lunes, 22 de agosto de 2016

El delirio blanco, de Jacek Hugo-Bader: hay muchas rusias en Rusia

En Rusia hay muchos rusos, qué buenos los filetes rusos y la ensaladilla rusa, qué divertida la montaña rusa… y qué bonitas las muñecas rusas. Eso era lo que decía un personaje de un chiste de Eugenio cuando se veía obligado a halagar a un interlocutor ruso. Y poco más podría decir acerca de Rusia el común de los mortales no rusos. Porque Rusia ha sido tradicionalmente, junto con China y Japón, un país muy encerrado en sí mismo, poco dado al intercambio cultural. Tiene la extensión de un continente, está poblada por multitud de etnias diferentes y presenta una delimitación del territorio un tanto arbitraria (pocos países se escapan de esa contingencia histórica) que ocasiona problemas insospechados para los que vivimos casi de espaldas a ese enorme país.

La editorial Dioptrías se saca de la manga otro de esos geniales libros inclasificables –en este caso podríamos arriesgarnos por el género de la crónica pero con un componente autobiográfico importante– que lleva por título El delirio blanco. Escrito por el periodista polaco Jacek Hugo-Bader para su periódico, aunque con apenas ayuda económica, su objetivo fue tratar de verificar –todos sabemos que esa premisa no iba a cumplirse de antemano– si los pronósticos incluidos en el libro que escribieron dos periodistas soviéticos cincuenta años antes en el que describían cómo sería la vida en la URSS (para ellos esas siglas serían eternas) en el año 2007 se habrían cumplido. Por supuesto, imaginaban un futuro bien distinto del actual. Ayudados por decenas de entrevistas con científicos, se vieron con argumentos suficientes como para afirmar que las enfermedades prácticamente se habrían erradicado de la URSS, entre ellas el cáncer, o que los viajes espaciales serían la tónica general. Sí acertaron en otras cuestiones, como en la existencia de Internet, de los teléfonos móviles o de las pantallas planas, todo sea dicho.

Así es que el bueno de Jacek sale de casa y decide recorrer el trayecto entre Moscú y Vladivostok en un todoterreno desvencijado que conserva el mismo diseño que el original, de los años 50. El primer capítulo del libro es un manual de supervivencia y un reflejo del atrevimiento un tanto alocado de Jacek, que decide –no podía ser de otro modo– realizar dicho trayecto durante el invierno. Debe posicionar el coche siempre en contra del viento (de otro modo podría morir asfixiado por los propios gases del vehículo, que se colarían por el tubo de escape), debe llevar siempre el depósito de gasolina como poco a la mitad de su capacidad, y el maletero atestado de madera seca, o bien llevar una garrafa con una mezcla de gasolina y aceite para conseguir que arda… En fin, toda una serie de medidas que atenúen o reduzcan las posibilidades de morir en el trayecto.


El resto del libro recoge datos y, sobre todo, testimonios de muy diferentes personas que nos pondrán al día acerca de las facciones fascistas y antifascistas que se enfrentan en las ciudades y los tipos de música que escucha cada grupo o sobre los hippies que viven en Rusia y los intentos de comunas que se formaron en paralelo al comunismo. Sin embargo, ese es solo el principio, porque después tocará otros temas más traumáticos, como los altos índices de infectados por VIH de Rusia, debido sobre todo a una inexistente política preventiva del gobierno, que solo hace unos pocos años parece haber tomado conciencia del problema, cuando antes únicamente trataba de esconderlo debajo de la alfombra. Pero casi cuatro millones de infectados –la África occidental la llaman– son imposibles de ocultar. Aun así, la estigmatización de los enfermos es similar a la que sufrieron los infectados en los países occidentales con el descubrimiento y expansión de la pandemia allá por los años 80-90, y muchos de ellos siguen pensando que compartir un vaso de agua puede provocar el contagio del VIH. A eso se suma, por un lado, la prostitución elevadísima en el país, especialmente en las ciudades y, por otro lado, la reticencia al uso de condones entre la población masculina y el seguidismo de ello que hacen las mujeres, por miedo a verse rechazadas, según cuentan algunas mujeres con las que conversa Hugo-Bader.

A medida que el periodista polaco se va internando en Siberia sus problemas se acrecientan, así como los males que padecen los habitantes de esas regiones. Muchas de esas poblaciones las constituyen etnias de las que ya apenas quedan unos centenares de personas. Muchas ni siquiera conocen ya su lengua de origen y sobreviven a duras penas, casi mediante la autogestión. Están prácticamente olvidadas, dejadas de la mano del dios que les golpea durante casi todo el año con su puño de hielo.

Hay tres capítulos del libro que a un servidor le han tocado la fibra. Desvelaremos dos, para no extendernos en exceso y permitirnos una pizca de intimidad. La entrevista que Hugo-Bader realiza al camarada Kalashnikov, creador de su famoso fusil homónimo y del no menos famoso AK-47, demuestra hasta qué punto la ideología puede deformar e incluso eliminar cualquier atisbo de humanidad o de conciencia del otro en una persona. Y no diremos más. Leed la entrevista, es escalofriante y, al mismo tiempo, muy reveladora del clima soviético durante la Guerra Fría.

El otro episodio que contaremos es al que hace mención el título del libro: el delirio blanco, que no es otra cosa que como se denomina por aquellas tierras al delirium tremens. Si en la lista inicial de cosas que conocíamos sobre Rusia hubiésemos añadido: «y cómo bebéis los rusos», seguramente nadie habría estado en desacuerdo. Sin embargo, hay rusos y rusos. Cada año mueren en Rusia 40.000 personas a consecuencia del alcohol pero la verdadera tragedia no debemos situarla en las ciudades, sino en esas poblaciones de Siberia de nativos que tienen muchos más genes asiáticos que europeos. El alcohol ha llegado hasta ellos como una plaga y los está arrasando. El relato acerca de los pastores de una pequeña población en la que todos ellos mueren a consecuencia del alcohol en solo unos pocos años es, sencillamente, salvaje. Mueren por riñas ocasionadas entre ellos, congelados en la nieve, se suicidan… y afecta tanto a hombres como a mujeres. Su menor capacidad para metabolizar el alcohol y consumirlo de muy mala calidad hace que para ellos sea mucho más perjudicial que para los rusos. Lo que se está viviendo en esas poblaciones es un auténtico exterminio.

Se quedan muchas cuestiones sin mencionar, para que sea el lector quien las descubra y le muevan a la reflexión. Porque por encima de los hechos que narran Hugo-Bader y sus entrevistados, este es un libro que invita a reflexionar sobre cuestiones como la búsqueda de la felicidad, los peligros de las ideologías, el abuso de poder o la responsabilidad de los ciudadanos como seres humanos, no solo sobre nuestro propio destino, sino también sobre el de los que nos rodean.

