martes, 17 de octubre de 2017

Entrevista: Ce Santiago, traductor de "Sobre lo azul", de William Gass

Dice Ce Santiago en su breve biografía que aprovechó los turnos de noche en la garita de un aparcamiento para estudiar filosofía. Que traduce con vistas al futuro, consciente de que escribir es un deporte de fondo en el que, como mucho, uno queda segundo. Además de su reciente traducción de Sobre lo azul, de William H. Gass), ha revisado y corregido las ediciones de Leonard Gardner y Rudolph Wurlitzer publicadas por Underwood. El resto del tiempo venera a su gata.

P: Antes que nada, haznos una breve presentación de tu vida anterior a la traducción, para que sepamos con quién nos la jugamos.

R: Uf… procuraré no extenderme mucho… a ver: fui, claro está, camarero y pizzaiolo, y chicuco en el restaurante del Teatro Real y en el comedor de RTVE; encargado de almacén en una distribuidora de libros tipo manuales para activar chakras y demás canalones; también encargado (¡!) en una, digamos, librería donde se vendían esos manuales… Luego cambié de aires y fui rutero; esto es, subía a la furgoneta de una empresa de paquetería de cuyo nombre no voy a acordarme (porque todas lo hacen) y conducía unos 1330 kilómetros diarios (o mejor dicho, nocturnos), de lunes a viernes. Por aquel entonces ya había abandonado Historia por Filosofía, de la sartén al fuego: me grababa a mí mismo en casetes recitando el temario, casetes que por la noche iba escuchando en la furgoneta. Un rutero con pasajes de Ser y Tiempo a todo trapo cruzando La Mancha a una media de 160 km por hora, figuraos. Cómo no iba a hacerme nietzscheano. Después mi perrita Abi y yo fuimos kioskeros en un centro comercial; y luego aparqué coches en un garaje: turnos rotativos (una forma de tortura moderna), cuando estaba de exámenes me pillaba el turno de noche para poder estudiar. Más tarde acarreé libros en la típica franquicia de centro comercial y, al borde de los ansiolíticos, me puse a dar clases de apoyo en una academia (hasta hace unos meses). También trabajé en un toro mecánico, en unas camas elásticas y en una pista de kars, y toqué la batería en una orquesta (pero me negué a ponerme chaleco). Aunque esto último «es cuento largo».
Y ahora voy y me meto a traducir. Lo que me faltaba ya.

P: ¿Por qué dar el salto a la traducción? ¿Se trata de una vieja aspiración, de una salida profesional como otra cualquiera, de un paso natural desde la experiencia de un lector bilingüe?

R: En realidad nunca me lo había propuesto, aunque haya en efecto motivos: en concreto dos. El primero es que un día me propuse traducir la entrevista que William Gaddis concedió a la Paris Review en el 86 para mandársela, en por entonces aún torpe agradecimiento, a mi amiga Laura, que fue quien me presentó (o quizás lo correcto sería decir me inoculó) a Gaddis; y el caso es que le pillé el gustillo al asunto. Así que me puse a traducir otras entrevistas a otros autores, artículos, relatos cortos, por las mañanas, antes de ir a la academia… y no tardé en percatarme de que en aquello existía un segundo motivo subyacente; me gusta… bueno, más bien necesito escribir (pese a que produzca poco o nada), pero a la vez era-soy-seré consciente de mis inmensas carencias y taras… así que la traducción enseguida se convirtió en la mejor forma de aprender no solo a leer mejor (porque el modo en que uno lee cuando traduce, la inmersión y la atención que presta al contenido y a la forma –sobre todo a la forma, en mi caso-, es incomparable a la del solo-lector), sino también a no escribir tan mal; de manera que me lancé a traducir novelas a pecho descubierto (alguna de ellas con anécdota incluida). De ahí que, además de como un oficio con unas implicaciones filosóficas-ficcionales realmente excitantes que me fascina y que de hecho no me deja dormir en paz, me lo tome como un lento aprendizaje.

P:¿Qué autores te atraen más como lector? Es decir, ¿de qué palo vas?

R: Me va el jondo en general y, como a Nietzsche, el martinete en particular; quienes experimentan con la forma, quienes no solo no olvidan sino que insisten en que la literatura es, ante todo, arte. Quienes me plantan uno, dos o varios peajes en la autovía del sentido, quienes me exigen mi parte como lector-espectador-proyector de la obra en tanto fenómeno. Bernhard me voló la cabeza y luego lo que quedó de ella, por ejemplo. Heráclito, el maestro. Al faro de Woolf. Sontag. Manhattan Transfer. Hawkes, cómo no. Novelas como Nog o como El padre muerto o como El cuaderno perdido me dejan varios años rumiando con las pupilas dilatadas… otra vez, veneración por William Gaddis. En fin, no lo voy a ocultar porque se me notaría más de lo que ya se me nota, siento una inevitable predilección por sea lo que sea eso que ha venido llamándose posmodernismo estadounidense. Y ahí está el señor Gass, entre otros y otras.    

