jueves, 16 de junio de 2016

Círculo de Tiza, la apuesta por la mejor tradición periodística: Antonio Lucas y Jordi Soler

En pocos meses de vida Círculo de Tiza se ha convertido en un referente dentro del mundo editorial. Su valiente apuesta por el periodismo narrativo ha permitido que los lectores no solo conozcamos sólidas compilaciones de autores consagrados como Leila Guerriero y Martín Caparrós sino que podamos además disfrutar de reflexiones y relatos atípicos de la mano de autores que destacan por un firme e inusual compromiso a la hora de entender la literatura y el periodismo.

El pasado año Antonio Lucas y Jordi Soler publicaron en esta editorial madrileña dos libros que merecen ser recordados y ocupar de nuevo un lugar preferencial en las mesas y estanterías de las librerías. A pesar de sus evidentes diferencias, Vidas de santos y Ensayos bárbaros aportan la misma mirada lúcida sobre el pasado y el futuro de una sociedad cambiante y al mismo languideciente. Gracias a Soler y Lucas pervive el recuerdo de episodios y personajes que corren el riesgo de ser devorados por el vertiginoso ritmo del presente.

En Vidas de santosAntonio Lucas conjuga sus dos facetas: la de poeta y la de periodista. La sinopsis de este particular santoral hace pensar en muertos que hicieron suya aquella frase atribuida erróneamente a James Dean: “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Aunque Lucas se detiene en las biografías de personajes tan conocidos como RimbaudBasquiatJayne Mansfield -otra rubia intelectual- o Sid Vicious, rescata también los semblantes de otros jóvenes con talento que murieron sin el reconocimiento merecido, “promesas quebradas” para Lucas.

Félix Francisco Casanova, autor precoz que parecía destinado a revolucionar a su manera el mundo de las letras se encuentra con Chusé Izuel, compañero del alma de Félix Romeo, a quien habló tras su suicidio en Amarillo, o con Marga Gil Roësset, que parece poco a poco desligarse de la sombra de Juan Ramón Jiménez para alcanzar la fama como escultora. Lucas une de esta manera, invisible y efectiva, distintos retratos. A Izuel lo relaciona con Annemarie Schwarzenbach y a ésta con Carson McCullers, formando un mapa que atrapa desde sus primeras páginas. Es inevitable tomar continuas notas para conocer, después de esas breves y potentes introducciones, la obra de cada uno de esos personajes.


Antonio Lucas

Vidas de santos se divide además en Heterodoxas y Vidas revueltasHeterodoxas selecciona un grupo de mujeres de rompe y rasga. En ella no podían faltar Gala Dalí o Billie Holiday, pero Lucas acierta al incluir a Anne Carson, y obviar a la sobreexpuesta Sylvia Plath, o al contar la historia de una trabajadora húngara de una fábrica suiza que escribía en francés llamada Agota Kristof.

En este volumen no solo se encuentra crónica o narrativa. Lucas no juzga a ninguno de los retratados y juega en sus páginas con dosis de poesía y datos. Pero donde brilla especialmente es en su última parte, Vidas revueltas, donde toma una galería de personajes fascinantes con los que tuvo contacto de primera mano. Es en ellos donde redondea el arte del retrato, casi pictórico, y el lector queda con ganas de conocer más ejemplos de seres “revueltos”. Fascina la filosofía vital del cantaor Manuel Agujetas, recientemente fallecido, la singularidad del menos mediático de los PaneroJuan Luis, la libertad de la incombustible actriz Margarita Lozano o la gallardía del artista sin obra Isidoro Valcárcel Medina. Esta última parte hace único este libro y los voyeurs no pueden dejar de sentir más próximos a estos últimos retratados y también a Lucas, quien se convierte en testigo privilegiado de una historia no oficial de la cultura española.

Por su parte, Jordi Soler se aleja de lo concreto, de los apuntes biográficos y disecciona la Europa contemporánea y esta sociedad devorada por el exceso de información, el culto a lo colectivo y la velocidad. En apenas cinco páginas construye píldoras de sabiduría, agudas reflexiones que quizá muchos podríamos plantearnos si nos detuviéramos tan solo unos minutos.

