ventana. Está convencido de que la nieve los ahogará y sofocará. Pa y Hans continúan discutiendo a medida que avanzan, junto con Jorge, en la nieve.

Se adentran en la vasta extensión de Dakota como si se tratara del escenario de una obra de Beckett. La segunda mitad de la novela breve de Gass es una escalofriante caminata hacia la implacable nieve. Su caballo avanza a duras penas.

Caminan hacia adelante, y bromean sobre una posible muerte por congelación. Cuando llegan a la granja de los Pedersen están agotados, tienen alucinaciones, y sus almas están congeladas.

En casa, Ma está junto al chico de Pedersen. Ha hecho galletas, mermelada de bayas y café. Pero lo que sucede a los hombres en la casa de los Pedersen es una pesadilla. La última frase de Jorge es escalofriante y propia de Joyce: «El invierno por fin les había dado alcance a todos ellos, y de verdad tenía la esperanza de que el chico estuviera tan caliente como yo estaba ahora, caliente por dentro y por fuera, ardiendo completamente, por dentro y por fuera, de gozo».


El chico de Pedersen es un relato de terror salvaje y extraño sobre la nieve que merece ser redescubierto, valorado y —en lugar del de Joyce— tuiteado, mientras que la nieve desciende sobre los vivos y sobre los muertos.

lunes, 13 de febrero de 2017

Entrevista: La Fuga, un pequeña librería, un gran proyecto

Hay pocas sensaciones que produzcan tanta alegría en una persona lectora como la de ir caminando por las calles de una ciudad y encontrarse de pronto con una librería; supongo que la sensación debe ser parecida a cuando los buscadores de oro encontraban una pepita (tal vez sea algo exagerado [o no]). La última vez que sentimos esa sensación fue paseando por las calles de Sevilla, cuando, resguardados de la lluvia bajo el paraguas, encontramos La Fuga, una pequeña librería que oculta en su interior un catálogo envidiable y una persona que exhala ese romanticismo del oficio librero. Así que decidimos hacerle una entrevista, eso sí, después de hacernos con algunos títulos de sus estanterías:

Fotografía de Stefania Scamardi
P: La primera pregunta es obvia: ¿qué es La Fuga y quién o quiénes forman parte de ella?

R: La Fuga es una librería en un sentido fuerte, esto es, tenemos una selección de títulos que consideramos importantes y que creemos que se deben defender y visibilizar todo lo posible, nos gusta definirnos como librería a secas por eso, para resaltar que las grandes cadenas que se dedican a la venta de libros son más bien supermercados culturales, preocupados más por el libro como mercancía cultural que por su capacidad crítica o estética...

El trabajo diario de La Fuga lo desarrollo yo, Luis Gallego, eso no quita que considere la fuga como fruto de las aportaciones de muchísima gente, como algo colectivo aunque el que esté casi siempre aquí sea yo, de ahí el plural en las respuestas.


P: ¿Qué es lo positivo y lo negativo de una librería fuera de los dos grandes núcleos editoriales, como son Madrid y Barcelona?

R: Uno de los aspectos negativos es no tener la visibilidad de Madrid o Barcelona, muchas veces parece que sólo se hacen cosas en esas capitales lo cual no es cierto; por otra parte opino que esa poca visibilidad también te permite arriesgar más y hacer más alianzas, tanto a nivel político como literario muchas veces podemos escapar de las «peleítas» entre grupos y cosas así...


P: Tenéis un gran fondo de ensayo, pero también tenéis una muy buena selección de narrativa, ¿qué criterio seguís para elegir los títulos? O, ¿por qué seleccionáis los títulos que tenéis en vuestro fondo?

R: Como comentaba antes entendemos la selección de La Fuga como algo fundamental, la librería es un escaparate y se debe cuidar con mimo. La primera selección es ideológica, tanto a nivel de ensayo como en narrativa o en poesía y cómic partimos de la no separación entre autor y obra, así, además del plano puramente estético no solemos tener autores o autoras que legitimen culturalmente posiciones políticas contrarias a las nuestras, además muchas veces la calidad literaria de dichos autores y autoras se puede encontrar también en otros y otras más afines políticamente. Después, dentro de esos parámetros explícitamente políticos ya entra la parte más literaria o de rigurosidad, en el caso del ensayo; no porque estemos de acuerdo a nivel ideológico nos puede gustar lo que escriba una persona.


P: ¿Cuál es el libro que mejor se vende en la librería?

R: Varios, por ejemplo los cómics de Miguel Brieva se venden bastante, Canijo, de Fernando Mansilla, Q de Luther Blisset o La Mosca de Mrozeck en narrativa salen bastante bien, la llamada poesía de la conciencia o de la resistencia está muy solicitada por aquí y en ensayo no podríamos decir ya que la gente viene sobre todo por esos temas. Como pequeño chiste me gusta decir que en La Fuga vivimos de vender fuera del mercado, es una librería donde la gente sabe que puede encontrar libros que a lo mejor son más difíciles de encontrar en otros espacios...


P: ¿Y el libro, que a pesar de quizás no ser el que más se vende, el que os da u os ha dado mayores alegrías?

R: Partir para contar de Mahmud Traoré y Bruno Le Dantec


P: Como librería, ¿qué tal es vuestra relación con distribuidoras y editoriales?

R: Por nuestra parte intentamos que sea la mejor posible, espero que se esté consiguiendo...


P: ¿Qué eventos realizáis en la librería?

R: Bastantes, intentamos profundizar en los temas que visibilizamos en la librería, por ejemplo el año pasado nos plantamos en cerca de 70 actividades, este año queremos hacer alguna menos pero sin dormirnos, buena parte lo grabamos en audio y lo subimos a internet (audioteca en archive.org).

La mayor parte son recitales poéticos y charlas de política y sociología, este año estamos muy ilusionados con Sofá Cama una propuesta de club de lectura/encuentros editoriales centrados en narrativa donde, de enero a junio, hemos invitado a seis editoriales para que, a partir de un libro que consideramos paradigmático de su catálogo hablemos también de por qué se ha editado, cómo... si la cosa funciona lo haremos más años.

Fotografía de Stefania Scamardi

P: ¿Cómo veis, como librería, el panorama del libro?

R: Creo que librerías insertas en comunidades podemos mantenernos mejor que las grandes cadenas, por la experiencia en La Fuga la gente valora que, además de vender libros, nos propongamos como herramientas para las distintas comunidades de las que formamos parte.


P: ¿Y el tema del libro digital?

R: Es un tema al que habrá que adaptarse pero, sobre todo, posicionándose en contra de la criminalización de compartir contenidos, sea mejor o peor eso para la supervivencia económica de mi negocio.


P: ¿Y la autoedición?

R: La democratización de las medios de edición ha hecho que prolifere, no lo veo mal, mi trabajo es tratarlos igual que otras publicaciones, algunas publicaciones me interesarán y otras no...


P: Existen muchos planes de fomento para la lectura, pero la pregunta es: ¿se puede fomentar la lectura?

R: Creo que el mayor fomento de la lectura es que la gente vea el libro útil, que le pueda servir en momentos de su vida, los planes de fomento a la lectura muchas veces son más planes de ayuda a la industria editorial, en la que por otra parte estamos todos y algunos de esos planes no están mal, que conste.


P: Planes futuros


R: Seguir por aquí y ver qué pasa.