P: Tu bautismo de fuego en la traducción ha sido nada menos que William Gass, un autor no precisamente fácil de traducir. ¿Con qué dificultades te has encontrado durante el proceso de traducción?

R: Ante todo, que nunca había tratado de hilar tan fino por puro respeto al autor, sin saber yo coser muy bien. Otra, que el libro estaba cargado de usos de blue que no existen en español, y no quería empantanar el texto con excesivas notas al pie, así que eso supuso sin duda un obstáculo. Pero creo que se ha solventado bien. Y, más que cualquier otra cosa, estaba el fantasma de la sobreinterpretación, que es algo que me aterra. Incluir en el texto cosas (y me refiero a palabras, a enunciados, a sintagmas) que no figuran en el texto únicamente para imponer un sentido al texto; esto es, propasarme con el texto, en mi propio beneficio. Ampliar o reducir frases sin que se notara demasiado con el fin de que me resultara un poco menos exigente resolverlo. Obviamente toda traducción es una interpretación (no hay traducciones, sino interpretaciones, podríamos tal vez parafrasear), y verter textos no conlleva una proporción léxica 1:1, pero no toda interpretación es una sobreinterpretación. Y cuanto más abstracta es una línea, mayor espacio se da para que se deslice este fantasma. Eso me obsesionó.    

P: Centrándonos en Sobre lo azul, ¿cómo definirías el libro? Es decir, si alguien por la calle te hace la famosa pregunta: ¿y de qué va? ¿Qué le dirías?

R: ¿Por la calle? Pues a bote pronto le diría que se parece a nadar a oscuras sin miedo a nadar a oscuras, que el libro es, ante todo, una tan bella como humilde declaración de amor-por-el-amor al lenguaje y la palabra, a la vez que una fenomenología de lo azul que va generándose a sí misma. Si a quien le dijera esto enviara señales inequívocas de que sigue prestando atención, le diría que, de hecho, por eso mismo escogí decir en el título lo azul, y no el azul porque sustantivar el adjetivo equivalía (al menos para mí) a otorgarle sustancialidad y, por extensión, ser propio al color. Y lo bonito es que, en el libro, ese ser-azul empieza en el azul antes que en el ser. En ese aspecto el libro es bastante platónico, el propio Gass lo reconoce. También que se parece un poco a La poética del espacio pero sin espacio. Aunque no sé si esto ayudaría a vender alguno, la verdad.     

P: En realidad el azul en este libro y la trama en la mayoría de los relatos de Gass son una tapadera que nos cuela de contrabando para hablar de lo que realmente le interesa, el lenguaje literario y su capacidad para ir más allá de la mera denotación para convertirse en símbolos a priori muy alejados de ese uso con el que se generaron.

R: Diana. Lo del uso a priori de los símbolos me gusta porque parece que coincide con lo de la autofenomenología que me he inventado más arriba, y porque, en efecto, en todo símbolo parece haber un espacio para lo semántico a priori. Leí una vez por ahí que lo dicho nunca está realmente dicho porque siempre puede ser dicho de otra forma. Y esta forma es a veces tan impredecible como enamorarse. Llamar la atención sobre esto y a la vez generar una obra de arte está al alcance de muy pocas personas: Gass es sin duda una de ellas

P: Y terminamos con nuestra pregunta de ficción: ¿qué libro o libros te hubiera gustado traducir?


R: Los reconocimientos (se veía venir). No sé, miles… El ruido y la furia. La pata del escarabajo. Los versos satánicos. La amante de Wittgenstein. Y por ahí quedan todavía bastantes que me gustaría intentar traducir. Crucemos los dedos metales.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Entrevista: Pablo Moíño, traductor de 'Asesinato', de Danielle Collobert

Pablo Moíño Sánchez (Madrid, 1980) ha traducido, entre otros autores, a Georges Perec, Raymond Queneau, Julien Green, Albert Londres o Michèle Audin. Licenciado en Filología Hispánica, ha publicado el libro un verso en una casa enana (2011) y diversos artículos y cuentos; también es coautor de un Manual de métrica española (2005) y de una edición del Cancionero y romancero de ausencias de Miguel Hernández (2004). Escribe en la revista de traducción El Trujamán.


P: ¿Qué nos puedes decir de Asesinato?

R: Como traductor y como lector yo diría que Asesinato es un libro con pocas asas. Lo he leído muchas veces y si tuviera que definirlo diría que es más un diario o un libro de poemas cuyo objetivo no fuera narrar, sino transmitir una angustia más o menos informe. Collobert no hace concesiones, pero tampoco oscurece innecesariamente el pensamiento o retuerce la forma. En ese sentido me parece una voz original, madura e inteligente.


P: ¿Con qué otros escritores vincularías a esta autora?

R: Hace bastantes años leí que Italo Calvino había definido a Georges Perec como «un autor radicalmente distinto a cualquier otro». Me acuerdo de las palabras exactas porque aparecen en la contracubierta del primer libro que traduje. Tiempo después, leyendo un prólogo de Italo Calvino a las Novelas y cuentos de Felisberto Hernández, leí: «Felisberto Hernández es un autor que no se parece a nadie».

