jueves, 28 de julio de 2016

Entrevista: Pablo Mazo, diez años de Salto de Página

Hay editoriales, que muchos conocemos y leemos, que son casi una especie de escuela de magia, ya que, sin disponer de un enorme colchón financiero ni unos extensos recursos de personal, continúan ocupando, gracias a su pasión por los libros, un espacio en las mesas de novedades y en las estanterías de las librerías; por eso, cada año de vida que cumplen estas editoriales es motivo de celebración para nosotros, los lectores. Si no solo es un año, sino diez años de existencia, como es el caso de la editorial de Salto de Página, pues queda claro que tenemos mucho que celebrar, y por ello, hemos querido entrevistar a uno de sus editores, Pablo Mazo, al que le preguntamos sobre los inicios de la editorial, el momento actual y los planes futuros. Desde nuestro humilde espacio solo podemos agradecer su tiempo a Pablo y felicitarlo por el décimo aniversario de Salto de Página.

P: ¿Quiénes sois Salto de Página y cómo surgió la editorial?

R: Es un proyecto editorial que surgió en 2006 de la mano Daniel Martínez y Pablo Mazo. Nuestra  apuesta inicial, y creo que hemos conseguido mantenerla en buena medida, era publicar autores españoles noveles o emergentes e intercalarlos con autores hispanoamericanos consagrados en sus respectivos países, pero desconocidos para el lector español. Otro aspecto que queríamos que fuese una seña de identidad de la editorial, en cuanto a los contenidos, era que fuese una línea centrada en una concepción bastante clásica de la narrativa; que bebiera en los géneros populares, que se acercase a ellos con cierta frescura, con heterodoxia. Luego todo ello lo hemos ido modelando con lo que el mercado y la crisis nos ha ido permitiendo, pero creo que durante estos diez años hemos sido más o menos fieles a esa idea inicial.


P: También tenéis poesía…

R: Sí, publicamos entre cuatro y seis libros al año. Son proyectos que casi siempre vienen sugeridos por colaboradores o amigos de la editorial, y curiosamente son proyectos que salen con mucha más facilidad que los de narrativa, no solo porque suelen ser libros de producción sencilla, sino porque como hay, para nuestra sorpresa, un cierto vacío en la edición de poesía en España, parece que mucha gente le ha cogido miedo a editar poesía, y en el fondo hay pocos editando poesía bien. Lógicamente están los editores de toda la vida como Visor e Hiperión, y algunas otras más nuevas que hacen cosas fabulosas, como Vaso Roto, pero no hay mucho más donde elegir. Así que supongo que contribuimos a cubrir ese hueco que hay en las mesas de novedades, y siempre hay proyectos interesantes.


P: ¿Cómo ves la actualidad de los autores españoles e hispanoamericanos?


R: No me atrevo a meterme en el berenjenal de si hay más calidad, menos o igual aquí o allá; sobre todo porque necesitaría de un nivel de conocimiento de algunas literaturas hispanoamericanas que no poseo, porque a veces hablamos de literatura hispanoamericana cuando son muchos países con literaturas diversas. Y si pienso en los países cuya producción literaria conozco algo mejor, tampoco me atrevería a decir que es en conjunto mejor o peor que la española. Lo que sí creo, y es algo que es de lamentar, es que hay poco interés mutuo, quizás por cómo están nuestros respectivos mercados, lo cual es ya digo una pena. Pero me alegra ver que siempre hay editoriales que recogen ese testigo y se convierten en archipiélagos que arriesgan, pienso en Sexto Piso o Demipage, que han cogido el testigo que hace unos años llevaban otros sellos.


P: ¿De qué autor o autores estáis más orgullosos haber descubierto o recuperado?