Cada uno de sus textos merecen un comentario pero se agradece a Soler que recupere episodios que parecen haber sido sepultados por la historia oficial. La Europa mohosa es un recordatorio escalofriante del sufrimiento de miles de republicanos españoles que languidecieron en campos de concentración en Francia, país que demostró a sus incómodos vecinos que para ellos no había allí ni libertad, ni igualdad, y mucho menos fraternidad. Soler, nieto de esos españoles, recupera esa terrible parte de la historia europea, no tan solo española, y la inscripción de una estatua en el pueblo de Argelès-sur-Mer, “Su desgracia haber luchado para defender la Democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939. Hombre libre, acuérdate”.

Soler toma el pasado, la Guerra Civil, el exilio de los republicanos en México, el movimiento zapatista o la crisis económica que aún sufrimos como herramientas para construir el futuro. Incide en la solidaridad y la creatividad surgidas en los últimos años, y tiene razón al temer su desaparición cuando se cumplan los objetivos de recuperación.

Jordi Soler

Ciudadano de ambos lados del océano, reproduce realmente lo que es Europa, los fallos de esta unión que no debería ser tan solo económica, subraya las particularidades de los países del Mediterráneo y la importancia de mantenerlas con vida.

MontaigneBalzacOrwellJoyce o Pla pueblan esta páginas y conviven con el subcomandante Marcos, con la vida saludable o con Facebook. Construye una fuerte columna vertical que dota de gran unidad a estos ensayos bárbaros y tremendamente lúcidos. Una lectura que fluye, que parece ser interiorizada sin apenas esfuerzo –ni resistencia- y que deja una huella que nos ayudaría, si de verdad quisiésemos, a pensar sin injerencias.

Los lectores de los artículos y columnas de ambos autores tienen la oportunidad de disfrutar de dos compilaciones construidas no por azar, sin orden ni concierto, sino con cuidado y un especial mimo con objeto de transmitir un único mensaje, artístico y vital. Es por ello que debe agradecerse a Círculo de Tiza que, además de apostar por la aplaudida crónica latinoamericana, otorgue a muchos de nuestros periodistas y escritores un lugar protagonista en su catálogo y de esa manera se asegure la supervivencia de sus textos lejos de periódicos en perpetua agonía, en eterna crisis.


En este 2016, Círculo de Tiza continúa afortunadamente con la misma apuesta. No se pierdan Mientras haya bares, de Juan Tallón, un libro que debe disfrutarse con cuentagotas del que hablaremos próximamente.


Título: Vidas de santos
Autor: Antonio Lucas
Editorial: Círculo de Tiza 
Páginas: 330
Precio: 22 euros (rústica)  










Título: Ensayos bárbaros
Autor: Jordi Soler
Editorial: Círculo de Tiza 
Páginas: 234
Precio: 20 euros (rústica)  














lunes, 13 de junio de 2016

Entrevista: Sara Mesa, una escritora que Progresa Adecuadamente (PA)

Si algo bueno tiene la Feria de Madrid, aparte de la cantidad de libros por los que nos vemos tentados, es que muchas de las plumas (sabemos que hoy en día se escribe a ordenador, pero nos gusta la imagen de la pluma y el tintero) a las que leemos se suelen presentar a firmar con su editorial o librería amiga, o simplemente vienen a dar una vuelta por esta zona de El Retiro; y no solo eso, sino que algunas de ellas acceden a dejarse entrevistar por nosotros. Este es el caso de Sara Mesa, que se prestó amablemente a que la abordásemos con nuestras preguntas sobre sus novelas y su evolución como escritora.


P: Hemos leído que tuviste un encuentro tardío con la escritura, ¿qué piensas de esos autores precoces a los que tal vez les falten experiencias?

R: No se puede generalizar, hay personas que comenzaron a escribir jóvenes y han hecho cosas buenas. Pero partiendo de eso, sí creo, al menos en mi caso, que primero hay que vivir y luego escribir, la narrativa necesita una madurez en la mirada que normalmente te la aporta el tiempo. También creo que hay algo insano, cuando eres joven y estás aprendiendo a escribir, en formar parte ya del círculo literario, porque te puede estropear. Hay mucha gente que lo que quiere es ser escritor, pero no quieten tanto escribir, y eso se nota.