Mi primera reacción fue pensar que nos habíamos equivocado: alguien le había calzado a Perec la cita sobre Hernández y nosotros la habíamos reproducido tal cual, sin comprobar la fuente. Mi segunda reacción fue imaginarme a Calvino regalando esa misma cita con variaciones en todos sus prólogos y ensayos. Mi tercera reacción, hace unos meses, fue pensar en pedirles a los editores de La Navaja Suiza que escribieran en la contracubierta de Asesinato algo como «Danielle Collobert: una autora que, en palabras de Italo Calvino, no se parece absolutamente a nadie». En el fondo, quizá tampoco habría sido mentir…

Aparte de eso, aparte de que cada autor es único y radicalmente distinto a los demás, el caso es que se me hace difícil reconocer la voz de Collobert en las voces de otros escritores. De los tres que se citan en la contracubierta (Pavese, Beckett, Duras) me he acordado al traducir el libro, sí, pero en el fondo sé que decir eso tiene algo de trampa: no puedo borrar los datos biográficos que conozco de unos y de otros, y sé que esas coordenadas están orientando mi respuesta. Por ejemplo, en Asesinato veo cosas que relaciono con mi lectura de El oficio de vivir o los Diálogos con Leucó, pero, aparte de ciertas cuestiones estilísticas menores ―un empleo peculiar de las rayas, por ejemplo―, lo que me hace vincular a Collobert con Pavese es el motivo literario del gesto, que en el fondo es el motivo vital del gesto, el suicidio. Por eso digo que hay trampa.

Del mismo modo, me he imaginado el mundo de Collobert a partir de mi conocimiento del mundo, incluyendo mis lecturas, mis viajes y mis traducciones previas; supongo que es relativamente normal, teniendo en cuenta que la autora no te da muchas cuerdas a las que agarrarte.


P: ¿Con qué retos te has encontrado durante la traducción de Asesinato?

R: En algún sitio leí una entrevista en la que una traductora recomendaba a los que empiezan algo parecido a esto: «Si no entiendes lo que estás diciendo, no lo pongas». Al traducir a Collobert me he acordado todo el tiempo de esa frase. Entendía las palabras, sí, pero muchas veces no entendía qué estaba pasando y eso tenía sus implicaciones en la traducción. Sin duda, el mayor reto ha sido tratar de reproducir esa oscuridad con la misma oscuridad, pero teniendo las ideas claras.

También me costó tomar una decisión que tal vez era muy sencilla: mantener la puntuación del original, reproducir todas esas comas incorrectas o ese empleo tan peculiar de las rayas, longitud incluida. Pero no, en realidad no creo que fuera una decisión fácil. He trabajado con una edición muy cuidada, la de las obras completas publicadas en dos volúmenes por P.O.L, y allí se conserva, según se indica al comienzo, la puntuación de la autora. Pero ¿cómo estar seguros de que lo que se publica responde única y exclusivamente a una voluntad de estilo del autor? Es imposible asegurarlo. Hay erratas, correcciones, criterios editoriales ajenos al escritor, quien, por otro lado, es humano y también se equivoca. En cierto momento del libro, poner una coma puede solucionarte una frase que tal y como está no se entiende en el original. Bueno, sí, a lo mejor te la soluciona. Pero ¿seguro que puedes ponerla? Depende… Hay despistes muy claros que debes corregir, pero siempre tienes que andar con pies de plomo por si acaso. A mí me da la sensación de que la puntuación de Collobert es muchas veces un jadeo; un jadeo coherente, en todo caso, que tengo que tratar de reproducir tal cual. Pero ¿cómo estar seguro? Otro traductor me dijo una vez hace años, a propósito de una solución complicada en la que intervenían factores de este tipo, lo siguiente: «Tú sabrás; a lo mejor tienes razón, pero piensa que al final la culpa va a ser tuya…».


P: ¿Has necesitado documentarte? Si es así, ¿qué obras has consultado?

R: Traductores a los que admiro mucho recomiendan entrar en la tarea como entra el lector, sin haber leído el libro antes, para que esa sorpresa y ese descubrimiento progresivo del texto se traspasen a la traducción. Es una idea bonita y más de una vez puede ser útil para no sobreinterpretar, para no despistarte y poner algo que tú sabes que está pero que en realidad no está porque el lector no lo sabe aún. En cualquier caso, a mí me gusta leer el libro antes y, si es posible, documentarme más sobre el autor, pero ni lo considero estrictamente necesario ni muchas veces es posible, dados los plazos que solemos tener. Con Collobert había tiempo de sobra y durante la traducción leí otras obras suyas y algún artículo sobre ella, pero tampoco estoy seguro de que esa investigación haya servido para mejorar el texto final más allá de que yo ahora pueda pensar que en ese fragmento de ahí la autora está hablando de tal cosa. Mis herramientas han sido los diccionarios de siempre; Asesinato es un libro muy críptico, pero las palabras que utiliza Collobert no pertenecen a un registro especial o a un campo concreto del que sea preciso documentarse. El fondo es oscuro, pero la forma es más bien sencilla.