R: Hay muchos, la verdad, no exclusivamente de haberlos «descubierto», sino de haber tenido la suerte de trabajar con ellos en determinado periodo de su trayectoria. Pienso, por ejemplo, en toda una generación de autores de Bilbao donde creo que, no sé si casualmente, han coincidido una serie de autores del municipio más o menos de la misma generación que tienen una producción extraordinaria, que para mí son de lo mejor de la narrativa española actual (hablo de autores que escriben en castellano porque desconozco la producción en euskera): estoy pensando en Jon Bilbao, Juan Carlos Márquez, Aixa de la Cruz, Nere Basabe, Izaskun Gracia… O haber publicado a Juan Gómez Bárcena, que me parece un autor extraordinario, quizás uno de los más brillantes de su generación, y que tiene ya una trayectoria importante. O cuentistas como Matias Candeira. Y de lo más reciente, Marcelo Luján…


P: ¿Crees que una editorial puede hacer algo para fomentar la lectura? Más allá de publicar libros, que no es poco.

R: No creo que la industria editorial sea un agente que pueda intervenir demasiado en formación de lectores, si pensamos que ese es un gusanillo que te tiene que picar en tu más tierna infancia; y a menos que te dediques a la edición de infantil, el resto creo que poco podemos hacer sobre eso. Yo sí pienso que desde luego el sistema educativo tiene que replantearse en serio si la mejor forma de hacer sexy la lectura a los niños es atacar el cantar de mío Cid o La celestina, y además, de la forma tan envejecida en que a menudo se hace. Para mi afición a la lectura hizo muchísimo más una mala traducción de La isla del tesoro que la enseñanza de literatura en bachillerato (con la excepción de un profesor extraordinario que tuve en COU, y que pasaba olímpicamente del libro de texto).


P: ¿Qué te gustaría o te hubiese gustado que te preguntase como editor?

R: Me gustaría que me preguntasen de vez en cuando, con sincero interés, cómo es posible eso de que no podamos leer. Esta es una cuestión, sobre todo a los que trabajamos con escritores noveles, de la que nos gustaría dar cuenta porque a menudo la gente no parece entender que tenemos un problema, porque evidentemente es un problema serio, un problema para todos, el que los editores no podamos leer, pero que tiene una explicación. Porque os aseguro que a mí me encantaría leer, pero esta no es una profesión como a veces se idealiza en el que uno está sentado en un sillón de orejas, con una pipa y un manuscrito en la otra mano. Sencillamente, la jornada laboral, y hablamos de jornadas a veces monstruosas, se te van en otros tipos de trabajo, como en contestar correos, gestiones, trato con distribuidores, prensa, edición, maquetación…, y por desgracia, siempre tienen prioridad sobre la lectura de manuscritos. A esto hay que sumar que el volumen de propuestas que llegan en un momento como este, en el que la industria es un tapón para autores noveles o emergentes, porque es muy difícil hacerlos rentables, es muy grande. Por desgracia a veces no podemos leer ni el 10% de lo que recibimos, ni una parte de ese 10% que seleccionamos con la ingenua intención de valorarlo.


P: Edición ficción: si tuvieses todo el dinero del mundo y pudieses publicar a quien quisieses, aunque fuese de otra editorial, ¿a quién te gustaría haber publicado o publicar?

R: No sé yo si tuviera todo el dinero del mundo si querría seguir dedicándome a esto (risas). Pues me gustan muchos autores norteamericanos, sería un lujo haber podido editar a Don DeLillo, Michael Chabon, Doctorow, o Lethem…


P: ¿Qué autores nos recomiendas seguir de vuestro catálogo?

R: Por remitirme a los autores con los que he trabajado en este último periodo de la editorial, y esta es siempre una pregunta difícil, creo que hay que seguir la pista a Marcelo Luján, Juan Gómez Bárcena, Aixa de la Cruz, e insisto, si me remontara hacia atrás podría decir muchos otros.