Las entrevistas del bueno de Jacek a veces son maliciosas, otras son consideradas o incluso amables pero sobre todo nunca dejan indiferentes. Entrevista a niños abandonados por su madres alcoholizadas, a prostitutas, a hippies desenganchados de la droga y el alcohol, a enfermos de sida, a chamanes y santeras, a médicos, diseñadores de armas, enfermos de cáncer de las zonas en las que se probaron armas nucleares… En resumen, un libro necesario al que habría que acercarse obligatoriamente para, una vez finalizada la lectura, completarla con la reflexión y, lo que es más importante, con acciones que contribuyan a que lo que narra El delirio blanco, no vuelva a suceder.         

Título: El delirio blanco
Autor: Jacek Hugo-Bader
Traducción: Ernesto Rubio y Marta Slyk
Editorial: Dioptrías
Páginas: 316
Precio: 19,99 eur (rústica)





Foto tomada de www.wiadomosci.gazeta.pl

jueves, 18 de agosto de 2016

Nemo, de Gonzalo Hidalgo Bayal: el silencio por toda explicación

Lo más sensato para escribir una reseña acerca de un libro que disecciona todas las variaciones del silencio sería tal vez seguir el ejemplo y no escribir reseña alguna, o presentar un espacio vacío donde ahora lees los caracteres y dejar que cada uno interprete las causas y analice los motivos que nos han podido conducir a esa decisión. Pero somos locuaces como papagallos y no podemos evitar hablar, más bien vitorear, el último libro de Gonzalo Hidalgo Bayal, Nemo, publicado por Tusquets.  


Cuando nos explican las distancias en el universo, a menudo se recurre a la luz de las estrellas. Las vemos en el firmamento y casi da la sensación de que podríamos hacernos con su brillo con tan solo alargar un poco el brazo. Sin embargo, esa luz es un hecho pasado, se originó hace años y es posible incluso que en la actualidad esa estrella ni siquiera exista. En la novela de Hidalgo Bayal, un hombre llega a un pueblo para alojarse en una de las casas, con la única condición de que no intercambiará una sola palabra con sus habitantes. No dirá ni mú. Los habitantes comienzan a llamarlo Nemo (por Nemo neminis o, lo que es lo mismo, Nadie). Nemo es una incógnita, una luz de la que los habitantes ven su brillo (que paradójicamente es su silencio) pero nada saben sobre su origen. 

Lo que sigue es la narración del escribano (la persona que ocupa la antigua casa del escribano y que se dedica al transporte en el pueblo), que se encargará de reunir los testimonios de los habitantes del pueblo sobre el forastero y, al mismo tiempo, analizará las posibles causas del silencio de Nemo. La novela es, por tanto, una suerte de narración coral, en la que caben el silencio en todas sus formas –con sus propósitos y orígenes diversos–, la venganza, el miedo a lo ignoto y a lo inusual, la muerte o la desafección (incluso por los más cercanos). Y todo ello, con la vida de un pueblo de fondo. Si parece haberse puesto de moda la representación de la vida rural tras algún éxito sonado en los últimos años, la visión que ofrece Hidalgo Bayal de ese ambiente rural es, sencillamente, veraz, en el sentido representativo del término. Es posible imaginar ese pueblo, hacerse una idea de la idiosincrasia de sus habitantes, pasear por sus calles y ver las caras de sus traviesos niños, ese tipo de narraciones en las que no es apenas necesario el pacto de ficción entre escritor y lector.  

La forma en la que el escribano nos presenta a Nemo y sus circunstancias es la de una digresión que se asienta en los testimonios de los habitantes del pueblo y en sus propias opiniones. La disgresión se detiene, sobre todo, en la causa o causas del silencio de Nemo (¿hastío? ¿conciencia de la verdad? ¿ignorancia? ¿inteligencia? ¿incapacidad del lenguaje para expresar lo que verdaderamente desea decirse?). La novela es, a pesar de analizar las muy diversas formas del silencio y su origen, un tratado sobre la comunicación o quizá más sobre la incomunicación. Esta puede venir dada por discursos vacíos (el personaje del papagallo lo representa a la perfección), por un insuficiente acercamiento hacia el prójimo (las muertes que se describen en la novela así lo muestran), por la imposibilidad de mostrar los sentimientos mediante la mera palabra… En resumen, el silencio como oposición a la comunicación. 

Los seres humanos, dice Chomsky, nacemos con unos circuitos cerebrales que nos predisponen a practicar el lenguaje. Tanto es así, que incluso hay una ventana plástica en el encéfalo que se alarga hasta los diez años de edad para que, incluso si no hemos sido expuestos a ninguna lengua, podamos ser capaces de aprenderla a esa ya tardía edad. Sus ventajas adaptativas para nuestra especie –estéticas aparte– son innegables. De ahí que la renuncia de Nemo, ese callar o ese no hablar (que no son lo mismo pero tampoco sabemos con cuál de los dos quedarnos) sea extraña a los habitantes del pueblo, desde el viejo que proclama sus senectas, hasta el herrero, el carpintero o al propio escribano, que es quien más parece afanarse en dilucidar las causas de ese terco silencio y quien no sabemos –somos lectores malpensados– si está detrás de algunos sucesos que le ocurren al bueno de Nemo ideados para forzarlo a hablar y dar así un final made in Hollywood a la narración. Y es que el lenguaje es, si nos atenemos al relato bíblico, el origen de todo, el que da principio a las cosas, es la palabra la que define la existencia: fiat lux. A este respecto es esencial leer Gramáticas de la creación, de George Steiner, que analiza esa capacidad generativa del lenguaje, que más allá de servir de vehículo comunicativo cumple una función nominativa, confiere características a aquello que denota.     

Qué decir sobre el estilo de Hidalgo Bayal que no implique una admiración mayúscula. Nos gustan a los autores de este blog, no solo a quien esto escribe, los autores con el ánimo literario esencial de trabajar con la palabra, y de hacerlo de un modo preciosista, sin caer en la floritura, sino a partir del conocimiento exhaustivo del lenguaje, un lenguaje ornamentado que se permite licencias, juegos de palabras, arcaísmos, ironías, citas apócrifas, y en el que el ritmo y la eufonía son esenciales en el desarrollo de una prosa que asombra y fideliza al lector a partes iguales. No abundan, de hecho, los autores que se muevan en estas coordenadas en el panorama español actual. Citemos a Pablo Gutiérrez, a Eloy Tizón o a Juan Gracia Armendáriz entre los que se aproximarían a esta noción de literatura que tanto nos atrae. Permítaseme el inciso: quizá los talleres literarios estén cortando las alas a más de un autor que nada en esas aguas, con esa tendencia al estilo sencillo, pulcro y casi aséptico que tanto se reclama y elogia en la actualidad.        