P: ¿Qué te llevó a la escritura en ese momento particular de tu vida?

R: No lo sé, porque nunca tuve una vocación clara de escribir. Sí que me gustaba mucho leer y leía mucho (lo continúo haciendo). Creo que llegó un momento en el que confluyeron las lecturas con mis propias experiencias y tuve la necesidad de contar y fue saliendo. Y la verdad que una vez que he empezado ya no puedo parar (risas).


P: En varios de tus libros hablas de la infancia y de la adolescencia, de esos cambios que traen a la vida de las personas. Vemos en Mala letra un retrato incómodo y certero de ambos periodos. ¿Qué te lleva a que sean unas constantes en tus libros?

R: Son constantes ahora, en los primeros escritos no. Creo que hay determinados momentos de la vida que se mira más hacia atrás, incluso hay momentos en los que me sobrevienen recuerdos de cuando era niña que había olvidado. Ahora mismo me interesa más ese periodo, que como comentaba, quizás se deba al momento vital en el que estoy. Ahora sé quién soy y quiero saber por qué soy cómo soy, y esa mirada no la tenía antes, la estoy empezando a tener ahora. De hecho es curioso que muchos autores han tratado el tema de la adolescencia y la infancia siendo ellos bastante mayores.


P: En Estados Unidos, por ejemplo, los mejores relatos actualmente son escritos por mujeres (como en su día hicieron autoras como Flannery O’Connor o Katherine Anne Porter), ¿a qué crees que se debe esa especial relación de las escritoras con los relatos? Mariana Enriquez, Samantha Schweblin

R: No sé si hay predilección de la mujer por el cuento, lo que sí puede ser es que últimamente hay una mayor sensibilidad por lo que escriben mujeres, porque las hay muy buenas. De hecho, últimamente he leído algunas autoras de cuento que son tremendas, como por ejemplo Lucia Berlin.


P: ¿Cuándo nació Cárdenas, en Cicatriz o en Nosotros, los blancos?

R: Cárdenas viene de Un incendio invisible, una novela que publiqué hace unos años, aunque luego también aparece en Cuatro por cuatro. Es un espacio que me sirve para situar la historia sin que tenga que ceñirme a una realidad, porque hay una cosa que me da mucha rabia, y es el típico lector que te comenta: «Si en ese año estaba tal bar abierto no podía estar abierto ese otro». Así que decidí crear un espacio propio. Pero ahora Cárdenas se ha vuelto contra mí, porque yo inventé esos espacios para no tener que ceñirme a una realidad, y ahora hay gente que me pide coherencia entre la Cárdenas de Cuatro por cuatro y la de Cicatriz, por ejemplo. Así que he caído en mi propia trampa (risas).




P: Muchos de tus textos hablan de ciudades imaginarias pegadas a la realidad al igual que hace Pablo Gutiérrez. Ambos realizáis denuncia social. ¿Qué similitudes o puntos de encuentro crees que tenéis en común?

R: Curiosamente estuve hace poco con él y estuvimos hablando justamente sobre esto. Es cierto que nuestro estilo y nuestros puntos de vista son completamente diferentes, pero hay una cercanía en la mirada, y él también me lo ha dicho. Yo creo que esto viene porque somos los dos del mismo año, con una educación similar, nuestros orígenes socio-culturales son muy parecidos también, los dos nos hemos criado en barrios obreros, y eso produce una sensibilidad común. La verdad que es uno de los escritores con los que me siento cercana.


P: Has dicho que si haces algo grande lo harás dentro del cuento. ¿Qué te ofrece el género del relato? ¿Por qué te encuentras más cómoda en él?

R: He escrito novelas y cuentos y reconozco que me encuentro más cómoda en el cuento. Creo que para mi manera de escribir, que trabajo mucho las elipsis, por el tipo de lenguaje que utilizo, encajan muy bien con el cuento. Una novela me cuesta más trabajo, y no por el hecho de que sea más larga, sino porque me cuesta más mantener una tensión interna, porque no soy de las que piensan que en la novela está todo permitido, y puedes permitirte licencias en la tensión argumental.