P: Planes futuros

R: Pues no sabría decirte, estoy ahora mismo concentrado en cerrar la producción del semestre y planifico poco; para desesperación de nuestro distribuidor, no me adelanto mucho al calendario. La ventaja de las editoriales pequeñas es que tenemos cintura y capacidad de reacción, o sea que si yo este fin de semana leo un manuscrito que me gusta lo puedo programar para septiembre u octubre, así que no tengo claro el catálogo del último trimestre. Pero vamos, el objetivo de un proyecto como el nuestro es sobrevivir, básicamente. Ese es el plan (risas). 

martes, 26 de julio de 2016

A propósito de Georges Perec (I): En Perec no solo hay un par de letras e

Escritor francés, fallecido hace más de treinta años y, sin embargo, contemporáneo como pocos, a Georges Perec (París, 1936-Ivry-sur-Seine, 1982) se le conoce, entre otras cosas, por ser un adicto creador de crucigramas, documentalista en un instituto de Neurofisiología de París, sociólogo, miembro de Oulipo y autor de algunos de los libros más originales del siglo pasado, como uno en el que no aparecía la letra e (La disparition), otro en el que solo aparecía la vocal e (Les revenentes), ese otro que agotaba un árbol de decisiones dicotómicas (El aumento y El arte de abordar a su jefe de servicio para pedirle un aumento) y otro que describía (casi) todas las cosas que pasaron ante sus ojos durante tres días en una plaza de París (Tentativa de agotar un lugar parisino).



Hay autores que han pasado a la historia por cuestiones más bien periféricas al núcleo de su obra y, en el caso de Perec, así parece haber sido. Al pobre de Umbral poca gente lo recuerda por haber escrito uno de los mejores libros del siglo xx en España, Mortal y rosa, y sin embargo, todo hijo de vecino es capaz de enunciar ese «Yo he venido aquí a hablar de mi libro»; muchos saben de las curdas de Hemingway, de Lowry o del asesinato accidental de la mujer de Burroughs por parte de este, pero no han leído una sola línea de ellos. Con Perec, ocurre, sin llegar a esos extremos, algo similar. Cuando aparece su nombre habitualmente es para ligarlo a lo exótico de su obra, a sus malabares lingüísticos o los planteamientos previos de sus obras, que es como quedarse dando mordiscos a la cáscara del fruto y no acceder a la pulpa, donde está lo realmente sabroso.

La obra de Perec va mucho más allá del artificio y de la puesta en escena de las constricciones oulipianas. Obviarlas sería una necedad, pero quedarse en ellas sin tratar de ensayar un análisis más profundo de su obra es ceñirse a utilizar uno de esos programas informáticos tan de moda entre los lingüistas que miden el número de palabras diferentes o los signos de puntuación que se han utilizado en un texto pero que nada dicen sobre su significado o sus consecuencias. Y es que para lo que estamos aquí es para reivindicar el valor de la obra de Perec, no solo en cuanto a su concepción formal, sino con respecto a su profundidad temática y sus implicaciones en cuestiones que llegan mucho más allá de lo literario.

Comenzaremos con el que es uno de sus libros más importantes, a pesar de ser de los primeros (o posiblemente, por eso). Las cosas (Anagrama), obra ganadora del premio Renaudot en 1965 fue su primera novela publicada. A nivel formal en ese libro ya se advierten algunos de los sellos de identidad de Perec, como las descripciones minuciosas de objetos, personajes algo desdibujados, más bien arquetipos, e innovaciones como el hecho de comenzar una novela con un condicional, algo poco frecuente. Pero es que además esa novela es una radiografía de la clase media francesa de los años 60 que, por desgracia, sigue siendo la misma que la actual, y expandida a muchos otros países, como España. Jóvenes veinteañeros o treintañeros con una carrera recién terminada, con vagas expectativas laborales y vitales, bien formados, inexpertos e inmersos en un consumismo que no pueden permitirse pero del que aun así participan. Si se quiere leer hoy día un retrato fotográfico de nuestra realidad no hace falta leer a Chirbes, ni a Marta Sanz, basta leer Las cosas y comprenderemos muchos de los males de la clase media (mejor llamada obrera) europea.

Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían tenido el tacto, la discreción necesarios. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla. No se habrían vanagloriado de ella. La habrían respirado. Sus placeres habrían sido intensos. Les habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir.