P: ¿Qué conocimiento te han dado esas obras sobre la vida y la obra de esta escritora?

R: Sobre la vida poco, y creo que no está mal que sea así: a menudo, conocer la biografía de un escritor nos lleva a hacer malabarismos para interpretar una obra a nuestro antojo. Evidentemente, los libros no surgen por generación espontánea: son hijos de su autor y de su tiempo y, desde luego, conocer bien ambas cosas nos dará instrumentos para acceder mejor a ellos. Pero al final el texto tiene vida propia y camina y se sostiene solo. Y si alguien ha querido borrar sus huellas, tampoco creo que haga falta andar hurgando.

Leer la obra de Collobert, tanto los libros publicados como los cuadernos y los fragmentos que pertenecen al ciclo de Asesinato y no llegaron a incluirse en la última versión, me ha servido, claro, para adquirir un conocimiento más completo del universo de la autora y comprobar qué aspectos y temas del libro se mantienen a lo largo del tiempo, cuáles evolucionan y cuáles van naciendo por el camino. Pero eso tiene sus riesgos: de repente piensas que todo tiene que ver con tu libro y te encuentras subrayando palabras de los diarios, escritas muchos años después, que tenían cierta importancia en Asesinato, y la tentación de relacionar unas cosas con otras es enorme. Pasa lo mismo con el suicidio: para mí, el suicidio está absolutamente presente en esta obra, pero el caso es que, cuando yo la leí, ya sabía que Collobert se había suicidado. ¿Cambiaría algo mi lectura si nadie me hubiera contado nada?


P: ¿Qué te ha aportado o te ha quitado la traducción de este libro?

R: Cada libro traducido es diferente y todos te aportan algún tipo de reflexión relacionada con tu trabajo. Ya he mencionado algunos problemas teóricos que plantea el texto de Collobert; pero, además, tu trabajo son también las condiciones en las que llevas a cabo tu trabajo, desde la tarifa y los plazos hasta el cuidado que se pone en cada uno de los pasos que se dan hasta que el texto se imprime y llega a los lectores. En ese sentido, creo que es de justicia decir que la generosidad y el rigor de todo el equipo editorial han hecho posible que traducir un libro tan incómodo me haya resultado tan cómodo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Shelf Life: la biblioteca de William H. Gass

Fotografía de Stephen Schenkenberg
Traducción de José Luis Amores del artículo original del número de diciembre de 2007 del St. Louis Magazine

Vivo en una biblioteca. Cuando era un adolescente, impaciente por abandonar el nido aunque tan incapaz de volar como un dodo, imaginaba una vida nueva y mágica en Nueva Zelanda. Puesto que no sabía nada de Nueva Zelanda salvo que estaba en uno de los confines de la tierra y que tenía normas contra la introducción de malos hábitos en el país, podía soñar mi Zelanda como quisiera, libre de ataduras familiares y por tanto sin complicaciones o irritaciones sociales, sus días encantadores, sus noches serenas. Allí, los árboles darían libros en lugar de frutos, y uno bebería soda en calabazas cuyos jugos habrían sido bendecidos por los dioses nativos. Navegaría hasta allí como un marinero en un barco de los descritos por Joseph Conrad y cuyo rumbo habría sido trazado por Robert Louis Stevenson. Era más barato evadirse mediante un libro que por medio de un pasaje, y cuando lo hacías con un libro, siempre estabas en casa a la hora de cenar. 

Después, durante la Segunda Guerra Mundial, surqué de verdad el océano azul. El mar era todo lo que se había escrito sobre él. Nunca era azul; su humor era variable; era enorme; y en él las campanas de todos los barcos eran más bellas que cualquier otra campana. En días tranquilos su superficie era la piel de una criatura dormida. Lavaba mi ropa interior atándola al cabo de una cuerda y dejando que el barco la arrastrara por el agua como si estuviera pescando una pieza mayor, quizá un traje de etiqueta. Allí iba acumulando sal mientras se limpiaba a fondo, por lo que ponérsela después no era demasiado aconsejable. Decidí ir sin ropa interior durante un breve periodo, hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. Varios años después, escondida entre unos cajones en casa, mi ropa interior todavía olía a sal. 