Pero volvamos por un momento a ese silencio de Nemo, que es el corazón de la novela, sobre el que pivotan todos los hechos de la misma, incluso las historias paralelas sobre el silencio que algunos habitantes del pueblo refieren al silencioso Nemo. Como en un buen relato policiaco, el escribano ofrece todas las posibilidades que pudiera plantearse el lector acerca de las causas del silencio del forastero, trata de explicar el problema acusando a muchos posibles culpables. El problema es que esta no es una novela policiaca y los culpables pueden ser múltiples o puede que no haya culpables, o que el culpable sea tan inmenso que no podamos soportarlo o admitirlo como tal porque nos toque un poco a todos, aunque sea de refilón. También es posible que se trate de un intento de Nemo por desvanecerse, por ser nada, al modo soñado de Walser. Una vez que su estrella ha brillado, hiciera lo que hiciera en el pasado, ya solo queda su recuerdo, pero él es ya nada, como esos puzzles que componía Bartlebooth en La vida instrucciones de uso a partir de acuarelas que él mismo había pintado en diversos viajes y que después eliminaba. Llevar a cabo la tarea es lo relevante: la acción prima sobre la consumación.  

El gran narrador argentino Antonio Di Benedetto (otro gran virtuoso de la lengua) creó un personaje, el silenciero, que se mudaba de casa frecuentemente (un émulo de Juan Ramón Jiménez) buscando el silencio. Nemo hubiese encontrado en él al vecino perfecto. De hecho, Nemo y el silenciero, aunque parecen personajes antagónicos (uno elude la comunicación con los otros, el otro elude la de los otros consigo) son productos de nuestro tiempo pero son también símbolos atemporales, pues la comunicación, o la incomunicación –y en ellas se inscribe la literatura y cualquier otra forma de expresión artística– siempre serán inherentes al ser humano.  

Título: Nemo
Autor: Gonzalo Hidalgo Bayal
Editorial: Tusquets
Páginas: 288 
Precio: 18 eur (rústica)






Foto tomada de www.elcultural.es

martes, 16 de agosto de 2016

A propósito de Georges Perec (III): sus listas y clasificaciones

Hay algo hipnótico en las listas, un balanceo mental que nos obliga a adelantar un paso más, a sumar un término adicional a la lista para tratar de cerrar el hueco que nos separa del infinito. Las listas son tan variadas que podríamos ensayar a su vez una lista de listas, algo que no haremos porque ya lo han hecho otros (leed sin demora, si sois adictos a ellas, el maravilloso libro de Umberto Eco El vértigo de las listas): las hay útiles (la lista de la compra), inmutables (la de los números primos), históricas (las de los reyes godos y las eras geológicas), caóticas (la de «El aleph» de Borges, un canon a seguir), retóricas (las más usuales en literatura), comerciales (la de los más vendidos), pragmáticas (las instrucciones de uso)… Forman parte de nuestra cotidianidad, una de las principales razones por las que Georges Perec las incluyó en muchas de sus obras. 


La atracción de Perec por las listas es una muestra de, por un lado, su capacidad para originar fórmulas generativas de literatura sin horizonte (uno de los objetivos principales de OuLiPo), ya que siempre es posible añadir un término más a una lista y proseguir con ella hasta que se desee; pero, por otro lado, las listas eran para Perec una forma de mostrar la realidad a través del microscopio, tratar de arrancarle cada detalle, por insignificante que fuera, pues su objetivo final era crear un trampantojo de aquello que pretendía describir o narrar. De hecho, su afición por la pintura era notoria y queda patente en una de sus primeras obras, El condotiero, así como en otras posteriores (La vida instrucciones de uso o El gabinete de un aficionado)

Las listas se suceden en muchos de sus libros. En Las cosas (Anagrama), esa deriva es ya evidente. Nos encontramos ante un muestrario de muebles y ropa que bien podría definirse como un catálogo comercial. Es el modo que encuentra Perec de hacer ver la inmensidad de posibilidades que ofrece el consumismo, y lo hace partiendo desde el exceso, pues no es sino desde la acumulación como mejor se puede percibir esa abrumadora sensación de quien se encuentra ante la infinitud, representada por la multiplicidad de las elecciones. En este mismo sentido, pero con un fin distinto, se suceden decenas de listas, enumeraciones y descripciones hasta la extenuación en La vida instrucciones de uso, su obra maestra. Contribuyen aquí no tanto a generar extrañamiento o a generar un inventario excesivo, aunque también lo logran, sino a caracterizar a los diferentes personajes a partir de sus estancias, los muebles entre los que viven cada día, los bibelots acumulados en sus estanterías… una descripción de sus vidas tomando como punto de partida los objetos con los que interaccionan –con los que interaccionamos– cada día.    

Por otro lado, esa mirada tan atenta al detalle, esa capacidad para agotar las posibilidades de la narración es también una forma de experimentar con lo que él mismo propone un su prólogo a Lo infraordinario (Impedimenta), en el cual Perec explica uno de los motores de su escritura (muy evidente en ese libro): la búsqueda de lo cotidiano, de los hechos banales y los objetos comunes. Del mismo modo que cuando observamos imágenes a una escala muy diferente a la acostumbrada, por ejemplo, una cabeza de mosca vista al microscopio, Perec es capaz de lanzarnos, mediante esa exhaustividad, a una extrañeza en la que somos capaces de mirar lo cotidiano con ojos nuevos. Ese es uno de los objetivos –fines literarios aparte– de Tentativa de agotamiento un lugar parisino (Gustavo Gili) en el que el francés se sienta durante tres días en una terraza de la plaza de Saint Sulpice y tratar de anotar todo lo que ocurre ante él: primero, claro, realiza una descripción del espacio en el que se encuentra, aunque no lo hace al modo clásico, como si sus ojos fuesen una cámara que nos va acotando el plano. Lo que hace Perec es agrupar lo que ve, clasificarlo. Por ejemplo, todo lo que tiene texto, todo lo que es rojo, etc. De este modo percibimos la realidad de otro modo, y llegamos a hallazgos que de otro modo hubiesen sido difíciles de alcanzar. La voz del otro, ese que nos es ajeno, siempre nos produce ese extrañamiento y es, al mismo tiempo, la herramienta esencial del aprendizaje, pues esconde secretos que comparte con nosotros y que nosotros, después, hacemos nuestros y los incorporamos a nuestra realidad. 