Otro de sus mejores libros es Un hombre que duerme (Impedimenta), una de sus obras maestras, aunque con frecuencia olvidada entre su producción. Se trata de un texto existencialista llevado al extremo. Un joven que un buen día decide no acudir a un examen y abandonarse a la mera existencia, al hecho de existir por existir, un cierto camino hacia la nada pero desde la existencia. Se aísla de su familia, de sus amigos, los otros no son sino individualidades, como él mismo, con los que poco o nada tiene que ver. Es también una obra que parte desde una concepción social de aquel de quien se espera mucho y que, sin embargo, es incapaz de ofrecer nada. El personaje advierte esa contradicción que supone vivir, esforzarse, ser, para, tan solo, llegar a la muerte como cualquier otro. Un texto imprescindible de Perec para el que también escribió un guion de cine.

Otro de esos textos que un buen lector no puede perderse es Especies de espacios (Montesinos), una descripción, en orden de tamaño, de menor a mayor, de los distintos espacios que habitamos. Comienza en la página en blanco y se extiende hasta el infinito, pasando por la habitación, la casa, el barrio o ese concepto tan complejo que es la nación. Partimos, de hecho, de una frase del prólogo que define la idea de la obra, y que debería estar inscrita a fuego en la mente de cada uno de nosotros: «Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible por no golpearse». A partir de esta premisa se establece una relación entre la persona (ya sea el autor o el propio lector) con los espacios que habita, e incita a la reflexión sobre los espacios no referidos ­–el lugar de trabajo, la escuela, la universidad, la tienda en la que compramos el pan cada día–, es decir, esos espacios cotidianos que no son obstáculo sino una prolongación más de nuestro cuerpo, en los que ya nada se escapa a nuestros sentidos y no hay impedimento alguno para nuestros gestos.

John O´Keefe descubrió en 1974 las células de lugar. En 2005, el matrimonio compuesto por May-Britt y Edward Moser y los estudiantes de su laboratorio describieron las células en red en ratas que se movían en distintos espacios. Estas células, las de lugar y en red se encargan de que no nos perdamos en el espacio, nos sitúan en él, crean un mapa que nos ayuda a posicionarnos en la nada. Especies de espacios no es un relato, tampoco una enumeración aleatoria o meramente ornamental, es un reflexión profunda sobre nuestra relación con lo que nos rodea, es la voz de nuestras células de lugar y en red. Perec expande así la geometría al campo literario, la define con otros parámetros, sociológicos, antropológicos y, por descontado, artísticos.

Llegamos al más íntimo y desgarrado (si es que con Perec podemos hablar alguna vez en esos términos) de sus libros, que es W o el recuerdo de la infancia. Se trata de una biografía de sus primeros años, nada exhaustiva –la memoria nunca lo es– en la que entra de lleno en sus orígenes judíos, la muerte de su padre en el frente de la segunda guerra mundial y la de su madre y sus abuelos en un campo de concentración nazi. Perec no podía escribir un relato sensiblero, por lo que intercala el relato de su infancia con el de una civilización que vive en una isla cercana a la Tierra de fuego en la que es muy patente la idiosincrasia nazi del superhombre. No hay lamentos del autor en el libro, tan solo un inventario de recuerdos en los que lo subjetivo apenas se cuela para informarnos sobre la fragilidad de dichos recuerdos y centrarse en la descripción de algunas fotografías que aún conserva. No busca culpables y no exige castigos. Se ciñe a construir una obra en la que la literatura sirve al fin de hacer explícitas sus vivencias sobre una hoja de papel. Posiblemente se trate del libro más íntimo y hermoso –sí, he escrito hermoso– del autor francés.

Por último, nos detendremos en su obra maestra, La vida instrucciones de uso, título que da nombre a nuestro blog, por si alguien no lo había advertido a estas horas. Obra maestra porque es la mejor de sus obras y porque lo es en términos absolutos. Leer cualquiera de las obras de Perec es una experiencia inédita en dos sentidos. El primero, obvio, es que se está leyendo una obra que no se ha leído antes (es decir, un argumento de perogrullo); el segundo, que la mayoría de sus obras son absolutamente originales desde un punto de vista formal y, en esta que nos ocupa, ese carácter inédito en lo formal tiende a lo barroco. A Perec le concedieron el premio Médicis en 1978 por la publicación de esta novela. 