Yo era un oficial pasivamente indisciplinado, a menudo recluido en mi camarote, donde leía cualesquiera libros legibles que hubiera a bordo. Éstos consistían en un puñado de Hemingway y una pizca de Faulkner. Aparte de eso jugaba al ajedrez con otro hereje que jamás fue recluido en su camarote pero que en todo caso siempre estaba allí. A causa de mi incompetencia ejemplar fui ascendido (tal es el modo de actuar de la Armada) a Oficial de Alto Secreto. Por consiguiente, se me confió la combinación de la caja de seguridad del barco, donde los libros de códigos y claves, impresos en papel disoluble y cargados de plomo, vivían un aislamiento silencioso excepto por la compañía del alcohol medicinal del barco. Hasta ese espacio seguro, del tamaño de una habitación de un Red Roof Inn, me retiraba con regularidad, cerraba su pesada puerta blindada, tragaba un poco de brandy y leía los mismos Hemingway y Faulkner que ya había disfrutado repetidamente, pero sin la tranquilidad interrumpida ni la atención distraída —casi como en mi Nueva Zelanda de fantasía— hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. De inmediato me retiraron el brandy. Todavía podía encerrarme en mí mismo y leer o dormitar. Mis superiores parecieron contentos de perderme de vista. 

Mientras hacía el posgrado en Cornell, pasé horas en la biblioteca de la Universidad, como se espera de un esclavo del doctorado. Allí tenía mi cubículo, apenas un palmo entre la pared y las columnas en el que cabía una silla de metal barata y una bombilla, una chapa de acero para escribir o apoyar un libro, una balda frente a mi cara para los volúmenes que cogía de las estanterías (que bajo juramento no podían salir del edificio) y un bote de caramelos duros cuyo contenido era peligroso cuando se ablandaba. Para tomar notas había una norma de “sólo lápices” que yo estaba dispuesto a respetar, ya que, a diferencia de las de la Armada, aquélla tenía sentido. El edificio parecía en cierto modo un barco que me llevara suavemente. No sólo las columnas estaban hechas de metal, el suelo era una malla metálica que permitía que una luz ya exhausta se hundiera hacia un sótano tan distante como una sentina. Naturalmente los pasos hacían ruido a menos que fueras en zapatillas de deporte, aunque había zonas tan ajenas al interés humano (“Nutrición”, por ejemplo… era otra época) que los únicos sonidos que escuchabas eran probablemente los de los vigilantes. Sin embargo, sentado allí, día tras día bajo aquella luz oscura, mi concepción del Edén empezó a cambiar. No era un sitio en un mapa, sino un destino decidido por el Sistema Dewey de Catalogación Bibliotecaria. 

Cuando no estaba leyendo o quedándome dormido sobre una página de La gran cadena del ser, de Arthur Lovejoy, deambulaba. Subía y bajaba las escaleras metálicas. Recorría los pasillos metálicos. Acechaba como un cazador por entre la luz turbia considerada beneficiosa para el largo entierro de algún volumen, pero poco práctica si se deseaba leer uno; a veces mis dedos resbalaban por los cantos de los libros como un niño haría con un palo contra una valla, mi mirada sobre los lomos y sus títulos, una mirada llena de asombro por que hubiera tantos, tan muertos para mí como aquellas hileras de calaveras en las catacumbas a menos que sacara uno de su fila, lo abriera y lo leyera como Hamlet hizo con la calavera de Yorick: El libro de los insectos, de Jean-Henri Fabre, o El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard. ¿Quién podría resistirse a un autor llamado Apsley Cherry-Garrard? Quería sacar el de Jean-Henri Fabre para un hijo de mi director de tesis, el profesor Max Black, pues se me había pedido que buscara textos entretenidos pero que valieran la pena para uno de sus chicos. Desafortunadamente, al joven le encantaron mis selecciones, y el profesor Black prolongó mis servicios. El de Apsley Cherry-Garrard también fue un éxito. Había ahí uno de los relatos más desgarradores jamás escritos sobre la aventura antártica, páginas de frío y nieve, dolor e incertidumbre, además de un heroísmo obstinado y no deseado que intentaría recordar cuando escribí “El chico de Pedersen”, una novela corta ambientada en una tormenta de nieve. Puesto que yo era un estudiante de filosofía, intenté convertir en paradoja el hecho de que El peor viaje era en realidad el mejor viaje que había hecho jamás. 

A los tipos de botas pesadas que vigilaban la oscuridad no les gustaban los lectores que se quedaban por la noche. Podías agachar la cabeza sobre John Locke toda la tarde, no les importaba, pero al dar las 10 en punto empezaban a barrernos hacia fuera. Primero llegaban para investigar quiénes estaban en sus cubículos. Lo sabían gracias a la luz. Como nuestros pequeños rincones estaban abiertos como en un supermercado, si veían que no estabas allí sentado, apagaban tu lámpara. Escondiéndonos en el momento justo por el sistema de diluirnos al final de un pasillo o volando a otra planta como una corriente de aire juguetona, esperábamos para volver tras el cierre. 