En Lo infraordinario aparecen varias listas que son fruto de la combinatoria. Partiendo de unos pocos elementos Perec expande las combinaciones y genera listas de postales o de recetas de cocina que son desternillantes y, por otro lado, reflejan formas y modos de ser. También ensaya este mismo tipo de textos y se adentra en el mundo de la clasificación –una ocupación eminentemente científica–, en Pensar, clasificar, otro de sus títulos imprescindibles, en el que puede encontrarse, por ejemplo, una pieza magnífica y muy divertida sobre el arte de colocar libros en una biblioteca.  No en vano, Perec fue archivero durante algunos años en un instituto de Neurofisiología en París, lo que seguramente le indujo a pensar sobre muchas de estas cuestiones.

Una de sus obras más conocidas –y, paradójicamente, teniendo en cuenta la originalidad de la obra de Perec, una de las menos originales porque ya había sido ideada anteriormente– es Me acuerdo (Berenice):  En esta obra la lista cumple también una función acumulativa pero cuya fuente es la memoria autobiográfica. Nuestra memoria no funciona como el disco duro de un ordenador, ni mucho menos: rellenamos huecos, completamos con información que pueda ser verosímil aquella de la que disponemos, incluso somos vulnerables a la generación de falsas memorias (leed, por favor, a Elisabeth Loftus, no os defraudará), por eso el libro de Perec es una lista de recuerdos, ya sean reales o imaginarios, pero sus recuerdos, su realidad mnemónica. Son recuerdos de infancia: deportistas, hechos banales, comidas puntuales… Es, en cierto modo, una invitación al lector para que emule ese mismo ejercicio, que se adentre en su memoria y seleccione los recuerdos que son parte inseparable de él, los que han ayudado a conformarlo como persona, los que determinan su proceder, sus maneras, manías, preferencias, límites, intolerancias, en fin, esos atavismos que nos acompañan, ya sean provocados por lecturas pretéritas, riñas infantiles, canciones que se convierten en gusanos cerebrales, cicatrices, sabores, olores, escenas.

En el resto de sus obras, las listas están también presentes: la descripción de los cuadros que se subastan en El gabinete de un aficionado, el anexo que enumera las figuras retóricas utilizadas en  Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio (Alpha Decay)… Su voluntad de inventariar, de crear su propia clasificación de la realidad está presente en toda su obra, y posiblemente cumpla algunos de los propósitos que hemos comentado pero también otro que acaso sea el principal, y es organizar su propio mundo, crear su propia realidad, adaptarla a sus reglas y condicionantes, algo que hacemos cada uno de nosotros en nuestra vida diaria. Nos gustan unas comidas y nos disgustan otras, y las clasificamos en función de nuestras preferencias, separamos a las personas en amigos, conocidos y desconocidos, creamos nuestras propias clasificaciones animales (mamíferos, pájaros, peces, bichos y alguno más que posiblemente encuentre su acomodo en la categoría de bicho), destacamos algunos días en detrimento de otros en función del recuerdo o de un aniversario o efeméride cuyo origen quizás apenas recordemos. Nos afanamos, en definitiva, en ese mismo proceder literario de Perec en nuestra vida real, y es por eso que al leerlo sobre el papel, la tinta mostrándonos la realidad de un modo diferente a como nosotros la percibimos –las clasificaciones son las más de las veces subjetivas– nos desplaza a una periferia incómoda, nos descentra, y desde excentricidad somos capaces de vernos en la literatura de Perec –porque eso es en cierto modo la literatura, una forma de excentricidad, de incomodidad también– y, de ese modo, saber que estamos ante un autor capaz de llegar a nosotros desde formas poco acostumbradas, ignotas, en un mundo, el literario, en el que también todo tiende a clasificarse, a adscribirse a géneros, modas, usos y costumbres. Un autor capaz de conseguir eso es, no hay que dudarlo un solo instante, es un autor genial.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy: el mal enfrentado a la justicia

Las encuestas sobre índices de lectura y hábitos lectores son de lo más usuales y normalmente suele faltar una pregunta en ellas, quizá porque poca gente sabe responderla muy bien y también porque suena un tanto cursi: ¿Y tú, por qué lees? Las respuestas pueden ser variadísimas y probablemente dependerán del estado de ánimo de la persona y de sus verdaderas motivaciones: conocer mundos a los que no he viajado, evadirme de este apestoso mundo en el que vivo, pasar el rato mientras voy en el autobús a mi alienante trabajo, recopilar información, ansia de conocimiento, ampliar el lenguaje y mejorar mi ortografía… y muchas más que seguramente se me olvidan. Aunque quizá todas y cada una de estas razones sean ciertas para cualquier lector y lo que buscamos es una pizca de cada una de ellas cuando abrimos un libro. Sin embargo, si algo tiene claro quien esto escribe es que uno lee, sobre todo, para encontrarse con libros como Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. 


A Cormac McCarthy lo pusieron muchos lectores en el mapa con La carretera, y no tanto por su libro sino por la película protagonizada por Vigo Mortensen. Sea como fuere, si eso ayudó a que muchos lectores se asomasen a la prosa de McCarthy, bienvenido sea. Si bien La carretera, posiblemente más por las expectativas generadas que porque se trate de una obra menor, a un servidor le dejó algo frío, en una puesta de escena que no terminaba de resultarme del todo creíble y que enmascaraba un western aparentando una narración post-apocalíptica, cuando leí la llamada trilogía de la Frontera (Todos los hermosos caballos, Ciudades de la llanura y En la frontera) sí que advertí que en realidad todos sus libros, independientemente de su localización geográfica o de la época histórica en la que se ambienten son western y que en ellos prevalece la idea del individuo anteponiéndose a los cambios que se suceden en su contexto social e histórico. Se trata, por tanto, de una de esas tan denostadas literaturas de género, pero McCarthy es capaz de salirse de sus esquemas o, más bien, de retorcerlos y llevarlos hasta la difusa frontera en la que trasciende a la literatura no adscrita a géneros, si es que eso existe y esos límites no son más falsos que la propia división de géneros. 