P: ¿Crees que la novela o el cuento ha de ser siempre social, político?

R: Toda literatura de alguna forma es política, lo que ocurre es que el alcance de lo político está muy difuso. Por ejemplo, Vila-Matas argumenta que Kafka es un escritor político, y efectivamente, si hoy en día te lees El proceso o algún otro de sus escritos tienen cabida en la política de hoy en día; y por otra parte, hay escritores que hacen libros políticos más inmediatos, más apegados a la actualidad. A mí, personalmente, me gustan más los primeros, en los que su alcance es mayor, digamos que son libros que tienen cabida en la actualidad política de varias generaciones, sin embargo los segundos están muy cercanos al momento.


P: ¿Cuándo escribes tienes presente al lector? ¿Buscas su incomodidad con ciertas situaciones, personajes o narradores que le hagan no solo disfrutar de la lectura sino hacerse preguntas?

R: No pienso en el lector nunca cuando escribo; cuando voy a publicar sí, es más, me preocupa bastante, no el hecho de que los textos vayan a gustar o no, sino, si se van a entender. Tampoco busco generar sensaciones incómodas, pero al final transmito mis sensaciones cuando escribo. Para mí la escritura es un cauce de expresión, donde muchas veces salen mis preocupaciones, obsesiones, pequeños traumas…, y eso cuando lo escribo se plasma en el papel.


P: ¿Qué evolución ves en tus libros que empezaste a escribir y a ser publicada? ¿Hay algún cambio consciente o son todos producto de una evolución natural?

R: Sí hay cambio. Es una evolución natural. Lo que es curioso, y esto lo ve más la gente de fuera, es que la Sara de hoy estaba ahí. Herralde por ejemplo me lo comentó: «Ya existía una proto-Sara en los primeros escritos». Y si tuviera que definir mi evolución, diría que mi escritura ha evolucionado hacia historias más directas. Cuando comencé era más miedosa, me daba respeto hablar y nombrar ciertas cosas, por eso durante mucho tiempo utilicé más alegorías y rodeos; pero a partir de Cicatriz creo que arriesgo más, soy menos simbólica, y reconozco que es más difícil.


P: ¿Qué títulos nos recomiendas?

R: Recomiendo leer a Lucia Berlin y Mariana Enriquez, dos libros de cuentos diferentes, pero excepcionales.


Primera fotografía tomada de ABC.

Segunda fotografía propiedad de Lupe de la Vallina.

miércoles, 8 de junio de 2016

Conversaciones con Giulio Einaudi: cómo preservar la cultura europea

La edición en Italia tiene varios nombres propios pero entre ellos destaca el de Giulio Einaudi. El de los editores es un papel complicado y muchas veces ingrato, sin embargo son, de algún modo, los últimos custodios de la cultura, al menos de la escrita. Por eso la colección Tipos móviles de la editorial Trama es necesaria e insuficiente aún. Las Conversaciones con Giulio Einaudi publicadas en 2010, repasan la trayectoria de Giulio Einaudi al frente de la editorial homónima desde sus comienzos hasta la crisis de 1983 que lo obligó a plegarse a las directrices de un gigante. El libro se compone de entrevistas a lo largo del tiempo, algunas acotadas, del editor italiano con el periodista Severino Cesari. Parecen unas entrevistas sinceras en las que Einaudi mira con nostalgia al pasado y no busca demasiados culpables, sino que más bien analiza las virtudes de la mítica editorial y las causas que la llevaron a su crisis definitiva. 



El principio del libro se centra en la génesis de la editorial y sus fundamentos ideológicos. Y es que Einaudi fue una editorial de referencia no solo en lo literario sino, sobre todo, en lo ideológico. Con una personalidad claramente de izquierdas, muchas veces excesivamente ligada al Partido Comunista, lo que les hizo publicar algunos títulos y vetar otros bajo las directrices de Rusia, consiguieron sin embargo ir conformando un catálogo amplio y, sobre todo, de calidad. Aunque la cabeza visible de la editorial era Einaudi como editor, lo cierto es que la idea surgió de Leone Ginzburg, quien consiguió fondos procedentes de varios donantes que después no se implicaron en la editorial, y reclutó a Giulio Einaudi, quien con menos de veinte años ya había demostrado ser muy capaz de llevar adelante una editorial. Sí, lo han leído bien: con menos de veinte años. En España tenemos el ejemplo de Manuel Borrás, otro de los pesos pesados de la edición, quien también comenzó con esa edad en la que parece que la mayoría se dedican a remojar el gaznate en bares de mala muerte. 