La vida instrucciones de uso es un compendio de todas sus obras anteriores, es algo así como el resultado de toda una vida literaria al servicio de una obra final (sin ser su obra final). Es una reflexión sobre la necesidad (utilidad, si se quiere) del arte, una novela sociológica, una elegía de los objetos inanimados que nos rodean de forma consuetudinaria, un ejemplo de diversas constricciones al servicio de una novela y una lección de escritura que ningún taller literario es capaz de enseñar. La virtuosidad al servicio del ingenio. Se trata de una novela coral en la que Perec describe las peripecias de los habitantes de un edificio, como la Rue del Percebe de Ibáñez pero poniendo en juego mil y un artificios imposibles de enumerar (para los aficionados a Perec, hay que decir que se publicó, en francés, un gran libro que contiene muchos de los secretos de esta obra, que incluye páginas manuscritas y muchas otras sorpresas). En esas descripciones hay dramas, misterios, vidas anodinas y un millonario que decide iniciar la empresa de su vida: pintar una serie de acuarelas en diferentes localizaciones, crear puzzles a partir de ellas y después desvanecerlas, como si nada hubiese ocurrido.

Su última novela publicada en vida, El gabinete de un aficionado, es una suerte de apéndice La vida instrucciones de uso en la que el hijo de un millonario saca a subasta una colección de cuadros que pronto alcanza enorme resonancia y por la que se puja con denuedo, todo ello motivado por un gran cuadro que los contiene a todos. No podemos seguir con el argumento porque sería descubrirlo. Sin embargo, en esta obra está ese espíritu descriptivo hasta el trampantojo tan propio de Perec y que en esta obra, y en La vida instrucciones de uso, alcanza sus mayores cotas.

No nos quedemos por tanto con el Perec de las artes combinatorias, con el fullero, con el jugador letrado, quedémonos con el intelectual, con un escritor que empleaba formas inéditas para cuestionar el modelo social, para retratar la inutilidad del arte, pero haciendo arte. Quedémonos con que en Perec no hay solo un par de letras e.

Continuará...

viernes, 22 de julio de 2016

Su pasatiempo favorito, de William Gaddis: ¿estás con él o contra él?

Para algunos treintañeros que no solemos hacer demasiadas visitas a los catálogos antiguos de las editoriales, William Gaddis era desconocido para nosotros –lo sé, un pecado– hasta hace tan solo unos pocos años, más concretamente desde que la editorial Sexto Piso comenzó a recuperar sus obras. Después han desempolvado también a Barth, y otra excelente editorial como Pálido fuego está recuperando a Coover, es decir, algunos de esos autores estadounidenses, junto, por ejemplo, a Donald Barthelme (publicado por Automática en 2013), que eran los que partían la pana allá por los 60 y que han seguido publicando obras maestras casi sin parar. 



La última recuperación de Gaddis por parte de Sexto Piso ha sido Su pasatiempo favorito, con la que el autor se centró en el sistema judicial estadounidense, una forma de negocio como otra cualquiera y que allí es casi religión. Con esta obra, publicada en 1994, que en seguida publicó Destino y que ahora llega a nuestras manos, a Gaddis le concedieron por segunda vez el National Book Award que ya le habían concedido por Jotaerre. En ella nos encontramos con Oscar Crease, un tipo aparentemente intelectual, hijo de un anciano y prestigioso juez, que ha escrito una obra dramática, que es profesor de historia y que comienza a pleitear casi por diversión. No es así, pues sus desinformadas y amargas palabras habitan la obra y sus cambios de humor son constantes a medida que se van desarrollando los distintos pleitos en los que decide involucrarse. En realidad, si uno lo piensa bien, el pasatiempo es el de los estadounidenses, que se meten en juicios como quien echa partidas de parchís con su abuela los fines de semana.