Meridiano de sangre es, no hay duda en este caso, un western clásico y una obra maestra del género o del no-género; o una obra maestra a secas, seamos dogmáticos por una vez, demonios. Un chico joven, «el chaval», se asocia con unos filibusteros para cruzar la frontera de Estados Unidos con México y recuperar lo que consideran que es territorio estadounidense. Todos acaban muertos salvo el chaval, que acaba en prisión pero al que sacan de allí para que se una al grupo paramilitar de Glanton, contratado por algunas ciudades mexicanas para deshacerse de los indios apaches. Ni que decir tiene que cobran en función de las cabelleras que consigan en sus misiones. En este grupo conocerá a Glanton, que es quien aparentemente dirige el grupo, un tipo sin piedad, atraído por el dinero y la aventura y un superviviente nato, pero en realidad quien ostenta el poder del grupo es el juez Holden, una mole lampiña y blanca de 150 kilos (¿una ballena blanca terrestre?) que es un instigador de la violencia y un defensor de la guerra por encima de todo: «la guerra es Dios», llega a decir. El juez será el antagonista del chaval, dos espíritus que viven en las mismas circunstancias; sin embargo, mientras uno de ellos, el chaval, se adapta a ellas, el otro las adecúa a sus necesidades e ideas. 

Las virtudes de Meridiano de sangre son numerosas. Comencemos con el tratamiento de la violencia. Quien quiera cuentos de príncipes y princesas políticamente correctos no los va a encontrar en esta novela. Ni siquiera va a encontrar a uno de esos duros con sentimientos a lo John Wayne o a James Stewart que solo sacaban el arma en casos de necesidad extrema. Lo que encontraremos serán tiros en la cabeza, ríos de sangre, cabelleras cortadas, caballos sacrificados, mujeres violadas, cantinas destrozadas por tipos borrachos, osos bailarines tiroteados, aldeas desoladas por el fuego y el plomo, niños asesinados sin compasión. Un ejercicio de relectura interesante sería catalogar las muertes que se describen o que meramente se enumeran. No se trata de un alegato a la violencia, sino más bien de representar de un modo muy crudo la ausencia de límites de esta, lo insustancial de la justicia cuando es la primera la que burbujea en el ambiente. Y es que no hay dos muertes iguales en Meridiano de sangre. Mueren heridos, inocentes, culpables, mujeres, ancianos, creyentes, borrachos, buenos ciudadanos, indios pacíficos… Una vez desatada, la violencia puede alcanzar a cualquiera. Hay quien ha criticado la excesiva violencia del relato de McCarthy, ese regodeo excesivo en ella. Pero es precisamente ese recorrido exhaustivo por la violencia y la muerte lo que dota a la obra de esa aura de gran obra. Sería como criticar las muertes en Hamlet, los diálogos exuberantes en Gaddis o las excesivas descripciones en la Divina Comedia o en Moby Dick. Se trata de un elemento esencial a la obra, necesario para comprenderla en toda su magnitud. Nos sorprendemos e incluso hay quien se indigna de que aparezca tal número de muertes en una novela pero parecemos haber normalizado que mueran doscientas personas cada tres días en algún mercado de Irak. 

Los que critican esa violencia no oponen sin embargo tantas objeciones a los múltiples pasajes descriptivos que enlazan unos episodios con otros; en algunos casos se trata de sublimes descripciones geológicas, en otros de una forma de crear una atmósfera hostil, ardiente, desoladora, desértica, abismal, en la que los individuos son apenas marionetas que luchan por mover sus propios hilos. Son esos pasajes los que permiten situar la acción en un contexto, dotar a los personajes de una significación más allá de meros robots movidos por un autor, hacerlos personajes verdaderos. 

Un aspecto muy usual en las novelas de McCarthy, muy bien reconocido por José María Guelbenzu en alguna de sus críticas a la obra del autor estadounidense es la primacía de lo masculino. Se trata de obras en las que lo femenino es un elemento meramente presencial, sin significación alguna. Si bien en la trilogía de la Frontera algunas mujeres sí desempeñan papeles de cierta relevancia, aunque no puede decirse que sean personajes principales, en Meridiano de sangre son personajes testimoniales que en muchas ocasiones son víctimas de los malos modos y las violaciones por parte de los protagonistas de la obra, el grupo de Glanton. Esa ausencia o virtualidad de la mujer como personaje es tal que, si McCarthy se recrea en algunos pasajes de asesinatos, nunca lo hace en las violaciones, algo que puede resultar extraño ateniéndonos a esa violencia que lo mueve todo en la novela. Quizá McCarthy quiera dar a entender que la violencia y sus consecuencias tienen su origen en el hombre y que la mujer puede tan solo rendirse a ella y ver apenas cómo se suceden los hechos, sin poder tener relevancia alguna sobre ellos: el origen del mal sería el hombre.

Volvamos a la cuestión de los protagonistas de la obra, pues aunque aparentemente sean dos, el chaval y el juez, en realidad la obra puede plantearse más bien como una novela coral. Durante algunas páginas perdemos de vista a uno y al otro y nos acercamos a otros personajes con su propia idiosincrasia y sus modos de proceder. En este sentido, quizá los personajes que más fuerza tengan sean Toadvine, quien ayuda al chaval al principio de la novela, un tipo sin orejas con la frente marcada, bebedor pendenciero pero gran compañero, Tobin, al que todos llaman el excura, un tipo recto que odia al juez y aun así lo sigue y, por supuesto, Glanton, un hombre también brutal pero no al modo del juez. La crudeza de Glanton es interesada, es el maquiavelismo orientado a lo material; el juez, por el contrario, representa el mal en su estado más elemental: el mal por el mal, la rueda de la crueldad que no cesa. 

Nos abstendremos, por último, de analizar ese tan comentado final de la novela que a nadie deja impasible y admite muy variadas interpretaciones. La mía es pesimista, baste eso para explicarlo todo. Quien quiera comprobarlo, tendrá que superar la montaña de muertes y, con ellas en el morral, analizar esas páginas finales en las que McCarthy se muestra más parco que nunca enfrentando a la justicia contra el mal. Y es que quizá los ojos del ser humano, de quien interpreta esas creaciones propias –el mal, la justicia, la bondad, la misericordia– no sean capaces de describir siquiera tal enfrentamiento, como tratar de interpretar el funcionamiento de la mente con esa misma mente. 

No nos extenderemos más lanzando vítores a esta obra. Hay quien la desdeña por ser una obra de género, por su excesiva violencia, por su no tan original trama; otros la alabamos precisamente por esas cualidades y porque nos sitúa ante un panorama no tan distinto del que vivimos. Meridiano de sangre es un relato clásico, un western épico con sus necesarios antagonistas, inmersos en una violencia que incluso sobrepasa a la de las películas de Pekimpah, muestra la lucha del ser humano contra la hostilidad del ambiente y por tratar de imponer su primacía sobre la naturaleza, aun sabiendo que tiene la partida perdida de antemano. Pero Meridiano de sangre es, ante todo, un retrato del mal en todas sus formas, sobre todo en la más cruel de todas, el asesinato. Comenzad al menos a leerla y después, si queréis, discutimos un rato, pero leed. 