Esquivar los pasos pesados de la Gestapo se convirtió en un juego, pero nuestras habilidades (evidentemente yo no estaba sólo en esta práctica) se veían comprometidas cada año cuando la biblioteca celebraba su venta de libros. Sabía lo que eran la sucesión, la secesión, la recesión, la posesión, la concesión y la depresión, y ahora iba a disfrutar de la des-adhesión. Se apartaba un espacio de la planta baja y se amueblaba con varias mesas grandes de biblioteca. Sobre ellas se colocaban hileras de libros con los lomos hacia arriba. Las humanidades ocupaban más superficie que las ciencias, lo que no era una sorpresa ya que los científicos no leían, investigaban. Y comunicaban sus resultados en revistas que costaban más que los libros. Había rumores de que personas desconocidas se escondían por la noche entre las columnas para ser los primeros en la cola cuando la venta comenzara a la mañana siguiente. Pero eso no era lo peor que hacían estos furtivos. En realidad cogían los libros que querían de una de las mesas (literatura, filosofía, historia) y los escondían entre los de economía o estadística, y una persona que conozco fue acusada de llevarse volúmenes a otra parte del edificio por la noche, sólo para traerlos de vuelta a la mañana siguiente como si acabara de elegirlos. De nuevo algún chivato se lo contó a todo el mundo. 

La competencia era feroz, y no había lugar para la amistad. Todos los libros nos pertenecían a todos, y a menudo hubo recompensas jugosas, pues en ocasiones nuestros profesores tenían la decencia de morirse, y sus herederos, ignorantes o indiferentes, se deshacían de grandes partes de su herencia en las papeleras de la biblioteca. Pero estos libros nunca llegaban a las estanterías. Se les denegaba la admisión (“Ya tenemos esta edición de La doncella de Orleans”). Un escritor dijo una vez, a cuenta de los editores, que del rechazo viene la redención, en este caso porque los libros a la venta no se habían visto afeados por el pretencioso lema de la biblioteca (PROPIEDAD DE LA BIBLIOTECA DE LA UNIVERSIDAD DE CORNELL), o agujereados por el sello en relieve de la Universidad, o por el registro adhesivo de retiradas y devoluciones, o avergonzados por una marca de tinta sobre sus lomos. Como compradores atareados dijimos que rescatábamos libros que con ilusión arrancábamos de un destino que sabíamos calamitoso. No la muerte. Eso no era nada. El destino más deprimente era estar siempre disponibles pero no ser nunca importunados. 

Desde entonces he estado en muchos saldos de bibliotecas y doy fe de que los ejemplares rara vez son examinados, o considerados sus orígenes, porque de ellos han caído, como de un libro de una feria del libro, tesoros que a veces superan incluso los de sus páginas: no sólo los desechos que los lectores normalmente van dejando tras su paso —clips, cerillas de cocina, gomas elásticas, papel de aluminio, bucles de pelo, marcadores, facturas, palos de caramelos, listas, cartas de amor, postales, sellos de correos, envoltorios de chicles— sino fotografías y avisos amenazadores, dólares, cheques y el borrador de un telegrama al Alto Mando Aliado pidiendo que se acelerara la salida de Alemania de Werner Heisenberg, que revoloteó hasta el suelo de mi casa cuando hojeé rápidamente uno de los libros de Arthur Holly Compton después de comprarlo por 50 centavos en un saldo de la Universidad de Washington. 

Fotografía de Stephen Schenkenberg
Los coleccionistas que no se preocupan por los libros más allá de por su rareza los prefieren sin estrenar, puros y virginales, pero esos volúmenes no han tenido vida, y ahora, cuando a uno de ellos se le da una oportunidad, resulta que, aprisionado por un plástico sofocante, encarecido para halagar la vanidad del advenedizo que lo ha comprado, ese libro es retirado de la luz en un humidificador hermético de cristal como el vino demasiado viejo para ser abierto, demasiado caro para ser disfrutado. 

Mientras El señor Andrajoso, que tiene el fracaso económico marcado en su guarda como un personaje de Dickens, podría, gracias a su condición, usar el sombrero, el bastón y el abrigo como almacén de forraje recién cortado, se ha visto enriquecido con una historia: vendido como nuevo en 1937 por 3,95 dólares, como usado en el Mercado de Libros de Gotham en 1947 por 2 dólares, y rebajado sucesivamente con lápiz y después con cera de 75 a 50, y de 35 centavos a un cuarto de dólar durante las décadas siguientes —poseído por dos sujetos que escribieron sus nombres, uno de los cuales añadió su dirección en Joliet— hasta terminar su viaje en San Luis, donde fue recogido de una carretilla o una caja en una venta de un garaje o sacado de un cubo de la , beneficencia, que fue como encontré mi ejemplar de El sentido de la belleza, de George Santayana, en 1982. Sobrevivió a sus aventuras tan admirablemente como Odiseo. Soy más bien generoso con mis libros, y permitiré que quien tenga la esperanza de conseguir un poco de buena suerte en la vida, bese la cubierta de El sentido de la belleza

Así es como aprendí a vivir en una biblioteca, qué caminos conducn  al baño, qué provisiones pasar de contrabando en mi maletín, cómo ablandar un asiento duro, evaluar rápidamente lo que hay en la carretilla del librero de viejo o encontrar dónde es más fácil leer, dónde es seguro dormir. 