Pero, ¿interesa la trama en un libro de Gaddis? ¿Interesa en Los reconocimientos, en Jotaerre, en Gótico carpintero, en Ágape se paga? No, la trama no interesa, lo que interesa de la literatura de Gaddis, y hay pocos autores que lleguen a alcanzar este logro, son sus ideas y su estilo. La trama es baladí. Podría describirnos otros juicios, situar a los personajes en otro ambiente diferente, incluso podrían hablar de otro modo, y aun así conseguiría transmitirnos sus ideas sobre el sistema judicial estadounidense, una máquina de hacer dinero en la que las personas que deciden pleitear se ven atrapadas en una rueda que no cesa de girar y se convierten en hámsters que saltan de una a otra –los distintos tribunales de apelación e instituciones varias– sin conseguir deshacerse ya de las minutas de los abogados, que es lo que termina por decidirles a llevar hasta sus últimas consecuencias su demanda, pues de otro modo no podrán hacer frente a los honorarios de los picapleitos. Y, por supuesto, por encima de eso, la idea que propone Gaddis desde la primera página: las leyes no imparten justicia, eso es tan solo una aspiración –noble incluso, por qué no– pues en la práctica las leyes no son sino pequeños obstáculos para los que ostentan el poder, apenas un badén que les roza un poquito los bajos del deportivo último modelo. 

Los personajes de Gaddis son alocados, hablan sin parar, en algunos casos sin saber de lo que hablan (el mejor ejemplo en este caso es Oscar Crease), en otros son bienintencionados, como su cuñado Harry, en otros son oportunistas, como Majara Pai, un abogado indio que va a por todas en el mundo de la abogacía, y las hay obsesionadas con la comida y no tan tontas como parecen, como Christina, la hermana de Oscar. Entre tanto, juicios de lo más extravagantes, desde un perro que queda atrapado en una estatua, hasta la iglesia episcopaliana demandando a Pepsi por utilizar su nombre para desprestigiarla, o la acusación de homicidio a un predicador que, mientras bautiza a un niño en un río, una corriente le arranca a este de los brazos y se ahoga. Es decir peripecias de todos los colores que plantean dilemas extremos. 

Con Gaddis ocurre como con Bush cuando se lanzó a derrocar a Sadam: o estás con él o estás contra él. No hay grises cuando uno se enfrenta a su lectura. Pasar por sus obras como quien pasea por un erial es imposible. O acabas amándolo, y decides revolcarte en esos diálogos en los que se cae como quien entra en una fiesta en la que ya todo el mundo está borracho y solo las vas cazando al vuelo poco a poco, o lo odias porque te sientes como en esa otra fiesta a la que te han invitado por compromiso, y tú también has ido por compromiso, y te presentas con tu esmoquin y tus guantes, cuando resulta que nadie te dijo que se trataba de una fiesta hawaiana. Pero es que además Su pasatiempo favorito está repleto de sentencias judiciales que no se resuelven en un par de párrafos, sino que ocupan diez y hasta veinte páginas, también encontramos varias escenas de la obra de teatro de Oscar Crease, locuciones que provienen del televisor e incluso alguna que otra descripción de actos sexuales insertados entre tanta locura. Lo dicho, o uno se suma a la fiesta, comienza a beber y termina poniéndose la corbata en la cabeza, o lo va a pasar mal con Gaddis. 

De sus novelas probablemente Gótico carpintero y Su pasatiempo favorito sean las más accesibles o, más bien, las menos complicadas. En esta última, sin embargo, la longitud echará para atrás a más de uno: casi setecientas páginas en un mamotreto que en otras ediciones podría alcanzar sin problemas las novecientas. Sin embargo, no somos amigos de aterrorizar al lector, sino más bien de invitarlo a la lectura, y en el caso de Gaddis lo hacemos con placer. Pascal decía que ser creyente era una buena apuesta porque si Dios existía, eso que te llevabas, y si no, tampoco habías perdido tanto. Con Gaddis ocurre lo mismo que con Dios, si te aventuras en sus páginas y lo disfrutas, te habrás hecho con un autor para toda la vida, con la seguridad de que cada vez que vuelvas a él pasarán un rato genial; por el contrario, si resulta que a las cincuenta páginas ya no lo soportas, tampoco habrá sido tiempo perdido: siempre podrás poner a caer de un burro a un entusiasta de él, como este servidor. 