Título: Meridiano de sangre
Autor: Cormac McCarthy
Traducción: Luis Murillo Fort
Editorial: Random House
Páginas: 308
Precio: 19,90 eur (rústica)
    

lunes, 8 de agosto de 2016

A propósito de Georges Perec (II): los malabares lingüísticos

Tratábamos en el artículo anterior de mostrar –no sabemos si con demasiado acierto– que Georges Perec merece estar en el olimpo de los autores literarios por la profundidad de su obra literaria e independientemente de las cuestiones formales, que suelen ser lo más comentado de sus creaciones. Hoy sí que nos adentraremos  en algunas de esas habilidades que le han dado fama, las que definen en gran medida su pertenencia al grupo OuLiPo, pero antes permitidnos dos párrafos de introducción histórica que nos ayudarán a entrar en materia. 

Reunión de los miembros de OuLiPo. En el centro, los rizos
claramente distinguibles de Perec. 
Uno de los impulsores de OuLiPo (Ouvroir de littérature potentielle o Taller de literatura potencial), el grupo literario al que pertenecieron Italo Calvino, Harry Mathews, Jacques Roubaud y propio Georges Perec, fue Raymond Queneau. Él venía de haber pertenecido al surrealismo, un movimiento literario que se asentaba, entre otras cosas que no vienen al caso ahora, en la búsqueda de la innovación poética a partir de la libertad, una libertad que podía encontrarse en los sueños, en la escritura automática o en la libre asociación de palabras. El surrealismo fue cambiando a lo largo del tiempo y tomó una deriva excesivamente política que invitó a Queneau a salir de él. Antes de crear OuLiPo, Queneau ya creó junto a Boris Vian el Colegio de Patafísica, en el que podían verse algunas de las características que después definirían al OuLiPo: la libertad formal, el humor y la ausencia de dogmatismos, es decir, la literatura de Alfred Jarry como espíritu para generar más literatura. Un tiempo después, junto a  François Le Lionnais fundó OuLiPo, una suerte de taller literario –ellos se niegan a llamarlo movimiento o escuela– que parecía oponerse al surrealismo en lo más esencial de este, la libertad. 

Queneau pensaba que a pesar de la aparente libertad del surrealismo, existían fuerzas atávicas en el lenguaje que inducían al autor a establecer conexiones entre palabras y que, por tanto, esa aparente libertad de la escritura automática, muchas veces terminaba resultando en asociaciones de palabras e ideas de lo más comunes. De ahí que ellos propusieran la estrategia inversa. Ya que no podemos ser libres al usar el lenguaje, vamos a tratar de fomentar la creatividad poniéndonos restricciones. Esas son las famosas contraintes oulipianas, con las que estos autores buscaban obtener textos que se alimentasen a sí mismos y, al mismo tiempo, buscar resquicios aún no transitados en la creatividad. Muchas de esas contraintes tenían ya largo recorrido, incluso de siglos, como los anagramas o los lipogramas, utilizados ampliamente en el pasado. A esas formas sumaron otras como el famoso S+7 (se toma un texto y, con ayuda de un diccionario, se sustituyen en él todos los sustantivos por el séptimo sustantivo que se encuentre a partir de cada uno en el diccionario). Las contraintes oulipianas son numerosísimas y muy originales. Aquí podéis encontrar muchas de las que han creado y su descripción, por si queréis sumaros al taller: http://oulipo.net/fr/contraintes.     

Perec fue creador de muchas contraintes y un excelente ejecutor de muchas de las ya clásicas. Seguramente su obra más conocida en estos menesteres sea La Disparition, un lipograma de casi trescientas páginas en las que Perec se propuso no utilizar la letra más repetida en francés, la vocal e, es decir, evitar todas aquellas palabras que la contuvieran. Eso ya sería de por sí una labor titánica, pero la genialidad de Perec fue incorporar pistas acerca de la contrainte en la trama de la novela. Los oulipianos a menudo no informan sobre la constricción que han empleado en sus textos, pues no deja de ser una técnica de escritura más, como muchas de las que se enseñan en los talleres literarios y que después no se «desvelan» cuando se desarrolla la novela. De este modo, el lector podía llegar a leer La Disparition, sin detectar esa ausencia de la letra pero habiendo leído una novela un tanto loca que hablaba sobre un secuestro. Sin embargo, el autor francés no se contentaba únicamente con jugar al ratón y al gato con el lector, sino que además iba incorporando pequeñas pistas a lo largo del texto que daban pie a descubrir el ardid. Así, en la obra que nos ocupa se pueden encontrar varias descripciones de la letra e, un recorrido que describe perfectamente su grafía y algún que otro detalle al final de la novela que sugieren esa ausencia pero sin llegar a desvelarla. Existe una traducción de la obra en español, El secuestro (Anagrama), en la que los traductores optaron –no sin polémica– por una versión en la que la ausente fuese la letra más repetía en español, es decir, la letra a. El resultado es similar al original: un texto que suena extraño, en el que detectamos algo, sin saber muy bien qué es, y en el que se van aportando pistas acerca de dicha ausencia. Fue tal la obsesión de Perec con la escritura de esta obra que un tiempo después relató una pesadilla en la que al corregir unas páginas de La Disparition, advertía que había letras e por todas partes y que el lipograma, por tanto, no existía. 

La cara opuesta de El secuestro, quizá ocasionada por aquella pesadilla, quién sabe, publicada un año después fue Les revenentes, su obra antagonista en la que la única vocal empleada es la e. En esta ocasión, Perec se permitió alguna licencia más con la constricción porque si no la tarea hubiese sido imposible de llevar a cabo. El resultado, un texto homofónico a más no poder, que induce al humor desde la primera frase y es, sobre todo, una demostración de la habilidad de Perec con el lenguaje, una constante no siempre valorada de su obra.

Otra constricción que se centraba en las letras encontró su expresión en Alphabets, obra intraducible, al menos no con el mismo sentido, que consistía en escribir una obra en la que no podría repetir una consonante hasta no haber utilizado el resto de las que componen el abecedario francés, una nueva exhibición de su genio combinando letras y palabras. 

Pero alejémonos un tanto de esos malabares y entremos de lleno en otras constricciones algo más complejas y que dan más juego. 