Algunos de los componentes de la editorial fueron pronto arrestados y pasaron varios años en la cárcel. Eran los años duros del régimen de Mussolini. Y en el trabajo diario de la editorial eran Vittorini y Pavese los que mandaban en la selección y edición de los títulos. Muchas veces chocaban, pues Vittorini tenía una fuerte conciencia ideológica, mientras que a Pavese todo eso «le importaba un bledo». Pero las colecciones se sucedían y se iba conformando poco a poco el catálogo: los ensayos de filosofía y de arte, los de ciencias , por supuesto,y la literatura. 

Algunos años después llegó Calvino, quien se entendió muy bien con Pavese, si bien este pronto se suicidó. Fue probablemente con la llegada de Calvino, Norberto Bobbio y Natalia Ginzburg cuando las colecciones de ciencias y de literatura alcanzaron mayor éxito. No hay que olvidar que Einaudi publicó a los mejores escritores italianos, a algunos de ellos su obra completa. Allí publicaron el propio Calvino, Gadda, Sciascia, Pavese, Svevo, Manganelli, Carlo Levi, Elsa Morante, Pasolini… Y entre los autores extranjeros se hicieron con Borges, Thomas Mann o Faulkner. Un catálogo envidiable, en suma.   

Además, en los años sesenta Einaudi fue el promotor, junto con Carlos Barral, de los premios Formentor, para lo cual fueron capaces de reclutar a algunas de las mejores editoriales de Europa, Gallimard entre ellas. Así, hacían frente de algún modo a las injusticias de los Nobel y, a eso le sumaban un premio a autores noveles o no consagrados aún cuyo título premiado publicaban casi quince editoriales auropeas al mismo tiempo. Autores que recibieron el Formentor: Borges, Gadda, Uwe Johnson…

A finales de los 60 hubo una gran escisión en la editorial, una escisión ideológica, de hecho, de modo que algunos de los mejores componentes de la editorial se marcharon. Einaudi no culpa a nadie, simplemente reconoce que la gestión no fue la adecuada. Las decisiones se tomaban en reuniones cada miércoles por lo que si hubo alguna culpa, esta fue colectiva. Giulio confiesa que tras aquella escisión la editorial siguió su actividad de un modo un tanto abúlico, mediante automatismos, lo que les llevaría a la gran crisis del 83. 

Con el capítulo de la crisis del 83 se cierra el libro. La gestión económica e Einaudi estuvo lastrada casi desde el inicio por los intereses que habían de pagar por los créditos que se fueron sucediendo para tratar de ampliar el capital de la editorial y hacer frente a las nuevas deudas que se iban generando. A pesar de deshacerse de algunas de sus colecciones más preciadas, que pasaron a Mondadori o Adelphi, nunca consiguieron recuperarse del todo, hasta que Einaudi decidió vender la editorial, que hoy pertenece al grupo Random. 

Son estas conversaciones un buen reflejo del que fue uno de los baluartes culturales de la Europa de la segunda mitad de siglo pasado, que otros en España, como la editorial Anagrama, tomaron como modelo para construir las suyas, y que aún sigue siendo un referente por su apuesta por la calidad y por la función de las editoriales culturales que parece un tanto perdida, de garante de ese humanismo del que Europa presumió alguna vez. Un libro muy recomendable para conocer los entresijos de una editorial grande, no por su poder económico, sino por su relevancia cultural, que es lo que debería primar cuando denominamos grande a una editorial. 

Título: Conversaciones con Giulio Einaudi
Autor: Severino Cesari
Traducción: Esther Benítez
Páginas: 220
Precio: 20 euros (rústica).  

miércoles, 1 de junio de 2016

Las contactos furtivos, de Antonio Rabinad: realismo social de posguerra… pero del bueno

La tradición de escritores realistas en España ha sido vasta y, por supuesto, desigual. Y de entre ese amplio espectro de autores, muchos han pasado desapercibidos, sepultados bajo el peso del tiempo y de otros autores que lograron mayores éxitos. Antonio Rabinad, desconocido para muchos, es seguramente uno de esos desconocidos que merecieron mejor suerte.