Título: Su pasatiempo favorito
Autor: William Gaddis
Traducción: Flora Casas
Editorial: Sexto Piso
Páginas: 696
Precio: 30 eur (rústica)





Fotografías tomadas de www.thisrecording.com


lunes, 18 de julio de 2016

Lecturas no obligatorias, de Wislawa Szymborska: la erudición sin pedantería

El arte de la reseña es ingrato, generalmente desinteresado y, las más de las veces, banal. No deja de ser un acto de narcisismo en el que alguien comparte una lectura con los demás, y no una lectura, sino su lectura. En eso consiste Lecturas no obligatorias, de la premio Nobel Wisława Szymborska, un conjunto de reseñas aparecidas en un periódico polaco durante más de una década en las que la poeta daba rienda suelta a su saber literario combinado con su inventiva.

Lecturas no obligatorias parte de la idea de reseñar obras que no están en el canon literario y que no lo estarán nunca. Son, por lo general, ese tipo de obras que encontramos vendidas a precio de saldo unos años después de su publicación: obras de autoayuda, de modales, divulgación científica, antropología, ensayos históricos… Todo le vale a Szymborska con tal de escribir unas líneas que la mayoría de las veces tienen poca relación con el texto al que hacen referencia, y ensaya otro arte muy útil en el mundo de la reseña como es la disgresión.


Los textos de Szymborska son cercanos y, en muchos casos, humorísticos. La autora es capaz de hablar de listas de tiranos, sorprendiéndose de estar comparando las atrocidades de unos y otros, puede enumerar los clichés de un buen melodrama o reconocer que unas muchachas que viajan en un tren, sin ser muy guapas, al menos no están lisiadas, como sí les ocurría a la mayoría de las personas siglos atrás, cuando padecer la viruela o el simple hecho de romperse un hueso ya te dejaban marcado de por vida. También explica que las películas ambientadas en el siglo XV serían otra cosa, especialmente para los espectadores, si aspirasen al verismo, pues veríamos en una cena romántica caer piojos sin parar, y alguno de ellos iría a parar, por qué no, a la sopa y a las viandas varias que compartiesen los amantes. Ese humor sobrevuela todas las reseñas.

Szymborska reparte mandobles aquí y allá, especialmente a los libros de modales y a algún otro que habla de extraterrestres y sucesos paranormales. Ella, poeta a tiempo completo, no comprende –y eso, aunque mucha gente no lo advierta, lo comparte con la mayoría de los científicos– que alguien pueda interesarse por algo que va más allá de la maravilla que supone el ruiseñor que trina sobre el árbol o el sol que aparece cada día en el horizonte: le parece una pérdida de tiempo interesarse por conspiraciones y sucesos carentes de pruebas y no maravillarse (y preguntarse) por lo palpable que nos rodea. En la variedad de estas lecturas Szymborska muestra su deseo de conocimiento, cierto afán enciclopédico sin pedantería que muestra con naturalidad, sin agredir al lector con datos o cifras, con una voz muy cercana a él, que va poco a poco tomándolo y lo lleva de la mano de unas reseñas a otras sin perder un instante.

Hay tres excepciones en Lecturas no obligatorias que no hacen honor a este título: los ensayos de Montaigne –su adorado Montaigne­–, el tercer volumen de La caída del Imperio romano, de Gibbons –un monumento de las obras de historia– y un último artículo, que no reseña, sobre su relación con Czeslaw Milosz. Pero, sean excepciones o no a esa obligatoriedad de la lectura, Szymborska siempre logra extraer algo positivo de los otros libros, ya sea una idea, un dato, o el mero hecho de poder escribir estas maravillosas reseñas.
    
Título: Lecturas no obligatorias. Prosas
Autor: Wisława Szymborska
Traducción: Manel Bellmunt Serrano
Editorial: Alfabia
Páginas: 252
Precio: 22 eur (rústica)