Hablábamos en el artículo anterior de un pequeño libro que publicó La uña rota, y que descubrió su traductor Pablo Moíño Sánchez, titulado El aumento, que Perec publicó en una revista y que había pasado desapercibido para todo el mundo durante décadas. El aumento se acompaña de la pieza teatral del mismo argumento titulada El arte de abordar a su jefe de servicio para pedirle un aumento. En Francia se convirtió en un acontecimiento literario y, por supuesto, en un éxito de ventas. Por cierto, un inciso: leed Un verso en una casa enana, un libro divertidísimo del propio Pablo Moíño acerca de lo lúdico en la literatura, con múltiples ejemplos de constricciones, no solo de OuLiPo, sino de escritores de siglos anteriores: una delicia. Hecho este paréntesis, volvamos a El aumento. En esta obra la idea de Perec fue agotar un árbol de decisiones dicotómicas. Una de las primeras cosas que a uno le enseñan cuando aprende a programar es la opción IF…THEN, y normalmente, para hacerlo más fácil, se suelen utilizar solo dos opciones: YES y NO. Es decir, si ocurre esto, pasará esto otro, pero si ocurre eso de más allá, sucederá esto otro. A partir de esta orden, los sucesos pueden ir concatenándose hasta formar lo que se denominan árboles de decisión, que pueden llegar a ser gigantescos. Perec, que no arredraba en estas lides, decidió narrar qué vicisitudes se le pueden presentar a uno en el camino cuando va desde su despacho hasta el de su jefe para pedirle un aumento de sueldo. Lo interesante de esta obra reside, no tanto en el desarrollo de un árbol de decisiones previo que Perec se propuso desarrollar, sino en las repeticiones a las que obliga esa estrategia. Perec recomienza siempre desde el punto de partida la descripción de los hechos, de modo que hay acciones que se repiten una y otra vez pero, ahí está la genialidad de Perec, con ciertas variaciones que hacen de él un texto hilarante y, al mismo tiempo, una muy buena representación de la vida en una oficina. Su leguaje comienza siendo más o menos neutro, para ir poco a poco tornándose subversivo. La experiencia de lectura de esta obra es maravillosa (las empanadillas de Martes y trece llevadas al campo de la literatura). 

En el instituto nos enseñaban aquellas figuras retóricas de nombres estrafalarios, muchas de las cuales ya las habían inventado los griegos (de ahí lo extraño de muchos de aquellos nombres) y uno las olvidaba casi tan pronto como terminaba la clase. Vino también Bolaño con sus detectives salvajes y desenterró muchos de aquellos nombres, sobre todo los más exóticos, para forzar el extrañamiento y también para mostrar las posibilidades, no solo del lenguaje, sino también de la realidad. Pues hete aquí que Perec decidió escribir un texto, también plagado de repeticiones en el que la constricción consistía en utilizar tantas figuras retóricas como le fuera posible. El resultado es un texto, quizá no de los más logrados de Perec, pero aun así muy cómico por momentos, titulado ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado allá en el fondo del patio? (Alpha Decay) en el que nos cuenta cómo un grupo de amigos tratan de evitar que a uno de ellos lo alisten para luchar en la guerra de Argelia, utilizando para ellos todos los recursos retóricos a su alcance. Es otra forma de sacarle el máximo partido al lenguaje y a las posibilidades que este ofrece, no solo desde el punto de vista estético, para lo que se han utilizado principalmente, sino también para demostrar que, al igual que Queneau con sus famosos Ejercicios de estilo, el lenguaje es dependiente del contexto y que –esto es lo más importante– este nunca es neutro.

Otra de sus reglas previas a la construcción de una obra se encuentra en La vida instrucciones de uso. Aparte de muchas otras que no se conocen a no ser que se lea la obra en profundidad, la más conocida es la del empleo del movimiento del caballo para decidir cuál había de ser el personaje en el que se centrase la ación de cada capítulo. Dado que la obra describe la vida de diferentes personajes que viven en un edificio de pisos representado como una cuadrícula, era fácil simular el movimiento de un caballo de ajedrez por un tablero como aquel.

Por último, si todo esto no te han parecido más que jueguecitos y nada de lo que te hemos contado te ha impresionado, tal vez sí lo consigamos con su Gran Palíndromo, es decir, un texto que dice exactamente lo mismo lo leamos de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Es español hay buenos palíndromos, incluso algunos con cierta extensión que son interesantes. Julio Cortázar, amigo de estos juegos, también ideó algunos bastante decentes, pero una minucia al lado del que construyó Perec. Su famoso Gran Palíndromo consta de 1.257 palabras, algo al alcance de muy pocos. Podéis consultarlo, sobre todo si tenéis conocimientos de francés, aquí: http://home.arcor.de/jean_luc/Deutsch/Palindrome/perec.htm.

Los malabares lingüísticos son otra de las facetas de la obra de Georges Perec, pero no la única. Demuestran, eso sí, su capacidad asombrosa para trabajar con las palabras, la materia con la que trabaja el autor literario, pero esos malabares no eran meros juegos de artificio sino que a menudo eran la excusa para llevar un paso más allá la literatura. Sin embargo, aún nos queda hablar de otros dos recursos muy utilizados por Perec, las enumeraciones y las descripciones minuciosas. Pero eso será en la última entrega de estos artículos.


Continuará…

Si quieres leer el anterior artículo sobre Perec, puedes hacerlo pinchando aquí

jueves, 4 de agosto de 2016

Satin Island, de Tom McCarthy: antropología pasada por la batidora del hiperespacio

De nada sirve negar que el postmodernismo ha ejercido una influencia importante en la literatura actual, al menos en la que busca deshacerse de estereotipos, derribar alguna frontera que otra entre géneros y temáticas, y trazar el mapa de la sociedad actual, desde un punto de vista, sí, muy urbano, muy de clase media más o menos acomodada y culta, pero es que eso, amigos y amigas, es lo que somos la mayoría en Occidente, clase media más o menos acomodada (¿en comparación con quién, cabe preguntarse?, pero esa es otra historia) sometidos a e imbuidos en el imperio capitalista, un mundo en el que lo contextual se desvanece y es, al mismo tiempo, la clave para entender según qué cosas (esto ya lo sabía Gila, que estaba encantado porque decía ser soldado y estando en guerra podía matar a gente incluso con la policía delante), de modo que lo contemporáneo ya cada vez parece asentarse menos sobre el pasado, y sí sobre ríos de información obsesivamente actualizada a la que apenas podemos acceder, por mucho que creamos que ahora estamos más informados que nunca.



Estas son algunas de la cuestiones que se reflejan en Satin Island, de Tom McCarthy, otro acierto de Pálido fuego (y ya van unos pocos, esto no puede ser casualidad). En la novela, el protagonista es U., un antropólogo cultural contratado por una gran empresa que no sabe muy bien cuál es su misión ni qué se espera de él. Todo obedece a un Gran Proyecto del que nadie conoce apenas nada y en el que todos suman, o aparentemente lo hacen pero sin saber muy bien cómo. ¿Tal vez la humanidad?