La primera novela de Rabinad, Los contactos furtivos, ­–un título maravilloso, por cierto– le hizo merecedor en 1952 del Premio Internacional de Novela José Janés, hoy extinguido. Es en las primeras novelas donde suele vislumbrarse el potencial de la mayoría de los autores, y en Rabinad los mimbres de buen autor saltan a la vista del que sería autor de Memento Mori, seguramente la mejor de sus novelas.



Los contactos furtivos es una novela coral, ambientada en el barrio de El Clot de Barcelona, y en la que destacan dos protagonistas claros, Luis Rodell y Juan Doriac: uno es joven y soñador, y se resiste a afrontar la realidad que le ha tocado vivir, la de la posguerra, mientras que el otro es mayor, inválido y profesor de un colegio donde los alumnos lo adoran, pero sus deseos sexuales hacia las mujeres están ahí, siempre exponiéndose pero sin llegar a expresarse del todo. Después están Celia, la esposa de Doriac, huida de la casa de su tío, que la apreciaba más como mujer que como su sobrina, y también está Pilar, una solterona independiente, demasiado quizás para la época, y otra suerte de personajes cuyas vidas se entrecruzan.

El ambiente que muestra Rabinad es el de una Barcelona pobre y miserable, en la que la muerte es ubicua, y también el sexo, expresado en todas sus formas posibles. Si Luis Rodell lo vive como un mal necesario cuando visita a las prostitutas, mientras vive apesadumbrado por un amor que no es correspondido, para Doriac el sexo es algo inalcanzable y al mismo tiempo un tabú, una tortura y un dilema moral. Su mujer Celia, por el contrario, experimentará el sexo como una liberación.

La prosa de Rabinad, aunque sencilla, es por momentos preciosista, muy anclada en el detalle, elegante. Su mayor acierto ­–también su mayor fallo, aunque parezca paradójico– es su gran capacidad para crear personajes, con los que en seguida se empatiza. Y eso es un problema en una novela coral, porque cuando uno quiere saber más de uno de ellos, este se diluye en la narración. Sirva de ejemplo, en los comienzos del libro, un contacto furtivo que siente una mujer en el cine. Ella está sentada junto a su marido, ambos enfadados por alguna minucia, pero ella no quiere ni verlo. Un hombre al que ella no alcanza a ver se sienta a su lado y alarga la mano para tocarle la pierna. Ella, que cualquier otro día se levantaría escandalizada, ese día decide dejarse hacer. La mano asciende por su pierna y cuando va a alcanzar la pelvis se desvía y toma su mano. Y así permanecen ambos, con las manos entrelazadas durante toda la película. El episodio es hermoso y revela la necesidad de afecto y calor humano en unos tiempos durísimos. Sin embargo, queda un tanto escondido entre la maraña de sucesos de la novela. No se trata de un error, ya que es una elección consciente de Rabinad al escribir la obra que ese tipo de episodios se sucedan sin demasiada conexión unos con otros, pero en ciertos momentos se echa de menos un mayor desarrollo de algunos de ellos.

La muerte, como ya hemos apuntado, es también parte importante de la novela. De hecho, la novela comienza con una muerte y esta la recorre sin pausa, como una presencia inevitable y necesaria. Venimos de la guerra y vivimos años de hambre y miseria, de ganarse la vida a toda costa. La muerte es ciega.