Sería una década antes de que encontrara mi primera gran biblioteca. Por “gran biblioteca” me refiero a una biblioteca cuyos compartimentos son tan grandes que nadie puede estar lo bastante seguro de qué hay en sus profundidades; una biblioteca en la que unas partituras de Vivaldi quizá permanezcan ocultas durante cien años; una biblioteca densa y abundante; una biblioteca que no rechazará ningún libro —ya sea basura o un tesoro— porque una buena biblioteca es avara, tan orgullosa de sus reliquias como una iglesia, permitiendo incluso que una novela barata sea útil para el estudio de la cultura que la creó; una institución, en consecuencia, que no permitirá que lo efímero perezca y que no se avergonzará de tener la mejor colección existente de novelas románticas; una biblioteca que lleva sentada tranquilamente en el mismo lugar y ha visto como un sabio envejecer su contenido, en consecuencia una biblioteca cuyo polvo es el óxido del tiempo; una biblioteca que nunca cierra los días de frío y que permitirá a los sinhogar descansar en su sala de lectura; una biblioteca que me permitirá husmear en sus tripas tanto y tan a menudo como yo quiera. 

Me doy cuenta ahora de que comencé mi vida en las bibliotecas como enemigo de la institución, metiéndome en problemas con las llamadas al silencio de la solterona de pelo enmarañado y cara de pocos amigos del mostrador de recepción… (Los estereotipos son acertados más veces de las que no lo son, y su esbozo es esencial en el arte de la novela, si no ¿dónde estarían Trollope y Thackeray y Dickens sin sus caricaturas, y cómo vendería Roger Tory Peterson sus guías de pájaros, porque reconocer un tordo en mi jardín es como encontrar un irlandés en un pub; y ninguna de las bromas sobre curas, rabinos o imanes intentando explicar el amargor de sus pintas de cerveza a un escocés llamado David Hume tendrían gracia, y quién querría que sucediera eso?) …Ahora volvamos, un tanto jadeantes, al mostrador… Cuando intenté, siendo un chico de instituto, sacar el Ulises de James Joyce, se me decía que (a) era demasiado joven, y (b) de todos modos era un libro guarro, y (c) si persistía en el intento de sacar libros asquerosos, ella informaría de todo a mis superiores, de los cuales había muchos. 

Mientras estaba en la universidad, aunque por entonces también era recluta de la Armada, mi profesor de literatura me pidió que escribiera sobre El amante de Lady Chaterley y me dio una autorización para retirar dicha obra de Peticiones Especiales (un calabozo, supuse, para libros sediciosos), pero la señora de rostro pálido que custodiaba el lote culpable se negó, arguyendo que contenía descripciones de actos antinaturales. Esta respuesta me provocó un interés por el proyecto que no había tenido previamente, pero no hubo suerte. Llevado por una corazonada, busqué en la biblioteca los ejemplares de Los cuentos de Canterbury sólo para descubrir (para mi regocijo) que habían “afeitado” a uno del cuento a la esposa de Bath. Descubrí que ejemplares de Boccaccio, Catulo, Petronio y Aristófanes habían sufrido daños similares. No había ninguno de Henry Miller, pero lo había habido, sus por entonces escandalosos textos seguramente estarían cumpliend condena. Se lo conté a los superiores de la señora, de los cuales había muchos. La señora de rostro pálido y afeitado declaró que era su deber proteger a los estudiantes de la indecencia. Pensé que su propia ignorancia era protección suficiente. La Armada me envió a la Academia de Guardamarinas, y desconozco lo que le sucedió a esta particular guardiana de la moral pública. Siempre parecen enfermos pero viven eternamente. 

Ahora vivo en mi propia casa rodeado de casi 20.000 libros, pocos de ellos raros, muchos no leídos, ninguno descuidado. Están ahí, como en las bibliotecas, para ayudar cuando se les necesita, y quién sabe cuál será el próximo escritor sobre el que tendré que escribir, qué asunto se convertirá de repente en esencial, o qué encargo surgirá que requiera la asistencia inmediata de los libros de la —sí— biblioteca, o el idioma de los animales o la pronunciación de la jerga melanesia, puesto que mis ensayos son normalmente asignados, no simplemente solicitados, y porque los temas nuevos me seducen con facilidad. De hecho puedo decir unas cuantas cosas en jerga melanesia, ninguna de ellas amable. 

Por lo que están ahí para mantener mi curiosidad despierta y en funcionamiento, para preguntar cuáles eran los escritores estadounidenses más notables en 1984, cuando Henry C. Vedder publicó su libro sobre este asunto (acabo de cogerlo en este momento aleatoriamente de la estantería), y de ahí saber de Charles Egbert Craddock y Elizabeth Stuart Phelps, pero también averiguar que Henry James “se pasa de listo” y que su teoría sobre la ficción es vergonzosa porque se atreve a suponer que “una novela es buena cuando está bien escrita” y “es mala si está mal escrita”, una opinión que sugiere una deplorable indiferencia hacia la dimensión moral de la novela. ¡Oh, qué mal parado saldría yo a manos del señor Vedder! Por supuesto, Henry James no ignoró, ni por un momento, la dimensión moral de la novela. Trato de reprimir la sonrisa ante confusiones como esa, y mi indignación por tal juicio, para así disfrutar la definición de John Quincy Adams de un almuerzo (citada por el señor Vedder) como “una reflexión sobre el desayuno y un insulto a la cena”. 