U. es un tipo que no cesa de plantearse interrogantes, posibilidades y planes de actuación que se quedan en meros bosquejos de una acción que nunca ejecuta. Por el contrario tiene una relación con Madison, una mujer a la que conoció en Budapest y a la que trata de sonsacar por qué estuvo en cierta ocasión en el aeropuerto de Turín. Esta aparente anécdota servirá a U., tras haber conocido la historia, que deviene en experiencia trágica, para advertir que teoría y praxis suelen ser elementos dispares, y que lo más frecuente es que unos teoricen mientras que otros, a menudo muy alejados o incluso desconocedores de esa teoría, sean los que den la cara al frente de la acción.

En la novela hay mucha antropología, al menos de cara a la galería. A McCarthy le sirve para establecer las pautas de lo que significa lo contemporáneo, un cúmulo de saberes, en muchos casos descontextualizados, que se generan y se desechan sin cesar y entre los que es labor de héroes saber ya qué es válido y qué una pura fantochada. Se menciona el humanismo de Leibniz, un tipo capaz de aunar gran parte de los saberes de su época, algo imposible de concebir hoy día. El humanista del futuro será, si seguimos este camino, algún superordenador capaz de computar y sacar provecho de los saberes acumulados hasta entonces.

Hay además otros dos episodios que recorren la novela. Por un lado, un vertido de crudo del que se describe su desarrollo y sus efectos desde un prisma diferente, irónico, que defiende lo estético del vertido, la mano del hombre propiciando que el resultado de millones de años sobre la materia orgánica, se libere de nuevo y se funda con la superficie del planeta. El contexto, amigos y amigas, el contexto. El otro episodio es la muerte de un paracaidista y las sucesivas elucubraciones de U. en torno al suceso: ¿fue un asesinato premeditado, un accidente, un suicidio? U. se convierte de nuevo en un teórico, más interesado por las motivaciones y los patrones de conducta de la colectividad que por el sujeto en sí, una constante en nuestro tiempo donde prima la individualidad en términos narcisistas y, sin embargo, el sujeto es apenas un conjunto de bytes en el hiperespacio, una línea en la lista de clientes, una papeleta en unos comicios.

La obra de McCarthy quizás no es perfecta –su aparente fragmentariedad, no siempre real, a veces no favorece el desarrollo de la novela– pero a un servidor le ha mantenido de principio a fin queriendo saber qué más quiere contarme U., qué nueva idea ha surgido en él referente al Gran Proyecto, al paracaidista, al vertido de crudo. La prosa es muy fluida –al menos en la traducción de José Luis Amores, hombre orquesta donde los haya­– y el sentido del humor de McCarthy es ese mismo –ya que he comenzado con él, finalizo también con él– que el del maestro Gila, que a partir de aparentes despropósitos e ideas alocadas es capaz de reflexionar sobre algo tan banal, y al mismo tiempo tan esencial, como es la vida y nuestra búsqueda permanente de sentido.

Título: Satin Island
Autor: Tom McCarthy
Traducción: José Luis Amores
Editorial: Pálido fuego
Páginas: 208
Precio: 20,90 eur (rústica)





Fotografía tomada de The New Yorker. Créditos: Jason Alden

domingo, 31 de julio de 2016

Cutter y Bone: mucho más que un chute de adrenalina

Reza la contra de Cutter y Bone que esta es una obra maestra olvidada. Los lectores lógicamente ya desconfían de los supuestos redescubrimientos de clásicos que prostituyen cualquier canon en la literatura. Pero en este caso, no estamos ante palabras vacías. Cutter y Bone es el perfecto ejemplo de una ficción que, construida sobre los escombros de una sociedad fallida, revolucionó la literatura tradicional, la que se encontraba a años luz del mundo de los veteranos, minorías y white trash. 

La guerra de Vietnam trajo consigo consecuencias devastadoras, de las que Estados Unidos todavía no se ha recuperado, pero también fue el desencadenante de algunas de las mejores novelas del pasado siglo. Dog Soldiers, de Robert Stone, o Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien, son sin lugar a dudas unas de las más importantes influencias de autores contemporáneos como Phil Klay, Atticus Lish o Kevin Powers.

La cubierta de Cutter y Bone parece asegurar adrenalina a raudales y cumple con creces lo prometido. Pero va mucho más allá, ofrece a los lectores una profundidad en los personajes, que se convierten en el punto más potente de este libro. Richard Bone, antiguo ejecutivo de éxito del Medio Oeste reconvertido en gigoló sin propósito ni domicilio, y Alex Cutter, veterano que perdió en Vietnam parte de su cuerpo y el juicio, forman una insólita pareja que iniciara un road trip alucinatorio en el que descubren la verdadera cara de una sociedad que está demasiado familiarizada con la soledad y el dolor.

Cutter busca un santo grial en forma de chantaje que le devuelva al menos la ilusión perdida y está dispuesta a dejar de lado en esa búsqueda a Mo, su mujer, y su hijo. En esa caída arrastra a Bone, quien conserva algo del sentido común de su insatisfecha vida pasada como padre de familia. Los diálogos entre ellos (muy bien reflejados por la traducción de Inga Pellisa) potencian esta insólita e hipnótica trama. Cada página es un paso más dentro de esas mentes torturadas que solo merecerían hoy en día un disparo en la nuca por parte de la policía, porque en Estados Unidos esa basura debe permanecer siempre escondida.

Thornburg analiza la catástrofe causada por cualquier guerra. Ve más allá de las filas de ataúdes que se acumulan en bases militares y centra su mirada en el maltrato a los tan jaleados héroes. Pero también, se anticipa al resquebrajamiento del sueño americano, del que algunos, como Bone, deseó apearse. Hay en este novela familias fallidas, ricas mujeres que buscan el calor de un abrazo pagado y la constante espiral de autodestrucción a la que todos se suman de manera aparentemente consciente. Como si ese suicidio colectivo apaciguara su propio sufrimiento.


Ojalá los escritores contemporáneos entendieran que un par de pistolas, droga y la carretera no son ingredientes suficientes para revolucionar la narrativa más sucia. Newton Thorburg escribió una obra maestra y creó unos personajes de los que es imposible separarse, no existe en esta historia una última página.





Título: Cutter y Bone 
Autor: Newton Thornburg
Traducción: Inga Pellisa
Editorial: Sajalín 
Páginas: 386
Precio: 22,50 euros (rústica)