Los contactos furtivos no tuvo la suerte de otras excelentes obras centradas en el realismo social de la época como El Jarama (de hecho, ambas se publicaron en 1956, si bien Los contactos furtivos se intentó publicar en 1952, pero la censura frenó dicha publicación) o Los bravos, ambas mucho más elogiadas que esta, de la que nadie apenas se acuerda hoy. Y es que Rabinad fue contemporáneo de Barral, Marsé, García Hortelano o Vázquez Montalbán, pero por razones no muy claras, nunca fue adscrito a esa generación. Escribe Vázquez Montalván en el prólogo a la edición completa de 1985 de Bruguera que la obra no tuvo el respaldo que merecía en su época, quizás debido a que la sociedad aún no estaba preparada para recibirla, y que era en los 80, una vez superadas algunos recelos y en los que la sociedad había madurado considerablemente, cuando realmente sería apreciada. A pesar de ello, la obra sigue siendo uno de esos pequeños tesoros ocultos que, sin llegar a ser una obra maestra, es una muestra de buen saber hacer literario. La pena es que quizá ese tiempo, que en los 80 era el adecuado, ya ha sido superado y ahora, para el lector corriente que alterna la lectura de una página con los últimos mensajes que ha recibido en el teléfono móvil, quizás sea vista como un producto anacrónico, fruto de una época que no nos ha tocado vivir y que, por tanto, es mejor olvidar. Ellos se lo pierden.

Título: Los contactos furtivos
Autor: Antonio Rabinad
Editorial: Bruguera

Páginas: 224 

lunes, 30 de mayo de 2016

El presentimiento: la necesidad de reivindicar a Emmanuel Bove

Todos aquellos que leen Mis amigos caen rendidos ante el talento y sensibilidad de Emmanuel Bove. Pocas novelas tan breves tienen la fuerza de las tristes andanzas de Victor Bâton. Colette, la primera editora de Bove, al descubrir a este autor único no dudó en publicarlo. Pero a pesar de su calidad literaria y del potente mensaje de sus textos, Bove solo disfrutó de un éxito fugaz y quedó rápidamente relegado al olvido, del que tan solo le rescató Samuel Beckett, quien encontró en la lengua francesa y su literatura una segunda patria.

La editorial Pasos perdidos reivindica la importancia de Bove dentro de la literatura europea de la primera mitad del siglo XX y esta vez ofrece una nueva novela centrada en otro ser incomprendido y solitario. Charles Benestau, un abogado de clase alta perteneciente a una familia de industriales, decide de la noche a la mañana romper con su profesión, su mujer y sus hijos y hasta su amante. Pero no huye lejos de su majestuoso piso parisino sino que decide iniciar una segunda parte de su vida en un barrio de clase obrera. Alquila un pequeño apartamento de tres habitaciones y dedica su tiempo a pasear y escribir sus recuerdos sin propósito alguno. Cree haber encontrado una vida auténtica, libre de oscuros intereses, en un lugar donde sus vecinos se dedican tan solo a trabajar para sostener sus miserables vidas.

Charles desea convertirse de manera inconsciente en un salvador de varias de esas almas torturadas y perdidas y, lejos de encontrar agradecimiento, recibe el odio sinsentido y grandes dosis de envidia. En lugar de huir a un nuevo refugio, y aislarse por fin de una humanidad que le hastía, parece dejarse morir, resignado al fracaso de su tan ansiado proyecto.

Con una prosa lacónica y certera Bove despliega de nuevo su maestría al construir un protagonista inolvidable y una corte de secundarios que encarnaban entonces (y aún hoy) a la mayor parte de la sociedad. Si Victor Bâton hacía todo lo posible por encontrar un solo amigo, Charles Benestau quiere disfrutar de la soledad pero sin dejar de ayudar a los que le rodean. El resultado en ambos casos es el mismo, individuos marginados por llevar vidas alejadas de lo que se consideraba normal.


Además, recupera un París de posguerra, una ciudad que desea olvidar las terribles consecuencias, sus muertos y a los excombatientes que abandonan hospitales y trincheras para volver a un mundo que huye de sus uniformes raídos y malolientes. Bove se detiene en lo minúsculo, en lo que nadie repara pero también centra su mirada en un país implacable con los suyos. Las últimas páginas de El presentimiento son sobrecogedoras, golpean de manera similar a como lo hace Mis amigos. No dejen de conocer a Emmanuel Bove, hay pocos escritores que retraten con tanta hondura la soledad humana.


Título: El presentimiento 
Autor: Emmanuel Bove 
Traductora: Mercedes Noriega Bosch 
Editorial: Pasos perdidos
Páginas: 162
Precio: 15,90 euros