Antes de que el señor Vedder volviera a la oscuridad de la que vino, y que tan justamente merece, pude descubrir que el notable Egbert Craddock fue un seudónimo de M. N. Murfree y que el buzón desde el que fue enviado su primer relato a The Atlantic Monthly estaba en San Luis. Leyendo el primer capítulo dedicado a él, fui informado de que nuestro autor misterioso es Mary Noailles Murfree, que proviene de “los mejores valores de los Estados Unidos” y es, cuando los editores de Atlantic la vieron por primera vez, una cosita joven. Cuál fue su suerte, y cuáles son los mejores valores de los Estados Unidos, no lo sabréis, porque yo tengo el libro y vosotros no. 

Pero hojear un libro es muy divertido, y no pasa un día que no recoja a ciegas un premio y no lea una página que me deje perplejo, informado, sorprendido, encantado y ofendido. 

Mis libros están ahí para consolarme del mundo, porque sólo a los infames puede agradarles nuestro presente estado de cosas, mientras que el honesto discrepa de las razones de nuestras dificultades y amenaza con enzarzarse con quienes de nosotros son responsables de la miseria de tantos millones de personas y de un número cada vez mayor de hipócritas, chacales y sinvergüenzas. 

Entre ellos, los escritores. Ninguna ocupación puede garantizar la honestidad tal como el trabajo duro aumenta la musculatura, y sólo la santidad la exige como parte de su ejercicio. Así los escritores escriben, quizá mejorando sus textos de vez en cuando, pero rara vez a sí mismos. 

Pero los libros… los libros discrepan sin hacer ruido, como quizá las mentes de tantos lectores en una biblioteca, sin el más mínimo alboroto; y en esa paz podemos observar lo bellas, lo inteligentes, lo particulares, lo importantes, lo cómicamente absurdas que son las ideas; porque aquí, en las vistosas hileras que hacen que las estanterías parezcan bailar, el mundo existe tal y como la mente humana lo ha aceptado e imaginado, pero transformado en un reino más elevado del Ser, donde la virtud es el conocimiento que los griegos reivindicaban, donde incluso el conocimiento de lo peor debe ser tan estimado como cualquier otro y donde sucesos tan concretos como un asunto amoroso, unas elecciones o un campo de batalla son reemplazados por sus descripciones —por relatos como el del viaje blanco de Apsley Cherry-Garrard a través de la página fría y blanca—, porque estos volúmenes son depósitos de conocimiento y son ejemplos, cuidadosamente construidos, de los tipos de consciencia humana, de sabiduría que de otro modo sería efímera, frágil y a menudo confusa. Entre las estanterías, donde los filósofos despliegan sus tropas, hay una guerra de palabras —pero una guerra soportable—, una guerra de posiciones seleccionadas con consideración, quizá con ningún problema resuelto, pero sin derramamiento de sangre; estanterías donde los triunfos humanos y sus sufrimientos son representados por escritores que por lo menos se preocuparon lo bastante por sus vidas y por este mundo como para llevar una pluma hasta un papel. Tucídides lo sabía cuando dijo, respecto del conflicto con el Peloponeso, esta guerra es mía. La Historia sucede una vez. Las historias suceden repetidamente lector tras lector. 

Cada uno de estos libros es un amigo que siempre dirá lo mismo, pero que siempre parecerá decir algo nuevo, o algo viejo, o algo prestado, algo triste. 

Lo que me recuerda que debo ir a visitar a la Reina Victoria. Le prometí una visita. Ella está ahora entre los montones apilados de mi sótano. En la biografía de Lytton Strachey. Todavía gordita, poco agraciada. Todavía Reina. 

¿Dónde habré puesto ese Walker Percy? 


Fotografía de Stephen Schenkenberg
Para el autor y su esposa, hacerse con todos esos libros es una seria obsesión. Y vivir entre ellos requiere una seria organización. Así es cómo lo hacen en su casa de tres plantas del barrio de Parkview de University City [San Luis]: 



Sótano: Filosofía, psicología, Lingüística, música, cine, escritores locales, historia nazi (tema central de la novela de William Gass The Tunnel, 1995).

Salón: Arte y artistas.
Comedor: Fotografía y bibliofilia.
Solárium: Nuevas compras (alrededor de 30 al mes), francés e historia parisina.
Estudio: Literatura en inglés (alrededor de 4.000).
Office: Más literatura en inglés, crítica literaria y obras relacionadas.
Dormitorio principal: Literatura alemana.
Dormitorio de invitados 1: Más literatura alemana y los libros del autor en inglés y traducidos.
Dormitorio de invitados 2: Literatura francesa.
Dormitorio de invitados 3: Literatura de países aún no mencionados (China, Japón, Israel, Rusia, Polonia, Italia y Sudáfrica, por nombrar sólo unos pocos).